sábado, 15 de marzo de 2014

Y el verbo se hizo publicidad...


“Ubik instantáneo tiene el rico aroma del café
recién molido. Cuando lo pruebe, su marido
dirá: “Cristo, Sally, pensaba que nuestro
café era pse-pse, pero ahora… ¡hmm!”.
Inofensivo si se toma de acuerdo con las instrucciones.”

            Todos hemos pensado alguna vez cómo serán las cosas una vez que ya no estemos presentes. Es un ejercicio muy interesante que da rienda suelta a nuestra imaginación y que permite dejar florecer sueños ocultos que siempre nos hubiese gustado ver materializados y que sabemos que es muy probable que no vivamos. Tendemos a fantasear con un futuro en el que las cosas funcionan mejor, en donde los problemas han dejado de ser tales para pasar a ser un mero recuerdo desagradable, nadie les desearía a sus descendientes un mundo lleno de preocupaciones. No obstante, hay otro ejercicio igual de interesante, pero esta vez, cruelmente más realista.
            ¿Qué pensaba la gente que ya abandonó el tren de la vida sobre el futuro en el que ahora vivimos nosotros? ¿Hubiesen quedado cumplidas sus expectativas, o tal vez fueron demasiado optimistas? Es un perfecto examen de conciencia global tener en cuenta ese legado de aquellas personas pasadas para compararlo con nuestro presente…y lamentablemente ver como les defraudaríamos.
            Hay mares de páginas en donde está recogido cómo imaginaban el futuro grandes literatos como Julio Verne, vaticinando siempre grandes avances de la humanidad, o Isaac Asimov y su afinidad por la robótica y la inteligencia artificial. Sin duda, me parece que son puntos de vista muy interesantes y que hay que tener muy presentes. Pero me gustaría quedarme con un autor en concreto, por lo preocupantemente acertado de su pensamiento y su desgarrador pesimismo sobre los tiempos venideros. Sin olvidar que da nombre a este pequeño e indecente grupo de lectores, y como tal merece nuestro mayor respeto. Como ya se imaginan, me refiero a Philip K. Dick. Todavía recuerdo aquella primera reunión que tuve con mis compañeros de Proyecto sobre su magnifica obra ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la cual nos dio debate durante largo rato. Pero hoy me gustaría hablar sobre otra obra suya: Ubik.

            La historia nos sitúa en 1992, año pasado para nosotros (algunos, como un servidor, ni siquiera habían visto la luz del día), pero futuro desconocido para Philip K. Dick, que murió diez años antes de la fecha en cuestión. En ese “futuro” ha habido grandes avances, desde videófonos que te permiten ver a tu interlocutor mientras hablas con él, hasta el hecho de tener colonias tanto en Marte como en la Luna. Además, existen ciertas personas con capacidades psíquicas muy variadas como la telepatía o la capacidad de predecir el futuro. Por el contrario, también existen personas (inerciales) cuya capacidad consiste en anular los poderes psíquicos. Pero sin duda, el avance más escalofriante a mi entender es el del descubrimiento del estado de semivida. Consiste en que las personas, una vez han fallecido, son introducidas y almacenadas en una especie de neveras (friovainas) en las cuales pueden seguir teniendo una actividad cerebral normal, como si estuviesen vivas, pero su cuerpo está físicamente muerto. Mediante unos conectores la gente puede comunicarse mentalmente con sus seres queridos muertos durante un periodo de tiempo, pero finalmente morirán también en el estado de semivida. Estas aclaraciones nos sirven para introducirnos en el mundo de ese 1992 alternativo, el desarrollo de la novela comienza ahora.
 
            Glen Runciter es el dueño de Runciter Asociados, empresa que se dedica a la suministración de inerciales a aquellas personas que piensan que su intimidad está siendo violada por algún telépata. Su amigo Joe Chip se encarga de proporcionarle nuevos inerciales para su empresa.  Pero Runciter Asociados está pasando una época de vacas flacas, por lo que para salir del agujero Runciter decide aceptar un trabajo en la Luna, a donde van él, sus once mejores inerciales y su amigo Joe Chip. Pero cuando llegan allí un atentado acaba con la vida de Runciter y casi deja sin ella a los demás. A partir de ese momento Joe Chip asume el mando y hace todo lo posible por regresar a la tierra para meter en una friovaina a su antiguo jefe antes de que sea demasiado tarde. Sin embargo, desde su partida de la Luna todo empieza a ser muy raro, todo empieza a sufrir una regresión hacia el pasado: los alimentos están siempre caducados, las monedas vuelven a ser antiguas, incluso ellos mismos empiezan a pudrirse poco a poco… Nadie entiende qué está pasando, y para colmo, empiezan a recibir mensajes sumamente extraños de Runciter. Pero, ¿no había muerto en la explosión? Desde luego que todos asisten al funeral de su jefe, ¿qué significan entonces todas esas manifestaciones de Glen Runciter? Varias de ellas se dan en anuncios publicitarios muy raros. Pero hay otro elemento misterioso que también aparece publicitado y que nadie sabe qué es, y que acabará siendo la pieza maestra que permitirá solucionar todo. Ubik.
            En esta novela nos encontramos con muertos (o semivivos, como se prefiera) dando consejos empresariales, anuncios publicitarios proporcionando soluciones milagrosas a todos los problemas, gente que habla con máquinas como si de otras personas se tratase y varios absurdos más que Philip K. Dick sabe entremezclar perfectamente para hacer que el lector se sienta intrigado y perdido como los protagonistas mismos. Pero lo que a mi opinión resulta más interesante, ¿qué pretende decirnos el autor con esta obra tan estrambótica? ¿Qué idea tenía Dick para escribir sobre un futuro tan calamitoso? No da la impresión de ser una imagen muy halagüeña…

            Es increíble con que precisión muestra la novela la manipulación publicitaria de hoy en día. En la obra vemos como Ella, la mujer semiviva de Runciter, ayuda a su marido con temas de marketing en la empresa. Esto que dicho así nos parece tan ridículo, debería producirnos un escalofrío. En ese 1992 paralelo se ha conseguido resucitar a los muertos, hazaña increíble, ¡y no se les ocurre otra cosa que utilizarlos simplemente para dar consejos publicitarios a las empresas! ¿Haríamos nosotros hoy en día algo distinto? Lo dudo mucho. La publicidad está metida hasta en la última esquina más recóndita de nuestra sociedad, es imposible salir a la calle y no encontrarse con mil anuncios, eso sí, de todos los colores y sabores. Y de ser posible, no dudéis de que se meterían hasta en la otra vida si pudiesen. En unos cuantos años los funerales estarán orgullosamente patrocinados por Cofidis, las viudas serán consoladas por Mc Donalds y Vodafone habrá creado una tarifa nueva (el 5G, quién sabe) para poder comunicarte con tu querido fallecido este en el paraíso o en el infierno. Tal vez Philip K. Dick no estuviese tan desencaminado con sus predicciones.
            Deberíamos echarnos a temblar al comprobar como una sociedad en la que existen poderes psíquicos tan fascinantes como la telepatía o la capacidad de predecir el futuro, no se utilicen, ya no digamos para conseguir la paz mundial, que desde luego no estamos en época de utopías, sino para predecir al menos si lloverá o no. Pero no, es mucho mejor usar tales facultades para que las empresas se espíen las unas a las otras para así poder sacar antes que la competencia un nuevo producto revolucionario que aparecerá anunciándose a todas horas en la televisión, cubriendo las marquesinas de los autobuses, en enormes pancartas en el Metro, y en general, en cualquier sitio en donde se le meta cincuenta veces al día por los ojos al ciudadano medio, quedando así plenamente convencido de que necesita un nuevo smartphone que se encarga de decirte que te debes poner al salir a la calle, no vaya a ser que se sulfure el pobre ciudadano pensando treinta segundos seguidos. Esto no es solo lo que pasa en la novela de Dick, sino lo que pasaría en el 2014 si existiesen tales personajes telépatas.
            Con semejante panorama, es normal que la gente se sienta confusa y perdida. Nos encontramos más o menos como Joe Chip y los demás inerciales, sin saber muy bien que hacer. Pero al igual que en la novela, no hay que alarmarse, pues la publicidad nos dirá que camino debemos tomar. Nuestro protagonista se dedica a hacer caso a los anuncios de la televisión en los que aparece Runciter, o los de una caja de cerillas que también pertenece a su jefe. De hecho, se encuentra tan desorientado que llega a seguir los consejos que lee en un graffiti en un baño. Y no es para menos, esos anuncios son la calve indispensable para salvarse, Joe esta convencido de ello. No debería sorprendernos tanto ver como una persona sigue ciegamente los consejos que le dicta la televisión, pues cuarenta y cinco años después, eso es el pan nuestro de cada día. Nuestra sociedad está cambiando continuamente de dirección: hoy está de moda llevar un gorro aunque haga cuarenta grados, mañana será el último grito ponerse una ristra de chorizos en el cinturón, ¡qué se yo! Y, efectivamente, es el continuo bombardeo publicitario, en todas sus múltiples formas, el que dicta que dirección es la que se toma en cada momento. Y como le pasa al pobre Joe, la gente hace ciegamente caso de lo que ve anunciado, no se lo plantea lo más mínimo. Es más (y ahí está el gran acierto de Dick) la gente esta convencida en lo más profundo de su ser que hacer caso a esos anuncios es la solución a sus problemas. Cuando sale anunciada una nueva televisión no pensamos si realmente la necesitamos, o si realmente es tan novedosa como dicen o simplemente le han cambiado el color, es más baja, más alta, más gorda o más flaca.  Una vez hayamos visto cuatro o cinco veces el anuncio, empezaremos a pensar que realmente nuestro televisor es un cachivache obsoleto, pues ya tiene seis meses de antigüedad, y corremos el riesgo de no estar completamente “a la última”. La publicidad se ha convertido en nuestra conciencia del mismo modo que los anuncios de Runciter se convirtieron en la de Joe Chip. Escalofriante cuanto menos.
            Pero el autor todavía tenía más que decirnos. Al inicio de cada capítulo, en forma de encabezado, aparece siempre un pequeño spot publicitario sobre cosas varias como café, dentífrico, cerveza, sujetadores, productos de limpieza, etc., y siempre es el mismo producto el que anuncia todas esas cosas: Ubik. El lector no para de  preguntarse qué demonios será el Ubik, y de repente resulta que por fin aparece en la trama… ¡y será la pieza que resolverá todo el problema! Eso sí, nadie tiene ni idea de que se trata. Si ahora ponemos la vista en nuestro tiempo, vemos como Dick hizo diana de nuevo. Ya no solo es que la publicidad esté hasta en la sopa, y que precisamente por ello haga que nosotros mismos creemos necesidades, sino que, como en la obra, muchas veces resulta que verdaderamente lo que se anuncia es la solución.
Marcuse explicó ya en su momento como el mundo en el que vivimos es tan totalitario. La sociedad del consumo crea necesidades en nosotros, pero consigue mantenerse porque dichas necesidades no son algo ajeno al individuo, sino que son creadas por el mismo sujeto, debido a la constante ráfaga publicitaria, y por ello tales necesidades son algo intrínseco a la persona. De esta forma, el sujeto  necesita consumir para satisfacer una necesidad que de hecho tiene, no solo ilusoriamente. Por tanto, la publicidad es quien ofrece múltiples productos para saciar al consumidor, y por ello se vuelve algo vital.
Philip K. Dick muestra esto de manera ejemplar con su producto estrella Ubik. Consigue no solo que el lector se muera por saber qué es el Ubik, sino que coetáneamente hace lo mismo con Joe Chip, el cual es consciente de que depende a vida o muerte de ese producto, producto que no sabe qué es, pero que aún así necesita. Nótese la radicalidad. Y efectivamente, Ubik resulta ser la solución a sus problemas, por lo que cuando lo consigue (cosa que le supondrá más de un quebradero de cabeza) nuestro amigo Joe respirará aliviado.
De nuevo debemos ver el terrible reflejo de nuestro mundo en la obra. Hoy en día la gente verdaderamente necesita consumir, se crean necesidades que solo se pueden saciar si atendemos a lo que nos dicta la publicidad y compramos el producto adecuado para ello. La publicidad se ha convertido en el mesías del nuevo mundo, pues nos dice las palabras de salvación que tanto ansiamos oír para poder descansar en paz con nuestro nuevo iPhone 12. Por muy exagerado que suene, no lo es. Piénsese, por ejemplo, en que hoy en día es necesario tener un teléfono móvil. No es que lo queramos porque es muy divertido poder hacerse fotos en cualquier momento poniendo caras extrañas para luego subirlas al Facebook, sino que de hecho, en nuestra sociedad, ya no existen prácticamente cabinas, por lo que o tienes un teléfono móvil o es muy posible que si estás solo en la calle no puedas llamar a nadie. Teniendo en cuenta esto, deberíamos darle las gracias a las agencias publicitarias por informarnos día y noche de cuales son las últimas novedades en telefonía móvil, pues lo vamos a necesitar si queremos comunicarnos una vez estemos fuera de casa. Y, jugando al juego de Dick, me aventuro a decir que en no muchos años tampoco tendrá sentido que tengamos teléfonos con los que solo se pueda hablar llamando con ellos, pues se habrá convertido en una necesidad real el hecho de tener Whatsapp o Telegram para comunicarte con tu gente, y entonces deberemos volver a agradecer a la misericordiosa publicidad que nos recuerde cada cinco minutos que Samsung ha sacado un móvil nuevo que hasta te hace el nudo de la corbata. Esperemos que las cosas cambien y que yo me equivoque a diferencia de Philip K. Dick.

Es digno de reflexión, como mínimo, que alguien que escribió un libro en 1969 acertase tan plenamente sobre como sería la sociedad de hoy. Y más viendo que no es un futuro (o presente) muy conmovedor. Deberíamos escuchar más lo que la gente del pasado tiene que decirnos sobre como puede acabar el mundo si no cambiamos las cosas. Philip K. Dick nos da un duro golpe de realidad al mostrarnos que, aunque no hemos alcanzado el progreso tecnológico que se muestra en su obra, sí hemos llegado (e incluso traspasado en los peores casos) a los problemas de los que ya nos advirtió. Nosotros podemos quedar maravillados al leerle, incluso puede que nos riamos con obras tan esperpénticas como Ubik, la cual no dejo de recomendar. Pero si él tuviese que ver que sus peores predicciones se han hecho ciertas, desde luego que rompería a llorar. Bueno, siempre quedará el Prozac.
Matt K. Lann

           

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