Ciertas
personas han cambiado radicalmente el curso de la historia. No necesariamente
hablamos aquí de científicos; hay un antes y un después del Quijote, y
Cervantes no aportó nada en absoluto al desarrollo de ninguna mejora técnica.
Una vez hecha esta aclaración, sí que me gustaría dedicar estas líneas a un hombre
de ciencia irrenunciable en la historia del pensamiento: Galileo. Ahora bien,
este blog pretende -muy remotamente si nos atenemos a los hechos- ser un sitio
donde volcar pulsiones literarias que se nos susciten, por lo que para aunar
ambos propósitos -y en gran parte como excusa- centraremos nuestra atención en
una obra finalizada en 1939 de Bertolt Brecht: Galileo Galilei.
Dado que
siempre es mejor prevenir, dejar claro que el interés estrictamente dramático
de la citada obra es inmensurable, como no podía ser menos tratándose de
Brecht. Pero en esta ocasión utilizaré la exposición del libro para hablar de
lo que considero que es el Materialismo, a fin de verter algo de luz sobre qué
narices quiere decir ser materialista -que tanto gusta a las izquierdas-, y
también delimitar cuál sería su posición frente al Idealismo.
Entre las páginas
de Brecht nos encontramos la narración de la vida del científico oriundo de
Pisa, desde su estancia de Padua como profesor particular hasta sus últimos
días en la marginación tras habérsele obligado a retractarse de todo cuanto
había dicho. Lo primero que debería sorprendernos es: ¿qué demonios puede haber
hecho un científico que tanto moleste a la sociedad como para torturarle hasta
que se desdijera? No confundamos, es cierto que es la Iglesia de Roma la que
tortura al pobre Galileo y no las gentes de la calle, pero igualmente cierto es
que ella era la representante del poder establecido en aquel momento.
Obviamente, había motivos religiosos para que los teólogos echasen pestes
contra Galileo, pero no fue eso lo que más les dolió. Lo que verdaderamente les
tocó la moral fue ver como sus descubrimientos desmantelaban por completo el
sistema de poder que tan cómodamente beneficiaba a todas las clases dominantes;
la herejía solo fue la escusa.

Y es que
Galileo no solo descubrió lunas en Júpiter y montañas en la luna (y no, contra
lo que se suele creer, el telescopio; Galileo se atribuyó su creación, pero no
fue así realmente, curiosidad que queda reflejada en la obra), sino que
estableció un método. El método
científico de Galileo marcará toda la investigación ulterior científica. Pero no
solo se aplicará a la física -y aquí reside el peligro- sino a todo
conocimiento que pretenda ser objetivo. Ya no bastará atenerse a la realidad
tal y como se nos presenta para decidir qué es verdad y qué no, ahora habrá que
hacer las
preguntas adecuadas a la
realidad. Y para ello, lo primero que tenemos que tener es un
objeto al que interrogar. Así,
necesitamos delimitar lo más nítidamente posible aquello que vamos a estudiar
antes de empezar a emitir juicios sobre ello. El más claro ejemplo que tenemos,
obviamente gracias a nuestro científico italiano, es el experimento de poner a
rodar una bola sobre una superficie plana. Si nosotros empujamos una bola de
billar sobre el suelo, sabemos que tarde o temprano se parará. Y sin embargo
todos sabemos también que una bola sobre la que no se ejerza ninguna fuerza que
altere su estado actual permanecerá rodando infinitamente, o en reposo
permanente. Hoy en día tenemos esto muy interiorizado, pero en su momento
Galileo fue objeto de burlas y desacreditaciones por ello. ¿Cómo llegó a tal
conclusión?
Es cierto que en la realidad la bola siempre va a
acabar parándose, pero eso es porque en este plano la bola no solo está rodando, también está chocando contra el aire y contra
el suelo (rozamiento), y tampoco se trata de una esfera perfecta. Pero si imaginamos una superficie que no suponga rozamiento alguno, un espacio en el que
tampoco haya aire ni cualquier otro fluido contra el que chocar y una bola que
sea perfectamente esférica, ésta solo
rodará, y lo hará indefinidamente. Esto es lo que ocurre en un mundo ideal.
Justo en esto
consiste aislar el objeto de estudio, y una vez que lo hemos hecho, ya podemos
preguntar a la bola cuáles son las reglas del rodar en general.
Precisamente
de esto es de lo que se acusó a Galileo, de hablar de “mundos ideales” en las
que las esferas ruedan ad infinitum
cuando podemos comprobar fácilmente con nuestros ojos que eso no es así. Sin
embargo, si era algo tan obvio, si era algo que incluso los niños podían
comprobar ¿a que venía ese empeño de Galileo de defender tal mundo ideal? Muy
sencillo; resulta que basándose en ese mundo inexistente Galileo era capaz de
determinar con precisión dónde iba a pararse la bola en el mundo real, o dónde
iba a caer un proyectil que describía una parábola. Resulta que, apoyándonos en
algo a priori ficticio, podemos controlar la realidad. Curioso cuanto menos.
Esto fue lo
que sentó como una patada a las costillas a la Iglesia, el hecho de que hubiese
algo que escapase del todo, algo que
no estuviese dentro de Dios. Realmente, el mundo ideal, ese que se mide con la
geometría, no existe, no está en ningún sitio. Es un mero producto imaginario
de los humanos. Y aun así, cada ápice de la realidad se somete a dicho mundo.
Esto implicaba aceptar que Dios había creado las cosas de una manera, pero ello
no implicaba que tuviesen que ser de ese modo, no al menos si así lo dictaminaba
ese mundo ideal. Además, el mundo de la geometría, por definición, esta vacío
de todo contenido, por lo que no puede representar los intereses de nadie en
particular. Tal como muestra la obra, Galileo no tenía especial interés en
tirar de la manta de la Iglesia y destapar todo su chiringuito. Él solo quería
que lo dejasen estudiar en paz y que sus resultados se valorasen conforme a si
eran verdaderos o no, no atendiendo a intereses de terceros. Podríamos incluso
ser extremistas y suponer que Galileo nunca llegó a entender por qué le tenían
tanta tirria. Eso sí, los que sí que vieron perfectamente desde el primer
momento lo que estaba en juego eran los obispos con los que discutía el de
Pisa. Pronto se percataron de que si las cosas no tienen porqué ser así, si hay
algo más que la Biblia y Aristóteles que dictamine cómo son realmente las cosas
y cómo deben ser, entonces pronto la gente se preguntaría si realmente el mundo
se debe organizar de tal manera que los campesinos y pescadores tengan que
pagar un diezmo a sus señores por mera cuestión de sangre.
Más osado aun
era que “escribiese en florentino para muchos, y no en latín para pocos”, tal
como nos cuenta Brecht. De esta manera, no solo un puñado de intelectuales
harían preguntas incómodas (los cuales, al fin y al cabo, al ser pocos y
débiles serán aplastados por los poderosos, tal como le paso al propio
Galileo), sino que todas las gentes empezarían a replantearse las cosas, y eso
ya es más peliagudo. Esta crítica al uso de un lenguaje alejado del pueblo
queda muy bien reflejada en el personaje de Federzoni, que como no habla latín
exige que se traten las ciencias en italiano, ya que no por ello no merece
saber la verdad.
Hagamos una
breve recapitulación. Tenemos entonces, por un lado, a Galileo, defensor de la
verdad alcanzada mediante la razón. Frente a él está la Iglesia, la cual se
apoya en el orden natural mismo del mundo para establecer criterios de
veracidad. Y he aquí lo paradójico, al menos en principio: el bando
materialista estaría representado por Galileo, por aquel que defiende la
existencia de una razón ajena a todo lo real, que solo se da en un mundo
geométrico. Mientras tanto, la Iglesia sería el bando idealista, pese a apoyarse
en la materialidad del mundo dado. ¿Cómo puede ser posible esto?
El embrollo
desaparece si examinamos más a fondo los presupuestos de ambos lados. Es cierto
que la Iglesia se apoya en el mundo, pero solo porque concibe en ella una inmanencia que hace que todo en el mismo
devenga de manera predefinida según los presupuestos de una totalidad absoluta,
Dios en este caso. Esto es, defienden que las cosas son como son, no porque
postulen algo parecido a un evolucionismo -nada más lejos-, sino porque
consideran que todo lo que se da en el mundo no es si no un momento de Dios, que en su omnipotencia
ha “introducido” en cada partícula de lo finito la clave de lo infinito, de tal
manera que todo obedece a un principio espiritual -la idea de Dios- que ya está
determinado de antemano, que a su vez determina todo, y que solo se puede
acceder a él si se es Dios.
Radicalmente
en contra, nos dice Galileo sobre la ciencia que “su fin no es abrir una puerta
a la infinita sabiduría sino poner un
límite al infinito error”. Ser materialista consistiría precisamente en no
tragarse el cuento de que hay un interior en las cosas que las hace devenir
exactamente en lo que deben ser por la gracia divina, no todo es un momento de
Dios. Y precisamente por ello, estudiando
cosas finitas, como esferas, no
podemos saber nada acerca de la infinitud del mundo, a lo sumo aprenderemos
a diferenciar entre rodar y chocar. Ser materialista consiste en saber que las
cosas son de una manera, pero no tienen porqué ser así: puede que la religión
diga que la Tierra es el centro del universo, incluso puede que sea cierto,
pero si realmente es así lo determinara una investigación -basada justamente en
el aislamiento del objeto de estudio- y no un espiritual devenir interno; eso
sería ser idealista.
Por tanto, la
primera condición que se nos impone a los materialistas es establecer un
criterio suficientemente objetivo, que no dependa de los intereses de nada y
que no responda nada más que a la verdad de las cosas. En el caso de Galileo se
trata del método científico, pero la
historia de la filosofía ha dado en llamar a eso Razón.
Eso sí, no
caigamos ahora en la trampa de considerar que la verdad dictada por la razón se
impone ella solita, así, por ser muy verdadera. Eso sería volver al Idealismo.
Precisamente los materialistas son tal porque son conscientes de lo difícil que es traer al mundo la verdad.
Ésta solo se impone si le arranca a su enemigo las condiciones materiales para poder triunfar. Cierto, la verdad no
depende de la época en la que vivamos, rodar siempre será rodar y no chocar;
pero si no existen las condiciones materiales para que dicha verdad se de a
conocer, nadie sabrá de ella. Si a Galileo no le siguen fiando la leche, nadie
determinará que Júpiter tiene cuatro lunas. Es lo que tiene ser humanos:
podemos pensar más allá de todo lo material, pero amigo, tenemos hambre, y
antes que nada hay que comer.
Dicho esto, me
parece que hay pocas maneras de expresar mejor qué quiere decir el Materialismo
que esta sentencia de Brecht en boca de Galileo:
“No, no y no. Se impone tanta verdad en la
medida en que nosotros la impongamos. La victoria de la razón sólo puede ser la
victoria de los que razonan”
Por mucho que
la Razón clame desesperadamente que apalear mendigos está mal, si no se dan las
condiciones materiales para que exista una policía competente que los proteja,
o mejor aún, si no existe un estado que garantice que no haya gente sin hogar,
todo caerá en saco roto. Por eso hay que quitarle las armas al enemigo: hay que
arrebatarle las condiciones materiales a la realidad para rebelarse contra toda
ella si es preciso.
Pese a todo,
es curioso, por no decir desesperante, ver como una gran tradición materialista
(sobre todo marxista) se rasgaba las vestiduras y ponía el grito en el cielo, cuando
no fusilaba directamente, a aquellos que defendían las victorias de la Razón.
Debería darnos vergüenza a toda la gente de izquierdas ver como hasta los
eclesiásticos de la época de Galileo se dieron cuenta de qué era lo que
realmente estaba en juego, mientras nosotros estábamos reinventando un Hegel
materialista, fuera lo que fuese eso.
Comprendo
perfectamente que a mí no me harán caso al respecto, pero conservo la esperanza
de que al menos se lo hagan a Bertolt Brecht.
Matt
K. Lann