sábado, 6 de junio de 2015

ΔΙΌΝΥΣΟΣ, ἚΡΩΣ, ΘΆΝΑΤΟΣ: PELIGRO, JUEGO Y NECESIDAD

¡Oh, feliz aquel que, dichoso conocedor de los misterios de los dioses, santifica su vida y se hace en su alma compañero de tíaso del dios, danzando por los montes como bacante en santas purificaciones, celebrando los ritos de la Gran Madre Cíbele, agitando en lo alto su tirso y, coronado de yedra, sirve a Dioniso!

Una encandiladora atmósfera de erotismo, lujuria y violencia, a la que nadie se puede resistir, envuelve casi siempre al teatro griego. La tragedia clásica llama a las puertas de nuestro inconsciente, clamando a gritos que nuestros impulsos más animales salgan a fuera. Pero nos asusta pensar en lo que seríamos capaces de hacer si nos dejásemos llevar, nos da miedo responder a esa llamada. ¿Pero a quién no le gusta jugar con el miedo a lo prohibido? Todos abrimos la puerta y dejamos que los versos de la antigüedad nos lleven donde solos nunca nos atreveríamos a adentrarnos.
Es una explosión de crueldad innecesaria y sexo frenético. Tánatos y Eros, mezcla perfecta.
Pero queda el último elemento. Violar el umbral de la moral no es sencillo, necesitamos una pequeña ayuda: debemos estar locos o borrachos. O ambas cosas. Dioniso, señor de los delirios y del elixir de la vid, viene a darnos este empujoncito final. Una vez que el dios se ha hecho con nuestro cuerpo ya no hay marcha atrás, no seremos nosotros los que controlemos nuestros actos sino los más profundos deseos, oscuros las más de las veces. O como mínimo no bien vistos por los ojos de la civilización.
Como en Las bacantes, nos damos al monte para disfrutar como animales, como verdaderos animales, de las danzas, de la bebida y de las orgías. Una bacanal en toda regla en honor a aquel que nos despojó de las cadenas de la ética. Pues las fiestas báquicas no es que sean inmorales, sino que están más allá del bien y del mal. No se pueden mirar bajo el prisma de lo moral porque precisamente lo moral nace como la frontera frente a este éxtasis dionisiaco, frente a la pura exuberancia.
Ahora bien, no hay que menospreciar este límite. Si dejamos que Baco sea el único rector de nuestra vida podemos llegar a cometer atrocidades innombrables. Es el caso de Ágave portando orgullosa la cabeza de su hijo Penteo, cabeza la cual ella había arrancado con sus propias manos en pleno fulgor orgiástico y que ahora porta empalada, agitándola al viento para mostrar el premio de su cacería. Y no solo eso, sino que comió y ofreció a sus hermanas la carne del resto del cuerpo para deleitarse como si de un banquete exquisito se tratase. Cuando reparó en su hazaña, cuando la cabeza de Penteo perdió el velo de león frente a sus ojos, la madre no pudo hacer otra cosa que horrorizarse, hundirse en lo más profundo de su tristeza y vergüenza. Del fervor a la miseria. Vagar errante junto a sus hermanas en el exilio, en un vano intento de olvidar y expiar sus pecados, es el destino que le espera.

Dioniso está ahí, no hay que olvidarlo. Incluso hay que jugar con él, hay que rendirle pleitesía. Debemos embriagarnos con el vino, vivir la vida, disfrutar, dejarnos llevar por nuestros deseos. De otra manera la vida es insufriblemente aburrida. Pero hemos de tener presentes que el vino es como aquel phármakon griego: medicina y veneno, dos caras de la misma moneda. Nos permite jugar con los placeres ocultos, pero al mismo tiempo, si nos pasamos, acabará con nosotros.
La grandeza de Las bacantes estriba justo en esto: nos permite fantasear con todos aquellos frutos impíos que tanto la moral como la sociedad rechaza por completo. Da rienda suelta a nuestra imaginación. Nos ponemos en la piel de una orgía en mitad del monte, bajo el crepitante calor de las antorchas, bañados sensualmente por la luz de la luna. El sabor del vino nos encandila y su alcohol nos embriaga; cada vez hay menos límites, aceptamos más y más el juego pecaminoso. Incluso se coquetea con la idea del incesto, tan alarmante para toda persona y a la vez tan profundamente anclada al inconsciente. Recordemos a ese Penteo ansioso por observar, al más puro estilo voyeur, a su propia madre en mitad de culto a la divinidad.
Pero no solo con sexo nos tienta Eurípides, también nos trae a escena nuestra sed de sangre. Esa sensación de imponer nuestra fuerza, de descargar todo nuestro poderío, de quedar extasiados por el desahogo de toda nuestra rabia, ira, furia descontrolada sin más motivo que el propio ensalzamiento de la violencia. No solo nos gusta dar vida, también ansiamos quitarla, nos acerca a la posición privilegiada de los dioses, y merecemos sentirnos como ellos al menos por unos instantes.
Nuestra imaginación alcanza el orgasmo en una mezcla de satisfacción y de poder. Por eso nos gusta Las bacantes pese al macabro destino que aguarda a los protagonistas, porque juega con el límite de lo indecente, e incluso se atreve a superarlo.
Sin embargo, no debemos pasar por alto el aspecto negativo de la obra, igual de necesario. Está bien deleitarse en ese coqueteo imaginativo que insinúan los versos de Eurípides, pero debe quedarse en eso: en un mero coqueteo. Si nos extralimitamos y renunciamos a todo límite, acabaremos decapitando no solo a nuestros hijos, sino a la posibilidad misma de que la sociedad sea un lugar habitable. Vivimos unos junto a otros, y para que todos podamos jugar con Dioniso (y no solo unos cuantos que acaparan tal derecho para sus personas, y que por ello acaban desmembrando a los demás) debemos aceptarlo pero controlarlo. Hay que rendir culto a Baco junto a los demás dioses, tal como reclamaba el Extranjero al principio de la tragedia, pero no acabar con los demás dioses.
Así que, dejemos volar libre nuestra imaginación, no seamos unos mojigatos reprimidos que acaban desquiciados por no darse nunca un gustazo. Pero no nos creamos que solo de imaginación vive el hombre.

Matt K. Lann


martes, 21 de abril de 2015

LAS NUBES A RAS DEL SUELO

Nos contaba Alicia en una ocasión, hija predilecta de Lewis Carroll, al hacer memoria de lo una vez acontecido, lo mucho que le sorprendió su encuentro con la Reina blanca. Ésta no paraba de gritar y quejarse porque le sangraba un dedo por culpa de un alfiler, y Alicia, como chica bien educada, se preocupó por su nueva amiga y le preguntó que dónde se había pinchado. A esto la Reina contestó que aun no se había pinchado, pero que lo haría cuando se volviese a recolocar su mantón. Alicia se quedó pasmada. El razonamiento de la Reina venía a ser el siguiente: como ella tenía memoria al revés -esto es, se acordaba de las cosas que le iban a pasar, no tanto de las que ya habían pasado- recordó que se iba pinchar al volverse a sujetar el mantón, motivo por el cual ahora gritaba a raíz del dolor que le retornaba a la memoria. Por muy convencida que estuviese Su Majestad blanca, Alicia no le veía a ese razonamiento lógica alguna.
Igual de surrealista fue su merendola con el León y el Unicornio. Tenían una tarta a repartir, y la encargada de tal tarea era Alicia, como ella misma gusta de recordar. Sin embargo, por más que insistía e insistía, el pastel no quería dejarse cortar. Finalmente la tuvieron que explicar que si no repartía los pedazos de tarta primero y luego los cortaba nunca podría llevar a cabo su labor. Aunque con cierta reticencia, Alicia puso en práctica esta nueva metodología, y mira tú por donde, dio resultado. Y es que así funcionan las cosas al otro lado del espejo.

Yo tenía entendido que solo Alicia tuvo la suerte de cruzar a través del espejo, pero según van pasando los días estoy más convencido de que se dejó el espejo abierto y que en algún momento el resto del mundo fue a parar a tan disparatado lugar junto a nuestra amiga. Del mismo modo que en el espejo la memoria funciona al revés y las tartas se cortan una vez ya han sido repartidas, nuestro mundo funciona con una lógica inversa, si puede siquiera ser llamado lógica. Cada vez que nos dicen “problemas” en realidad lo que están diciendo es “soluciones”; siempre que oímos “natural” a lo que realmente se refiere es a “intolerable”; prácticamente todo lo que se hace pasar por verdad es una vil mentira. Un ejemplo cristalino es el paro. El paro es el gran problema a solucionar por todos los partidos políticos. La gente necesita comer, y para ello necesita un trabajo que les de dinero. Cómo no tildar al paro de problema, ¡y bien gordo! Sin embargo, el paro es un problema para nosotros, míseros humanos; para una economía capitalista es la solución a sus crisis, es el paracetamol de los mercados. No en vano los economistas, esos espadachines a sueldo del capital como solía llamarlos Marx, llaman al paro “tasa natural de desempleo”. Déjenme que les diga, pero a mí me pasa como Alicia: yo no se qué tiene de natural que la gente se muera de hambre, a mí me parece una barbaridad. ¡Bienvenidos al mundo a través del espejo!
Ahora bien, lo que ya se lleva la palma es cuando está inversión de la realidad se cuela en el plano teórico, ahí ya la cosa es un sin dios. Cuántas veces habré oído eso de que el marxismo es insostenible porque no podemos fiarnos de que los demás van a realizar su parte del trabajo comunitario (se refieran con eso a lo que se refieran), o que no podemos fiarnos de que el prójimo no vaya a querer enriquecerse, motivo por el cual puteará sin reparos a los demás (que yo sepa Marx nunca dijo que no pudiésemos enriquecernos), y demás cosas por el estilo. Otro argumento frecuentemente esgrimido contra los marxistas es que queremos acabar a largo plazo con el estado y sus secuaces los policías. Tienen la amabilidad de explicarnos, como si fuéramos retrasados, que el español es pícaro por naturaleza y que si puede robar lo hará, razón por la que hace falta un estado y una policía que encauce a los malhechores. En definitiva, según estas personas, somos unos incrédulos por considerar al ser humano bueno por naturaleza.
A este respecto, ellos, que son más realistas, nos hablan de la necesidad de mantener el estado, de la importancia de la policía, de que no te puedes fiar del prójimo, de no contar con los demás para hacer las cosas, de hacer las cosas por uno mismo pues los demás nunca te ayudarán. Vamos, que tienen los pies bien puestos en la tierra. Este podría ser un buen resumen de lo que la gente me suele soltar cuando les digo que soy marxista.

Sin embargo, el otro día me pasó algo muy curioso. Tras un interesante debate que hubo en mi facultad entre neoliberales y antineoliberales, un compañero y yo nos quedamos hablando con otros dos chavales que habían ido a ver también el debate. Ellos venían a ver a uno de los neoliberales que se encontraban en la mesa de debate, pues le consideraban referente intelectual. El caso es que una vez finalizado el acto, mi amigo y yo nos quedamos hablando con los dos chicos, continuamos un poco más el debate (unas cuatro horas más, más las dos y media del debate, para que luego digan los del plan Bolonia que los jóvenes solo pueden mantener su concentración durante 45 minutos). Los dos chicos eran muy competentes, pero uno de ellos se salía de lo normal. Se trataba de uno de esos raros personajes que decidió dejar el instituto al terminar la ESO y que ha sido desde entonces autodidacta. El caso es que, por lo que nos contó, no es que fuese superdotado, es que tenía bastante facilidad para aprender las cosas. Precisamente por eso el debate fue tan interesante, porque no estábamos discutiendo con un payaso al estilo Alfonso Rojo, era una persona con la que se podía hablar.
Lo que me interesa del caso es contaros lo que ellos mismos, desde su punto de vista neoliberal -ellos se definían como liberales a secas- nos defendieron. Que existiese un estado que interviniese, no solo en el mercado, sino en cualquier ámbito de la vida de las personas, era el mayor ultraje que se podía cometer contra la libertad de las mismas. Si yo quiero una universidad que defienda unos valores muy concretos, por qué narices tiene que quitarme el estado dinero para financiar una universidad pública en la que yo no pienso poner un pie. Ellos defendían que cada uno debe gastarse su dinero nada más que en lo que ellos quieran, y si lo que quieren es una universidad privada en la que, y os juro que esto es casi textual, me preparen como si de una empresa se tratase, de tal modo que sea como una mera parada en boxes que me ponga a punto para el mercado laboral, que quién era el estado para impedírselo robándole parte de su sueldo. E igual de denigrante es que parte de ese dinero que me expropian a base de impuestos se destine a alguien que va a estudiar historia del arte -la alusión también es textual-, que claramente no va a ser productivo. No es que tuviesen nada especial en contra del arte, simplemente argumentaban que quien quisiese una facultad de historia del arte, pues que se la financie él mismo. Ídem con la sanidad: por qué voy a tener que pagarle yo los médicos a una persona que no conozco de nada y que me da igual si se pone enferma o no. Yo quiero que se me cuide a mí y a las personas que yo decida, y solo a dichas personas debe ir destinado mi dinero para sanidad, para nadie más. Llegaron a defendernos que hasta el mismo hecho de que las calles fueran públicas era una hecatombe contra nuestra libertad de elección en el mercado, pues ellos entendían que el mercado era el único lugar en donde realmente se da la libertad, ya que ésta no es otra cosa que poder elegir si quiero hacerme con algo o no. ¡Incluso querían convertir la policía en una milicia privada!
Frente a tales razonamientos, mi colega les preguntó que qué pasaba con las personas que, sin merecérselo ellas, nacen en unas determinadas condiciones materiales que les impiden el acceso a todas esas cosas de las que hablaban. Y ojo al dato con su respuesta: como la gente, bajo estos presupuestos, sería más rica -sin necesidad de entrar a debatir si eso sería realmente así o no-, sería más feliz y espontáneamente… ¡surgiría una increíble caridad! ¡Vaya triple se acaba de lanzar! Según su planteamiento, las personas necesitadas dependerán completamente de que hoy nos levantemos con ganas de ayudarlas o no, su vida entera dependerá del humor con el que nos encontremos. Yo no tengo especial interés ahora en debatir sobre si el ser humano es bueno o malo por naturaleza[1], pero el propio hecho de que ese tema sea debatible ya implica la posibilidad de que no todas las personas se comporten de la misma manera. El mismo hecho de que dudemos sobre si la gente es buena o mala ya pone de manifiesto que dicha condición no es algo certero, y que por tanto no podemos basar nada sobre ello. ¡Mucho menos vidas humanas!
Como es lógico, la posición en la que se situó mi compañero, y en la que yo mismo me sitúo, es que no podemos ser tan optimistas antropológicamente. Como no podemos saber a ciencia cierta que el prójimo nos vaya ayudar lo que queremos es un estado que lo haga siempre que nosotros no nos sintamos muy caritativos los días de lluvia. Y también exigimos una policía capaz de evitar que alguien le arrebate a los demás las cosas, sin presuponer que la gente, en pleno éxtasis de benevolencia, saldrá en turba a perseguir al ladrón. Defendemos que haya unos impuestos -asequibles, no astronómicos como los actuales; y más importante aún, que se destinen a lo que deben ser destinados, no a pagar la cocaína de banqueros hijos de puta- que garanticen una sanidad y una educación pública a la que todo el mundo tenga acceso -y decimos pública de verdad, porque yo no se qué tiene de público algo que cuesta entre 1500 y 3000 euros por año de matrícula-. No es momento de desarrollar plenamente el tema ahora, pero dicha universidad pública, por definición, si queremos garantizar todo lo anterior, no puede ser una fábrica de futuros empresarios tal como proponían nuestros dos nuevos amigos. La universidad no puede estar supeditada a las demandas de la sociedad, menos aun del mercado; todo lo contrario, la sociedad debería estar al servicio de la universidad. Pero repito, ese es otro tema. Y por supuesto, todo esto lo defendemos para asegurarnos que, no solo unos pocos como pasa en un sistema neoliberal (a pesar de que nuestros amigos consideraban que no era lo suficientemente liberal y que distaba mucho de sus ideales), sino que todos puedan tener propiedades privadas que aseguren su propia subsistencia, como mínimo.
Brinca brincando, resulta que los marxistas acabamos defendiendo el estado, la propiedad privada, los impuestos y hasta la policía. Y son nuestros amigos neoliberales los que quieren abolir toda clase de control gubernamental, de vigilancia policial, de impuestos y, consecuentemente, de servicios tan básicos como las calles. Quiero remarcar bien esto último: cuando llegaron los socialistas al poder en España, allá por 1982, los fachas más retrógrados y vomitivos decían que iban a quitarnos hasta los cepillos de dientes. ¡Cojones! ¡Pero si son los neoliberales los que quieren quitarnos hasta las putas aceras!

Así, los “marxistas anti-gobierno” resultan defender a ultranza el estado y son los “realistas neoliberales” los que quieren acabar con toda institución política. Nos decían que queríamos abolir la propiedad privada y somos los que nos preocupamos porque todo el mundo tenga acceso a ella. Pero lo mejor de todo es que éramos unos ingenuos por suponer que el humano es buena gente, cuando son ellos los que apelan a una caridad que surge espontáneamente, como Afrodita de la espuma de mar. Perfecto.
Vivimos en un maravilloso mundo en donde “público” quiere decir “privado”, donde si te llaman antisistema resulta que lo que más ansías es un estado (republicano, eso sí), y donde los economistas, tan coherentes ellos, sin ensoñaciones idealistas, te venden la moto de que las personas somos todas unos santos.
Que esta inversión tan infundamentada se haya mantenido a lo largo de años y años solo se explica si vivimos en el maravilloso mundo del espejo al que Alicia llegó en una tarde de apacible siesta. Eso sí, algo me dice que nosotros no nos quedamos dormidos haciendo una madeja de lana, sino que hay personas muy interesadas en que permanezcamos soñando. Luego no me vengáis con que estoy en las nubes.

Matt K. Lann



[1] Personalmente yo no puedo dejar de seguir en este punto a Freud, entre otros tantos, al afirmar que el ser humano “no es una criatura tierna y necesitada de amor, que solo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad” (El malestar en la cultura, Ed. Alianza, Pág. 55). Por tanto, ese principio de caridad surgida del amor al prójimo no solo sería falso, sino que “ningún otro es, como él, tan contrario y antagónico a la primitiva naturaleza humana” (Ibíd., Pág. 56). Irónicamente, pese a citarle aquí a favor de mi argumento, no se me escapa que unas líneas más adelante Freud participará de la visión en las nubes de los comunistas que aquí pretendo rebatir. Pero eso no influye en absoluto sobre su análisis de la naturaleza humana.

miércoles, 8 de abril de 2015

NI BEATOS, NI NIHILISTAS, NI TODO LO CONTRARIO

-Tal vez esté viejo y cansado, pero creo que las posibilidades de descubrir lo que realmente pasa son tan remotas que lo único que puede hacerse es decir: “olvídalo y mantente ocupado”. Yo prefiero ser feliz a tener razón.
-¿Y lo es?
-Eeeeh… no. Ahí reside todo el fracaso, claro.

¿Qué pasaría si encontramos las respuestas a las más inquietantes preguntas que acechan a la mente humana? ¿Cómo encajaríamos desvelar los misterios mejor guardados del universo? ¿Descansaríamos tranquilos con las respuestas? ¿O seríamos incapaces de aceptar la verdad?
Más de cinco mil años de historia han dado a luz a toda clase de conjeturas sobre quién o qué es Dios. No solo se ha discutido por ello, se ha matado. La existencia de una entidad suprema que dote de sentido nuestra miserable existencia es un eje central que atraviesa hasta el último poro de todo lo que hacemos. No es broma: si hay algo que no puede soportar el ser humano es que su existencia sea contingente, aceptar que lo mismo daba que naciese o no. Y no solo como individuo, sino como especie en general, no podemos concebirnos como un elemento más del conjunto; bien es verdad que jode bastante más aceptar lo banal de uno mismo que de todos: uno siempre es más relevante que los demás.
Pero millares de personas son ateas, se dirá. ¿Qué pasa con ellos? Bien, excluyamos de ese poco definido grupo a todos aquellos que creen en horóscopos, el karma, el destino, energías vitales o cosas por el estilo. Eso no es más que un teísmo de otro estilo. Solo unas pocas personas son ateas hablando con propiedad, sin creer absolutamente en nada, aceptando su radical y absoluta contingencia.
Frente a este panorama ¿qué lleva a actuar a esas personas? ¿Cuáles son sus motivaciones, sus fines? Y lo más importante ¿cómo los legitiman, cómo saben que eso es lo correcto? O más modestamente ¿por qué creen que, al menos para ellos mismos, eso es lo más adecuado? Si uno es creyente, sea de la índole que sea su creencia, basta con que en el centro de su actividad fije la divinidad correspondiente, conforme a la cual valorará el resto de sus actos. Pero ¿y si no hay eje central?
¿Podemos aceptar realmente el nihilismo? Miremos fijamente a la vida, aceptémosla tal y como es, aceptemos nuestro papel: un diminuto punto en un minúsculo planeta que ni siquiera es el centro de su galaxia. Millones y millones de kilómetros de universo en donde nosotros solo suponemos una parte tan infinitesimal que se puede redondear a cero. Siendo esto así creo que es obvio que nada de lo que hagamos puede influir un ápice en el inmenso todo. No obstante, día a día nos levantamos y hacemos nuestras cosas convencidos de que son de vital importancia. Pero no solo eso -lo cual, al menos por una cuestión pragmática puede ser defendido: ya que vivimos unos junto a otros al menos tratemos de no ser excesivamente insoportables- sino que encima hablamos en nombre de la totalidad y especulamos sobre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, sobre lo bello, sobre lo deleznable. Pese a nuestra patente no centralidad, nos erigimos como abogados de lo absoluto.
Una persona que cree en lo Justo, con muchas mayúsculas, no puede evitar sentir que el peso del magnánimo universo le aplasta al plantearse estas cuestiones. ¿Cuál es la salida más rápida para no ser asfixiado por la omniabarcante realidad? Aceptar el suicidio cultural e intelectual. Todo da igual, todo da lo mismo. Somos tan irrelevantes que lo mejor que podemos hacer es dedicarnos a vivir nuestra vida, tratar de ser lo más felices posibles y dejar de perder el tiempo en intentar de someter al universo a nuestros esquemas humanos. Pero ¿no estamos haciendo lo mismo ahora, solo que poniendo la felicidad como punto central? ¿Por qué suponemos que la vida está hecha para ser felices? ¿Acaso alguien nos ha dicho que eso ha de ser así? Si contestamos que sí a esta pregunta, entonces volvemos a caer en la religión. Si por el contrario respondemos negativamente básicamente se nos abren dos opciones: considerar que nosotros somos quiénes para fijar los ejes que rijan la vida, y en tal caso lo único que hemos hecho es ascendernos a nosotros mismos a Dios. Volvemos a la casilla de salida. La otra posibilidad es que aceptemos que la felicidad no tiene por qué guiar la existencia. Puede que el patrón de la vida sea el sufrimiento, y por ende lo más lógico sea que todos enfoquemos nuestro paso por el mundo a ser unos mártires sin causa -pues un mártir con causa es un mártir con Dios-. ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a sufrir porque sí, sin el más mínimo motivo, solo porque aceptamos que la vida es dolor y que por tanto hemos de tener una vida angustiosa? Si somos optimistas (y en grandes cantidades) podemos decir que ha habido y habrá muchas personas dispuestas a dar hasta su vida por un ideal, por una persona, por un dios. ¿Pero quién daría la vida por la vida? Eso es un sinsentido. De hecho, si nos encontrásemos a alguien que llevara a cabo tal hazaña consideraríamos que se trata de una persona desequilibrada. Incluso el más nihilista de los nihilistas considera su nihilismo la regla para medir el nihilismo de la realidad. Hete aquí al más absurdo caos convertido en patrón universal.
Es absolutamente imposible que escapemos a la imperiosa necesidad de racionalizar el mundo en el que nos encontramos inmersos, aunque sea de la forma más irracional que se nos ocurra. Necesitamos dar una respuesta a la vida. Y retomando la pregunta lanzada al principio: ¿qué pasa si damos con la respuesta y no nos gusta? Imaginemos que el mundo no es más que un emplazamiento construido por encargo de unos ratones que necesitaban experimentar con moléculas para ver cómo se desarrollaban. ¿Cómo soportaríamos esto? Eso dependerá del nivel personal de creencia en su particular religión de cada uno. Un religioso a ultranza posiblemente se suicide al descubrir que le ha estado rezando a un ser que no levanta más de cinco centímetros del suelo; tal vez el nihilista más pesimista de todos se ría de lo absurdo que resulta. Pero hay otra pregunta más interesante aún. Supongamos que no nos hemos suicidado y que hemos tenido el coraje de aceptar tan disparatado resultado: ¿eso nos haría cambiar nuestro modo de actuar? Tras la gran revelación del Ratón todopoderoso ¿consideraremos que la pauta para marcar lo justo y lo injusto es la proximidad al queso? ¿Será bello aquello que sea mordisqueable? ¿O más bien todo eso nos importará una mierda y seguirá dándonos ganas de invadir Polonia cuando oigamos la Cabalgata de las valquirias? Yo creo que Polonia tendría las horas contadas.
Desde que fuimos arrojados a las garras de la vida como especie llevamos apañándonoslas para decidir qué es verdad y qué mentira sin que ningún Dios o Ratón haga aparición en escena. Y aunque a duras penas, hemos avanzado. Obviamente, no podremos nunca dejar de preguntarnos qué o quién nos puso aquí, o cómo es posible que siempre tendamos a establecer un punto que de sentido a nuestras vidas; esas preguntas volarán siempre por nuestra mente insaciable de resultados -al menos hasta que se presente el Gran Ratón-. Pero empecemos a diferenciar las cosas. No sabremos cómo ha surgido la verdad en el universo ni porqué nosotros podemos acceder a ella, o por lo menos intentarlo. Pero eso ahí está, y lo que hagamos con ello ya no atañe al modo en que apareció. Si nuestro señor ratonil creó las matemáticas y nos permitió conocerlas, mejor para él, pero queda en nuestras manos alcanzarlas, explicarlas, justificarlas y aplicarlas; el Ratón ya no pinta nada en eso. Da exactamente igual cómo surgiese la posibilidad de que se pueda contar, eso no influye en lo más mínimo en que 7 + 5 sean 12. Y lo mismo pasa con lo justo: es indiferente que haya justicia en este mundo porque Dios es benevolente o porque simplemente está incluido en el desarrollo del universo, como un átomo más. Eso no cambiará el hecho de que discriminar a los homosexuales sea injusto e inmoral. El creador no interviene en la creación, ni para medirla, ni para juzgarla, ni para nada. Sea por lo que sea, el ser humano es racional (aunque lo demuestre poco), y por ello puede hablar de lo justo o lo verdadero sin necesidad de apelar a divinidad alguna, precisamente porque lo justo o lo verdadero no tiene que ver con divinidad alguna. Lo que pasa en la realidad se queda en la realidad, y el que esté fuera de ella que se aguante, por mucho que la haya construido él. Cosa bien distinta es que, aparte de tratar de progresar, nos preguntemos por qué estamos aquí. Pero en cualquier caso una cosa no tiene que ver con la otra. Por el primer camino diremos que la ablación del clítoris es un crimen contra la mujer, por el segundo nos haremos budistas, cristianos, musulmanes o le pondremos velitas a un caballero del zodiaco.
Y esto no lo digo porque, como ya apunte antes, le quite la silla a Dios y siente en ella a la Razón. Para nada. Yo no creo que la Razón haya creado el mundo -más bien lo niego rotundamente-; tampoco creo que la Razón sea un ente abstracto omnipotente al que tengamos que rezar y rendir pleitesía. Lo que digo es que se ha dado la casualidad de que el ser humano es racional, y que ese “racional” le permite mirar las cosas desde un punto de vista distinto al suyo propio. ¿Y por qué la Razón tiene esa capacidad? ¡Pues vaya usted a saber! Pero qué quiere que le haga, es así. Los hombres no son dioses, se tienen que enfrentar a una vida que les sobrepasa por todos los costados. Ahora bien, tiene la suerte de contar con su capacidad racional, así que dejemos que sea ella quien establezca qué es lo verdadero y qué es lo justo.
Parecen quedar así saldadas las cuentas con los creyentes: la apertura de la existencia no tiene que ver con la existencia misma. Pero, ¿qué pasa con los que nunca creyeron, qué ocurre con los nihilistas, con los que defienden la irracionalidad del mundo? Ocurre que, con mucho tesón, van en contra de lo más intrínseco al ser humano. Es ridículo considerar que las personas podemos centrarnos solamente en comer, beber, follar y vivir entregados nada más que al placer y la felicidad. Por h o por b somos racionales, y pretender negar esa parte de nosotros no es aceptar a la vida tal como es sin someterla a nuestras pautas; muy al contrario, es negar lo más propio de la existencia del universo, y es que depende enteramente de los seres que en él nos encontramos. Y si entre dichos seres hay unos personajillos que tienen raciocinio, no hacer uso de dicha capacidad es ir contra natura. Las lombrices son lombrices de la mejor manera que saben: haciendo agujeros, arrastrándose por el suelo, metiéndose en las manzanas, en definitiva, lombrizeando por ahí todo el día. En nuestro caso, tenemos cuerpo, por lo que comemos, bebemos y follamos, no hay nada de malo en ello. Pero también tenemos Razón, ¿por qué no vamos a hacer cosas racionales?
Lo lógico sería ahora justificar por qué hemos de supeditar nuestra parte carnal a la racional. A lo que yo, dando mi opinión y por ello una respuesta algo coja, diría: ¡y yo que se! Solo se que no podemos ser felices siendo meramente animales. Por mucho que lo intentemos, por mucho que nos volvamos hedonistas hasta la arcada, no podemos evitar plantearnos la pregunta del sentido de la existencia. Y si nos planteamos una pregunta es porque queremos una respuesta. Y si queremos una respuesta es porque necesitamos racionalizar el mundo. Y si ya encima resulta que esta pregunta nos la repetimos a lo largo de miles de años, ¡coño! Será porque es una pregunta sumamente importante para nosotros, ¡será porque no podemos no usar nuestra Razón! Es completamente cierto que el mundo en su abismal infinitud no puede ser sometido plenamente a los designios de nuestra Razón, pero ni falta que hace. Basta con que al menos no desperdiciemos las partes que sí se pliegan a nuestros esquemas. Qué más dará que se dejen plegar por gracia divina o por vete tú a saber. Lo relevante no es eso.
Es sumamente absurdo tratar de defender un nihilismo a ultranza, negando cualquier clase de universales. Es algo que está en lo más profundo de nosotros. Aunque las cuestiones que eternamente han mantenido en vilo a las más grandes mentes así como a los más viles transeúntes se resuelvan de un plumazo con un superordenador, ello no quitará nada de valor a nuestro empeño de defender nuestros universales.
Indagaremos sin cesar sobre el sentido de la vida. Y si algún día nos dicen que la respuesta a ese gran enigma es 42, pues nos buscaremos otra pregunta imposible que responder. Eso sí, lo justo siempre será lo justo.


Matt K. Lann

miércoles, 18 de febrero de 2015

DIFERENCIEMOS RODAR DE CHOCAR

Ciertas personas han cambiado radicalmente el curso de la historia. No necesariamente hablamos aquí de científicos; hay un antes y un después del Quijote, y Cervantes no aportó nada en absoluto al desarrollo de ninguna mejora técnica. Una vez hecha esta aclaración, sí que me gustaría dedicar estas líneas a un hombre de ciencia irrenunciable en la historia del pensamiento: Galileo. Ahora bien, este blog pretende -muy remotamente si nos atenemos a los hechos- ser un sitio donde volcar pulsiones literarias que se nos susciten, por lo que para aunar ambos propósitos -y en gran parte como excusa- centraremos nuestra atención en una obra finalizada en 1939 de Bertolt Brecht: Galileo Galilei.
Dado que siempre es mejor prevenir, dejar claro que el interés estrictamente dramático de la citada obra es inmensurable, como no podía ser menos tratándose de Brecht. Pero en esta ocasión utilizaré la exposición del libro para hablar de lo que considero que es el Materialismo, a fin de verter algo de luz sobre qué narices quiere decir ser materialista -que tanto gusta a las izquierdas-, y también delimitar cuál sería su posición frente al Idealismo.

Entre las páginas de Brecht nos encontramos la narración de la vida del científico oriundo de Pisa, desde su estancia de Padua como profesor particular hasta sus últimos días en la marginación tras habérsele obligado a retractarse de todo cuanto había dicho. Lo primero que debería sorprendernos es: ¿qué demonios puede haber hecho un científico que tanto moleste a la sociedad como para torturarle hasta que se desdijera? No confundamos, es cierto que es la Iglesia de Roma la que tortura al pobre Galileo y no las gentes de la calle, pero igualmente cierto es que ella era la representante del poder establecido en aquel momento. Obviamente, había motivos religiosos para que los teólogos echasen pestes contra Galileo, pero no fue eso lo que más les dolió. Lo que verdaderamente les tocó la moral fue ver como sus descubrimientos desmantelaban por completo el sistema de poder que tan cómodamente beneficiaba a todas las clases dominantes; la herejía solo fue la escusa.
Y es que Galileo no solo descubrió lunas en Júpiter y montañas en la luna (y no, contra lo que se suele creer, el telescopio; Galileo se atribuyó su creación, pero no fue así realmente, curiosidad que queda reflejada en la obra), sino que estableció un método. El método científico de Galileo marcará toda la investigación ulterior científica. Pero no solo se aplicará a la física -y aquí reside el peligro- sino a todo conocimiento que pretenda ser objetivo. Ya no bastará atenerse a la realidad tal y como se nos presenta para decidir qué es verdad y qué no, ahora habrá que hacer las preguntas adecuadas a la realidad. Y para ello, lo primero que tenemos que tener es un objeto al que interrogar. Así, necesitamos delimitar lo más nítidamente posible aquello que vamos a estudiar antes de empezar a emitir juicios sobre ello. El más claro ejemplo que tenemos, obviamente gracias a nuestro científico italiano, es el experimento de poner a rodar una bola sobre una superficie plana. Si nosotros empujamos una bola de billar sobre el suelo, sabemos que tarde o temprano se parará. Y sin embargo todos sabemos también que una bola sobre la que no se ejerza ninguna fuerza que altere su estado actual permanecerá rodando infinitamente, o en reposo permanente. Hoy en día tenemos esto muy interiorizado, pero en su momento Galileo fue objeto de burlas y desacreditaciones por ello. ¿Cómo llegó a tal conclusión?
Es cierto que en la realidad la bola siempre va a acabar parándose, pero eso es porque en este plano la bola no solo está rodando, también está chocando contra el aire y contra el suelo (rozamiento), y tampoco se trata de una esfera perfecta. Pero si imaginamos una superficie que no suponga rozamiento alguno, un espacio en el que tampoco haya aire ni cualquier otro fluido contra el que chocar y una bola que sea perfectamente esférica, ésta solo rodará, y lo hará indefinidamente. Esto es lo que ocurre en un mundo ideal.
Justo en esto consiste aislar el objeto de estudio, y una vez que lo hemos hecho, ya podemos preguntar a la bola cuáles son las reglas del rodar en general.

Precisamente de esto es de lo que se acusó a Galileo, de hablar de “mundos ideales” en las que las esferas ruedan ad infinitum cuando podemos comprobar fácilmente con nuestros ojos que eso no es así. Sin embargo, si era algo tan obvio, si era algo que incluso los niños podían comprobar ¿a que venía ese empeño de Galileo de defender tal mundo ideal? Muy sencillo; resulta que basándose en ese mundo inexistente Galileo era capaz de determinar con precisión dónde iba a pararse la bola en el mundo real, o dónde iba a caer un proyectil que describía una parábola. Resulta que, apoyándonos en algo a priori ficticio, podemos controlar la realidad. Curioso cuanto menos.
Esto fue lo que sentó como una patada a las costillas a la Iglesia, el hecho de que hubiese algo que escapase del todo, algo que no estuviese dentro de Dios. Realmente, el mundo ideal, ese que se mide con la geometría, no existe, no está en ningún sitio. Es un mero producto imaginario de los humanos. Y aun así, cada ápice de la realidad se somete a dicho mundo. Esto implicaba aceptar que Dios había creado las cosas de una manera, pero ello no implicaba que tuviesen que ser de ese modo, no al menos si así lo dictaminaba ese mundo ideal. Además, el mundo de la geometría, por definición, esta vacío de todo contenido, por lo que no puede representar los intereses de nadie en particular. Tal como muestra la obra, Galileo no tenía especial interés en tirar de la manta de la Iglesia y destapar todo su chiringuito. Él solo quería que lo dejasen estudiar en paz y que sus resultados se valorasen conforme a si eran verdaderos o no, no atendiendo a intereses de terceros. Podríamos incluso ser extremistas y suponer que Galileo nunca llegó a entender por qué le tenían tanta tirria. Eso sí, los que sí que vieron perfectamente desde el primer momento lo que estaba en juego eran los obispos con los que discutía el de Pisa. Pronto se percataron de que si las cosas no tienen porqué ser así, si hay algo más que la Biblia y Aristóteles que dictamine cómo son realmente las cosas y cómo deben ser, entonces pronto la gente se preguntaría si realmente el mundo se debe organizar de tal manera que los campesinos y pescadores tengan que pagar un diezmo a sus señores por mera cuestión de sangre.
Más osado aun era que “escribiese en florentino para muchos, y no en latín para pocos”, tal como nos cuenta Brecht. De esta manera, no solo un puñado de intelectuales harían preguntas incómodas (los cuales, al fin y al cabo, al ser pocos y débiles serán aplastados por los poderosos, tal como le paso al propio Galileo), sino que todas las gentes empezarían a replantearse las cosas, y eso ya es más peliagudo. Esta crítica al uso de un lenguaje alejado del pueblo queda muy bien reflejada en el personaje de Federzoni, que como no habla latín exige que se traten las ciencias en italiano, ya que no por ello no merece saber la verdad.

Hagamos una breve recapitulación. Tenemos entonces, por un lado, a Galileo, defensor de la verdad alcanzada mediante la razón. Frente a él está la Iglesia, la cual se apoya en el orden natural mismo del mundo para establecer criterios de veracidad. Y he aquí lo paradójico, al menos en principio: el bando materialista estaría representado por Galileo, por aquel que defiende la existencia de una razón ajena a todo lo real, que solo se da en un mundo geométrico. Mientras tanto, la Iglesia sería el bando idealista, pese a apoyarse en la materialidad del mundo dado. ¿Cómo puede ser posible esto?
El embrollo desaparece si examinamos más a fondo los presupuestos de ambos lados. Es cierto que la Iglesia se apoya en el mundo, pero solo porque concibe en ella una inmanencia que hace que todo en el mismo devenga de manera predefinida según los presupuestos de una totalidad absoluta, Dios en este caso. Esto es, defienden que las cosas son como son, no porque postulen algo parecido a un evolucionismo -nada más lejos-, sino porque consideran que todo lo que se da en el mundo no es si no un momento de Dios, que en su omnipotencia ha “introducido” en cada partícula de lo finito la clave de lo infinito, de tal manera que todo obedece a un principio espiritual -la idea de Dios- que ya está determinado de antemano, que a su vez determina todo, y que solo se puede acceder a él si se es Dios.
Radicalmente en contra, nos dice Galileo sobre la ciencia que “su fin no es abrir una puerta a la infinita sabiduría sino poner un límite al infinito error”. Ser materialista consistiría precisamente en no tragarse el cuento de que hay un interior en las cosas que las hace devenir exactamente en lo que deben ser por la gracia divina, no todo es un momento de Dios. Y precisamente por ello, estudiando cosas finitas, como esferas, no podemos saber nada acerca de la infinitud del mundo, a lo sumo aprenderemos a diferenciar entre rodar y chocar. Ser materialista consiste en saber que las cosas son de una manera, pero no tienen porqué ser así: puede que la religión diga que la Tierra es el centro del universo, incluso puede que sea cierto, pero si realmente es así lo determinara una investigación -basada justamente en el aislamiento del objeto de estudio- y no un espiritual devenir interno; eso sería ser idealista.
Por tanto, la primera condición que se nos impone a los materialistas es establecer un criterio suficientemente objetivo, que no dependa de los intereses de nada y que no responda nada más que a la verdad de las cosas. En el caso de Galileo se trata del método científico, pero la historia de la filosofía ha dado en llamar a eso Razón.

Eso sí, no caigamos ahora en la trampa de considerar que la verdad dictada por la razón se impone ella solita, así, por ser muy verdadera. Eso sería volver al Idealismo. Precisamente los materialistas son tal porque son conscientes de lo difícil que es traer al mundo la verdad. Ésta solo se impone si le arranca a su enemigo las condiciones materiales para poder triunfar. Cierto, la verdad no depende de la época en la que vivamos, rodar siempre será rodar y no chocar; pero si no existen las condiciones materiales para que dicha verdad se de a conocer, nadie sabrá de ella. Si a Galileo no le siguen fiando la leche, nadie determinará que Júpiter tiene cuatro lunas. Es lo que tiene ser humanos: podemos pensar más allá de todo lo material, pero amigo, tenemos hambre, y antes que nada hay que comer.
Dicho esto, me parece que hay pocas maneras de expresar mejor qué quiere decir el Materialismo que esta sentencia de Brecht en boca de Galileo:

“No, no y no. Se impone tanta verdad en la medida en que nosotros la impongamos. La victoria de la razón sólo puede ser la victoria de los que razonan”

Por mucho que la Razón clame desesperadamente que apalear mendigos está mal, si no se dan las condiciones materiales para que exista una policía competente que los proteja, o mejor aún, si no existe un estado que garantice que no haya gente sin hogar, todo caerá en saco roto. Por eso hay que quitarle las armas al enemigo: hay que arrebatarle las condiciones materiales a la realidad para rebelarse contra toda ella si es preciso.
Pese a todo, es curioso, por no decir desesperante, ver como una gran tradición materialista (sobre todo marxista) se rasgaba las vestiduras y ponía el grito en el cielo, cuando no fusilaba directamente, a aquellos que defendían las victorias de la Razón. Debería darnos vergüenza a toda la gente de izquierdas ver como hasta los eclesiásticos de la época de Galileo se dieron cuenta de qué era lo que realmente estaba en juego, mientras nosotros estábamos reinventando un Hegel materialista, fuera lo que fuese eso.
Comprendo perfectamente que a mí no me harán caso al respecto, pero conservo la esperanza de que al menos se lo hagan a Bertolt Brecht.


Matt K. Lann