“Ubik instantáneo tiene el rico aroma del café
recién molido. Cuando
lo pruebe, su marido
dirá: “Cristo, Sally,
pensaba que nuestro
café era pse-pse, pero
ahora… ¡hmm!”.
Inofensivo si se toma
de acuerdo con las instrucciones.”
Todos
hemos pensado alguna vez cómo serán las cosas una vez que ya no estemos
presentes. Es un ejercicio muy interesante que da rienda suelta a nuestra
imaginación y que permite dejar florecer sueños ocultos que siempre nos hubiese
gustado ver materializados y que sabemos que es muy probable que no vivamos.
Tendemos a fantasear con un futuro en el que las cosas funcionan mejor, en
donde los problemas han dejado de ser tales para pasar a ser un mero recuerdo
desagradable, nadie les desearía a sus descendientes un mundo lleno de
preocupaciones. No obstante, hay otro ejercicio igual de interesante, pero esta
vez, cruelmente más realista.
¿Qué
pensaba la gente que ya abandonó el tren de la vida sobre el futuro en el que
ahora vivimos nosotros? ¿Hubiesen quedado cumplidas sus expectativas, o tal vez
fueron demasiado optimistas? Es un perfecto examen de conciencia global tener
en cuenta ese legado de aquellas personas pasadas para compararlo con nuestro
presente…y lamentablemente ver como les defraudaríamos.
Hay
mares de páginas en donde está recogido cómo imaginaban el futuro grandes
literatos como Julio Verne, vaticinando siempre grandes avances de la
humanidad, o Isaac Asimov y su afinidad por la robótica y la inteligencia
artificial. Sin duda, me parece que son puntos de vista muy interesantes y que
hay que tener muy presentes. Pero me gustaría quedarme con un autor en
concreto, por lo preocupantemente acertado de su pensamiento y su desgarrador
pesimismo sobre los tiempos venideros. Sin olvidar que da nombre a este pequeño
e indecente grupo de lectores, y como tal merece nuestro mayor respeto. Como ya
se imaginan, me refiero a Philip K. Dick. Todavía recuerdo aquella primera
reunión que tuve con mis compañeros de Proyecto sobre su magnifica obra ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?,
la cual nos dio debate durante largo rato. Pero hoy me gustaría hablar sobre
otra obra suya: Ubik.
La
historia nos sitúa en 1992, año pasado para nosotros (algunos, como un servidor,
ni siquiera habían visto la luz del día), pero futuro desconocido para Philip
K. Dick, que murió diez años antes de la fecha en cuestión. En ese “futuro” ha
habido grandes avances, desde videófonos que te permiten ver a tu interlocutor
mientras hablas con él, hasta el hecho de tener colonias tanto en Marte como en
la Luna. Además, existen ciertas personas con capacidades psíquicas muy
variadas como la telepatía o la capacidad de predecir el futuro. Por el
contrario, también existen personas (inerciales) cuya capacidad consiste en
anular los poderes psíquicos. Pero sin duda, el avance más escalofriante a mi
entender es el del descubrimiento del estado de semivida. Consiste en que las
personas, una vez han fallecido, son introducidas y almacenadas en una especie
de neveras (friovainas) en las cuales pueden seguir teniendo una actividad
cerebral normal, como si estuviesen vivas, pero su cuerpo está físicamente
muerto. Mediante unos conectores la gente puede comunicarse mentalmente con sus
seres queridos muertos durante un periodo de tiempo, pero finalmente morirán
también en el estado de semivida. Estas aclaraciones nos sirven para
introducirnos en el mundo de ese 1992 alternativo, el desarrollo de la novela
comienza ahora.
Glen
Runciter es el dueño de Runciter Asociados, empresa que se dedica a la
suministración de inerciales a aquellas personas que piensan que su intimidad
está siendo violada por algún telépata. Su amigo Joe Chip se encarga de
proporcionarle nuevos inerciales para su empresa. Pero Runciter Asociados está pasando una
época de vacas flacas, por lo que para salir del agujero Runciter decide
aceptar un trabajo en la Luna, a donde van él, sus once mejores inerciales y su
amigo Joe Chip. Pero cuando llegan allí un atentado acaba con la vida de
Runciter y casi deja sin ella a los demás. A partir de ese momento Joe Chip
asume el mando y hace todo lo posible por regresar a la tierra para meter en
una friovaina a su antiguo jefe antes de que sea demasiado tarde. Sin embargo,
desde su partida de la Luna todo empieza a ser muy raro, todo empieza a sufrir
una regresión hacia el pasado: los alimentos están siempre caducados, las
monedas vuelven a ser antiguas, incluso ellos mismos empiezan a pudrirse poco a
poco… Nadie entiende qué está pasando, y para colmo, empiezan a recibir
mensajes sumamente extraños de Runciter. Pero, ¿no había muerto en la
explosión? Desde luego que todos asisten al funeral de su jefe, ¿qué significan
entonces todas esas manifestaciones de Glen Runciter? Varias de ellas se dan en
anuncios publicitarios muy raros. Pero hay otro elemento misterioso que también
aparece publicitado y que nadie sabe qué es, y que acabará siendo la pieza
maestra que permitirá solucionar todo. Ubik.
En
esta novela nos encontramos con muertos (o semivivos, como se prefiera) dando
consejos empresariales, anuncios publicitarios proporcionando soluciones
milagrosas a todos los problemas, gente que habla con máquinas como si de otras
personas se tratase y varios absurdos más que Philip K. Dick sabe entremezclar
perfectamente para hacer que el lector se sienta intrigado y perdido como los
protagonistas mismos. Pero lo que a mi opinión resulta más interesante, ¿qué
pretende decirnos el autor con esta obra tan estrambótica? ¿Qué idea tenía Dick
para escribir sobre un futuro tan calamitoso? No da la impresión de ser una
imagen muy halagüeña…
Es
increíble con que precisión muestra la novela la manipulación publicitaria de
hoy en día. En la obra vemos como Ella, la mujer semiviva de Runciter, ayuda a
su marido con temas de marketing en la empresa. Esto que dicho así nos parece
tan ridículo, debería producirnos un escalofrío. En ese 1992 paralelo se ha
conseguido resucitar a los muertos, hazaña increíble, ¡y no se les ocurre otra
cosa que utilizarlos simplemente para dar consejos publicitarios a las empresas!
¿Haríamos nosotros hoy en día algo distinto? Lo dudo mucho. La publicidad está
metida hasta en la última esquina más recóndita de nuestra sociedad, es
imposible salir a la calle y no encontrarse con mil anuncios, eso sí, de todos
los colores y sabores. Y de ser posible, no dudéis de que se meterían hasta en
la otra vida si pudiesen. En unos cuantos años los funerales estarán
orgullosamente patrocinados por Cofidis, las viudas serán consoladas por Mc
Donalds y Vodafone habrá creado una tarifa nueva (el 5G, quién sabe) para poder
comunicarte con tu querido fallecido este en el paraíso o en el infierno. Tal
vez Philip K. Dick no estuviese tan desencaminado con sus predicciones.
Deberíamos
echarnos a temblar al comprobar como una sociedad en la que existen poderes
psíquicos tan fascinantes como la telepatía o la capacidad de predecir el
futuro, no se utilicen, ya no digamos para conseguir la paz mundial, que desde
luego no estamos en época de utopías, sino para predecir al menos si lloverá o
no. Pero no, es mucho mejor usar tales facultades para que las empresas se
espíen las unas a las otras para así poder sacar antes que la competencia un
nuevo producto revolucionario que aparecerá anunciándose a todas horas en la
televisión, cubriendo las marquesinas de los autobuses, en enormes pancartas en
el Metro, y en general, en cualquier sitio en donde se le meta cincuenta veces
al día por los ojos al ciudadano medio, quedando así plenamente convencido de
que necesita un nuevo smartphone que se encarga de decirte que te debes poner
al salir a la calle, no vaya a ser que se sulfure el pobre ciudadano pensando
treinta segundos seguidos. Esto no es solo lo que pasa en la novela de Dick,
sino lo que pasaría en el 2014 si existiesen tales personajes telépatas.
Con
semejante panorama, es normal que la gente se sienta confusa y perdida. Nos
encontramos más o menos como Joe Chip y los demás inerciales, sin saber muy
bien que hacer. Pero al igual que en la novela, no hay que alarmarse, pues la
publicidad nos dirá que camino debemos tomar. Nuestro protagonista se dedica a
hacer caso a los anuncios de la televisión en los que aparece Runciter, o los
de una caja de cerillas que también pertenece a su jefe. De hecho, se encuentra
tan desorientado que llega a seguir los consejos que lee en un graffiti en un
baño. Y no es para menos, esos anuncios son la calve indispensable para
salvarse, Joe esta convencido de ello. No debería sorprendernos tanto ver como
una persona sigue ciegamente los consejos que le dicta la televisión, pues cuarenta
y cinco años después, eso es el pan nuestro de cada día. Nuestra sociedad está
cambiando continuamente de dirección: hoy está de moda llevar un gorro aunque
haga cuarenta grados, mañana será el último grito ponerse una ristra de
chorizos en el cinturón, ¡qué se yo! Y, efectivamente, es el continuo bombardeo
publicitario, en todas sus múltiples formas, el que dicta que dirección es la
que se toma en cada momento. Y como le pasa al pobre Joe, la gente hace
ciegamente caso de lo que ve anunciado, no se lo plantea lo más mínimo. Es más
(y ahí está el gran acierto de Dick) la gente esta convencida en lo más
profundo de su ser que hacer caso a esos anuncios es la solución a sus
problemas. Cuando sale anunciada una nueva televisión no pensamos si realmente
la necesitamos, o si realmente es tan novedosa como dicen o simplemente le han
cambiado el color, es más baja, más alta, más gorda o más flaca. Una vez hayamos visto cuatro o cinco veces el
anuncio, empezaremos a pensar que realmente nuestro televisor es un cachivache
obsoleto, pues ya tiene seis meses de antigüedad, y corremos el riesgo de no
estar completamente “a la última”. La publicidad se ha convertido en nuestra
conciencia del mismo modo que los anuncios de Runciter se convirtieron en la de
Joe Chip. Escalofriante cuanto menos.
Pero
el autor todavía tenía más que decirnos. Al inicio de cada capítulo, en forma
de encabezado, aparece siempre un pequeño spot publicitario sobre cosas varias
como café, dentífrico, cerveza, sujetadores, productos de limpieza, etc., y
siempre es el mismo producto el que anuncia todas esas cosas: Ubik. El lector
no para de preguntarse qué demonios será
el Ubik, y de repente resulta que por fin aparece en la trama… ¡y será la pieza
que resolverá todo el problema! Eso sí, nadie tiene ni idea de que se trata. Si
ahora ponemos la vista en nuestro tiempo, vemos como Dick hizo diana de nuevo.
Ya no solo es que la publicidad esté hasta en la sopa, y que precisamente por
ello haga que nosotros mismos creemos necesidades, sino que, como en la obra,
muchas veces resulta que verdaderamente lo que se anuncia es la solución.
Marcuse
explicó ya en su momento como el mundo en el que vivimos es tan totalitario. La
sociedad del consumo crea necesidades en nosotros, pero consigue mantenerse
porque dichas necesidades no son algo ajeno al individuo, sino que son creadas
por el mismo sujeto, debido a la constante ráfaga publicitaria, y por ello
tales necesidades son algo intrínseco a la persona. De esta forma, el sujeto necesita consumir para satisfacer una
necesidad que de hecho tiene, no solo ilusoriamente. Por tanto, la publicidad
es quien ofrece múltiples productos para saciar al consumidor, y por ello se
vuelve algo vital.
Philip K. Dick
muestra esto de manera ejemplar con su producto estrella Ubik. Consigue no solo
que el lector se muera por saber qué es el Ubik, sino que coetáneamente hace lo
mismo con Joe Chip, el cual es consciente de que depende a vida o muerte de ese
producto, producto que no sabe qué es, pero que aún así necesita. Nótese la
radicalidad. Y efectivamente, Ubik resulta ser la solución a sus problemas, por
lo que cuando lo consigue (cosa que le supondrá más de un quebradero de cabeza)
nuestro amigo Joe respirará aliviado.
De nuevo
debemos ver el terrible reflejo de nuestro mundo en la obra. Hoy en día la
gente verdaderamente necesita consumir, se crean necesidades que solo se pueden
saciar si atendemos a lo que nos dicta la publicidad y compramos el producto
adecuado para ello. La publicidad se ha convertido en el mesías del nuevo
mundo, pues nos dice las palabras de salvación que tanto ansiamos oír para
poder descansar en paz con nuestro nuevo iPhone 12. Por muy exagerado que
suene, no lo es. Piénsese, por ejemplo, en que hoy en día es necesario tener un
teléfono móvil. No es que lo queramos porque es muy divertido poder hacerse
fotos en cualquier momento poniendo caras extrañas para luego subirlas al Facebook,
sino que de hecho, en nuestra sociedad, ya no existen prácticamente cabinas,
por lo que o tienes un teléfono móvil o es muy posible que si estás solo en la
calle no puedas llamar a nadie. Teniendo en cuenta esto, deberíamos darle las
gracias a las agencias publicitarias por informarnos día y noche de cuales son
las últimas novedades en telefonía móvil, pues lo vamos a necesitar si queremos
comunicarnos una vez estemos fuera de casa. Y, jugando al juego de Dick, me
aventuro a decir que en no muchos años tampoco tendrá sentido que tengamos
teléfonos con los que solo se pueda hablar llamando con ellos, pues se habrá
convertido en una necesidad real el hecho de tener Whatsapp o Telegram para
comunicarte con tu gente, y entonces deberemos volver a agradecer a la
misericordiosa publicidad que nos recuerde cada cinco minutos que Samsung ha
sacado un móvil nuevo que hasta te hace el nudo de la corbata. Esperemos que
las cosas cambien y que yo me equivoque a diferencia de Philip K. Dick.
Es digno de
reflexión, como mínimo, que alguien que escribió un libro en 1969 acertase tan
plenamente sobre como sería la sociedad de hoy. Y más viendo que no es un
futuro (o presente) muy conmovedor. Deberíamos escuchar más lo que la gente del
pasado tiene que decirnos sobre como puede acabar el mundo si no cambiamos las
cosas. Philip K. Dick nos da un duro golpe de realidad al mostrarnos que, aunque
no hemos alcanzado el progreso tecnológico que se muestra en su obra, sí hemos
llegado (e incluso traspasado en los peores casos) a los problemas de los que
ya nos advirtió. Nosotros podemos quedar maravillados al leerle, incluso puede
que nos riamos con obras tan esperpénticas como Ubik, la cual no dejo de
recomendar. Pero si él tuviese que ver que sus peores predicciones se han hecho
ciertas, desde luego que rompería a llorar. Bueno, siempre quedará el Prozac.
Matt
K. Lann


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