“Y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada,
pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.”(Mt. 21, 13)
Mi relación
con la religión cristiana es un tanto peculiar. No soy un creyente ateo al
estilo unamunesco (¡Dios me libre!). Tampoco soy un beato, ni siquiera un
creyente de andar por casa. Pero, mal que le pese a Pascal, la figura de Dios
me inquieta y me atrae mucho, aunque más bien la de los filósofos, no la de
Abraham, Isaac o Jacob. ¡Arda yo por ello!
Ahora
bien, manteniendo la teología a un lado, hay una figura bíblica merecedora de
toda mi atención. Esto se debe a que aglutina en sí (como en otros pocos sitios
he visto) un pensamiento con el que no puedo dejar de estar de acuerdo en su
gran mayoría. Y, a diferencia de mis otros referentes tales como Kant o Platón,
ha conseguido llevar su mensaje a mucha más gente, llegando a calar muy
profundamente en toda la sociedad occidental.
Me
refiero (¡quién si no!) a Jesús de Nazaret. Sus correrías por el mundo, fuese
realmente o no la encarnación del Verbo, son siempre ejemplares y rotundas. No
en vano el joven Hegel quedó embelesado por esta figura, dándonos su particular
visión del Hijo predilecto en su Vida de
Jesús.
No
me pasa desapercibido que puede resultar chocante que alguien como yo, que me
he definido como marxista en anteriores artículos, hable ahora del Mesías.
Digamos simplemente que regalar el cristianismo al enemigo fue una mala jugada
por parte de la tradición de izquierdas. Pero no nos detengamos en esto ahora[1].
Quisiera
pues rescatar ahora una aventura de nuestro amigo nazareno. Cuenta Mateo en su
evangelio (21, 12 – 17) que Jesús, entrando en Jerusalén, decidió visitar el
templo consagrado a su padre. Cual fue su sorpresa al ver que allí, en vez de
rendir culto a Dios, estaban sitiados unos mercaderes que habían hecho de la
casa del Señor un centro comercial rupestre. Encolerizado completamente, el Rey
de los judíos derribo las mesas de los mercaderes y los echó a patadas y
gritos. ¡Cómo osaban esos ladrones sinvergüenzas profanar de ese modo el templo
de Dios!
Reparemos
bien en el pasaje. El mismo Jesús que se juntaba con ladrones y prostitutas, el
que salvaba a adulteras de ser lapidadas, el que ponía la otra mejilla, resulta
que cuando le tocan el templo se olvida de todo eso y, hecho una furia, expulsa
a los mercaderes del templo sin contemplación alguna. Este es uno de los pocos
pasajes (si no el único) en que vemos al Hijo de Dios enfadado realmente. ¿Por
qué? ¿Cómo es posible que aguante pesares varios y sin embargo no tenga
compasión con los vendedores del templo?
Pues
porque juntarse con malas gentes o perdonar adulteras es sencillo, porque será
Dios quien, en última instancia, determine si realmente son lo que tienen fama
de ser. Simplemente se está juzgando mal a las personas. Ahora bien, profanar
el templo divino no es emitir un mal juicio sobre alguien o algo, es usurpar la
capacidad misma de juzgar que tiene Dios. Se le está quitando de su sitio privilegiado
para hablar a la humanidad. Alguien le ha quitado la silla a Dios y éste se ha
quedado de pie. El templo, ese lugar que no debe servir nada más que para que
la voz de Dios se materialice, ha sido invadido por una panda de desgraciados
que han aprovechado el tirón mediático del ens
realissimum para sacarse unas pelas. ¡Eso es absolutamente intolerable! Con
razón Jesús estaba que se subía por las paredes.
Todo
el derecho del mundo tiene el lector para preguntarse por qué desempolvo este
pasaje bíblico. El motivo es el siguiente.
Hace
no mucho (una semana más o menos) entraba yo por la puerta de mi querida
facultad de filosofía de la UCM. Del mismo modo que el templo es la
materialización de la voz de Dios en la tierra, la universidad (mi facultad incluida)
es la materialización del conocimiento, de la comunidad científica. La
universidad es el sitio en el que solo debe tener cabida el conocimiento. Entre
sus paredes solo debe tener voto la argumentación y los razonamientos para que
la humanidad pueda progresar (y hablo de “progreso” en el sentido kantiano, no
en el de ese tren descarrilado que es el capitalismo y que solo consiste en un
constante avance técnico del que ni siquiera podemos beneficiarnos, pues solo
sirve para seguir avanzando, como una rueda de ratón). Como decía, entraba yo
en mi facultad cuando me encuentro que el hall estaba abarrotado por un montón
de chicas que vendían productos de Avon, si no recuerdo mal. Tenían todo el
chiringuito montado: las mesas para atender a los posibles clientes, grandes
carteles anunciando sus ofertas, el uniforme que consistía en una camiseta con
el nombre de la empresa, y, por supuesto, una sonrisa deslumbrante de las
chicas para captar la atención de los que por allí pasábamos.
De
acuerdo, todos sabemos que la situación de la universidad desde la instauración
del Plan Bolonia es lamentable, y que su comercialización ha llegado a extremos
insospechados, sobrepasando las peores predicciones de todos los que
participaron activamente la lucha contra el mismo. Pero me parece que ya se
están riendo en mi cara sin ninguna clase de tapujos cuando convierten mi
propia facultad en un mercadillo. Ya no es que no tenga vergüenza toda esa
gentuza que regala la UCM al banco Santander, sino que encima son unos cachondos
mentales que se deben reír a carcajada limpia burlándose de los estudiantes de
esta manera tan descarada. “No solo vendemos a tus espaldas tus derechos como
estudiante, sino que encima estamos tan seguros de que no puedes hacer nada
para impedírnoslo que te lo vamos a poner en las mismas narices. ¿No querías
que se mercantilizase la universidad? ¡Pues toma! ¡La facultad hecha un
mercado! En tu cara”. Es que ya ni disimulan.
Poco
me faltó para desalojar a patadas el hall de mi facultad. ¿Cómo no va a ir mal
la universidad si ahora entra de todo en ella menos el conocimiento? Además,
parecía que lo habían calculado todo al milímetro. Era como si esos puestos
gritasen que como de filósofos lo íbamos a tener más bien crudo para ganarnos
la vida, casi mejor ve dejándonos tu currículum, que en Avon tienes más
posibilidades de llegar a algo. Todavía no se como me contuve para no
plantarles fuego.
Y
esta semana el mercadillo sigue montado. Ahora no son los de Avon, sino que se
trata de una empresa que vende unos libros, no se de qué. Vale que prefiera que
de vender algo, se vendan libros antes que potingues para la cara, pero aún así
no quiero que mi facultad sea un mercado. Ni yo quiero, ni debe ser así.
Soy
muy consciente que ni las chicas de Avon ni las personas que estaban vendiendo
los libros tienen culpa de esta situación. Ellos simplemente están intentando
ganarse la vida como buenamente puedan; estamos en el mismo bando en el fondo.
De hecho, todo apunta a que Avon no planeó malévolamente ponerse en nuestro
hall para mofarse de nosotros, si no que seguramente recorrieron todas las
facultades del campus. Es más, aventuraría (aunque eso no lo tengo tan claro,
porque cada vez estoy más convencido de que algunos decanos no son personas
normales) que los decanos tampoco dieron permiso a los mercaderes modernos para
ponerse en el hall a fin de mostrar como la universidad cada vez está más
perdida. Se que, en realidad, simplemente cuadró que esos vendedores se
pusieron ahí como podrían haberse puesto en cualquier otro sitio. Pero aún así,
me parece una cristalización tan clarividente de la situación de la universidad
que no pude evitar enfadarme como si me hubiesen escupido en la cara. Aunque
nadie montase todo esto con mala intención, es el hecho mismo de que tales
cosas puedan pasar lo que me irrita a más no poder. Si la universidad fuese lo
que tiene que ser; o mejor dicho, si a la universidad la dejasen ser lo que debería ser, estas cosas no pasarían. A nadie
en su sano juicio se le ocurriría convertir la casa del conocimiento en un
burdo mercadillo.
En
cuanto se me paso el cabreo inicial se me vino enseguida a la mente el pasaje
de Jesús y los mercaderes. Nunca en mi vida lo había entendido tan bien. Y es
que esta clase de intromisiones llevan aconteciendo toda la vida, y siempre han
provocado muchos enfados y destrozos. Ya Platón lo dijo en las Leyes: solo hay un delito peor que
profanar los templos de las divinidades, y es usurpar el lugar de las leyes.
Aquel que lo haga debe pagar la pena más cara: la vida”. Por esa misma razón se
usó la guillotina para acabar con Luis XVI, porque se había sentado en el trono
reservado a la legitimidad del pueblo, había echado a las leyes de su sitio, y
por ello no debía ser juzgado conforme a ellas (él mismo había decidido
alejarse de las mismas); debía ser ejecutado. Lo mismo pasa con el
conocimiento: no debe estar al servicio de la sociedad, la sociedad debe estar
al servicio del conocimiento. A fin de cuentas, la sociedad progresa cuando
progresa el conocimiento, no viceversa. Y aquel que pretenda quitarle su puesto
privilegiado al saber debe pagarlo caro.
Como se puede
apreciar, puede que la historia de que Jesús sea el logos hecho carne sea cierta o no (poco importa realmente). Lo
verdaderamente relevante es su manera de actuar. Y el pasaje de los mercaderes
y el templo ha llegado a mucha más gente (y no solo eso, sino que lo han
comprendido) de lo que llegarán los diálogos de Platón o los textos de
Robespierre.
Por cosas como
esta no está de más echar un ojo a los evangelios. Aunque digan que un
carpintero resucitó al tercer día. Eso es lo de menos.
Matt K. Lann
[1] Resulta muy interesante
para tratar el tema de una posible relación entre el marxismo y el cristianismo
el artículo “La izquierda, el sentido común y el cristianismo”, de Luis Alegre
Zahonero y Carlos Fernández Liria (http://www2.rebelion.org/noticia.php?id=184680).














