sábado, 6 de junio de 2015

ΔΙΌΝΥΣΟΣ, ἚΡΩΣ, ΘΆΝΑΤΟΣ: PELIGRO, JUEGO Y NECESIDAD

¡Oh, feliz aquel que, dichoso conocedor de los misterios de los dioses, santifica su vida y se hace en su alma compañero de tíaso del dios, danzando por los montes como bacante en santas purificaciones, celebrando los ritos de la Gran Madre Cíbele, agitando en lo alto su tirso y, coronado de yedra, sirve a Dioniso!

Una encandiladora atmósfera de erotismo, lujuria y violencia, a la que nadie se puede resistir, envuelve casi siempre al teatro griego. La tragedia clásica llama a las puertas de nuestro inconsciente, clamando a gritos que nuestros impulsos más animales salgan a fuera. Pero nos asusta pensar en lo que seríamos capaces de hacer si nos dejásemos llevar, nos da miedo responder a esa llamada. ¿Pero a quién no le gusta jugar con el miedo a lo prohibido? Todos abrimos la puerta y dejamos que los versos de la antigüedad nos lleven donde solos nunca nos atreveríamos a adentrarnos.
Es una explosión de crueldad innecesaria y sexo frenético. Tánatos y Eros, mezcla perfecta.
Pero queda el último elemento. Violar el umbral de la moral no es sencillo, necesitamos una pequeña ayuda: debemos estar locos o borrachos. O ambas cosas. Dioniso, señor de los delirios y del elixir de la vid, viene a darnos este empujoncito final. Una vez que el dios se ha hecho con nuestro cuerpo ya no hay marcha atrás, no seremos nosotros los que controlemos nuestros actos sino los más profundos deseos, oscuros las más de las veces. O como mínimo no bien vistos por los ojos de la civilización.
Como en Las bacantes, nos damos al monte para disfrutar como animales, como verdaderos animales, de las danzas, de la bebida y de las orgías. Una bacanal en toda regla en honor a aquel que nos despojó de las cadenas de la ética. Pues las fiestas báquicas no es que sean inmorales, sino que están más allá del bien y del mal. No se pueden mirar bajo el prisma de lo moral porque precisamente lo moral nace como la frontera frente a este éxtasis dionisiaco, frente a la pura exuberancia.
Ahora bien, no hay que menospreciar este límite. Si dejamos que Baco sea el único rector de nuestra vida podemos llegar a cometer atrocidades innombrables. Es el caso de Ágave portando orgullosa la cabeza de su hijo Penteo, cabeza la cual ella había arrancado con sus propias manos en pleno fulgor orgiástico y que ahora porta empalada, agitándola al viento para mostrar el premio de su cacería. Y no solo eso, sino que comió y ofreció a sus hermanas la carne del resto del cuerpo para deleitarse como si de un banquete exquisito se tratase. Cuando reparó en su hazaña, cuando la cabeza de Penteo perdió el velo de león frente a sus ojos, la madre no pudo hacer otra cosa que horrorizarse, hundirse en lo más profundo de su tristeza y vergüenza. Del fervor a la miseria. Vagar errante junto a sus hermanas en el exilio, en un vano intento de olvidar y expiar sus pecados, es el destino que le espera.

Dioniso está ahí, no hay que olvidarlo. Incluso hay que jugar con él, hay que rendirle pleitesía. Debemos embriagarnos con el vino, vivir la vida, disfrutar, dejarnos llevar por nuestros deseos. De otra manera la vida es insufriblemente aburrida. Pero hemos de tener presentes que el vino es como aquel phármakon griego: medicina y veneno, dos caras de la misma moneda. Nos permite jugar con los placeres ocultos, pero al mismo tiempo, si nos pasamos, acabará con nosotros.
La grandeza de Las bacantes estriba justo en esto: nos permite fantasear con todos aquellos frutos impíos que tanto la moral como la sociedad rechaza por completo. Da rienda suelta a nuestra imaginación. Nos ponemos en la piel de una orgía en mitad del monte, bajo el crepitante calor de las antorchas, bañados sensualmente por la luz de la luna. El sabor del vino nos encandila y su alcohol nos embriaga; cada vez hay menos límites, aceptamos más y más el juego pecaminoso. Incluso se coquetea con la idea del incesto, tan alarmante para toda persona y a la vez tan profundamente anclada al inconsciente. Recordemos a ese Penteo ansioso por observar, al más puro estilo voyeur, a su propia madre en mitad de culto a la divinidad.
Pero no solo con sexo nos tienta Eurípides, también nos trae a escena nuestra sed de sangre. Esa sensación de imponer nuestra fuerza, de descargar todo nuestro poderío, de quedar extasiados por el desahogo de toda nuestra rabia, ira, furia descontrolada sin más motivo que el propio ensalzamiento de la violencia. No solo nos gusta dar vida, también ansiamos quitarla, nos acerca a la posición privilegiada de los dioses, y merecemos sentirnos como ellos al menos por unos instantes.
Nuestra imaginación alcanza el orgasmo en una mezcla de satisfacción y de poder. Por eso nos gusta Las bacantes pese al macabro destino que aguarda a los protagonistas, porque juega con el límite de lo indecente, e incluso se atreve a superarlo.
Sin embargo, no debemos pasar por alto el aspecto negativo de la obra, igual de necesario. Está bien deleitarse en ese coqueteo imaginativo que insinúan los versos de Eurípides, pero debe quedarse en eso: en un mero coqueteo. Si nos extralimitamos y renunciamos a todo límite, acabaremos decapitando no solo a nuestros hijos, sino a la posibilidad misma de que la sociedad sea un lugar habitable. Vivimos unos junto a otros, y para que todos podamos jugar con Dioniso (y no solo unos cuantos que acaparan tal derecho para sus personas, y que por ello acaban desmembrando a los demás) debemos aceptarlo pero controlarlo. Hay que rendir culto a Baco junto a los demás dioses, tal como reclamaba el Extranjero al principio de la tragedia, pero no acabar con los demás dioses.
Así que, dejemos volar libre nuestra imaginación, no seamos unos mojigatos reprimidos que acaban desquiciados por no darse nunca un gustazo. Pero no nos creamos que solo de imaginación vive el hombre.

Matt K. Lann