martes, 21 de abril de 2015

LAS NUBES A RAS DEL SUELO

Nos contaba Alicia en una ocasión, hija predilecta de Lewis Carroll, al hacer memoria de lo una vez acontecido, lo mucho que le sorprendió su encuentro con la Reina blanca. Ésta no paraba de gritar y quejarse porque le sangraba un dedo por culpa de un alfiler, y Alicia, como chica bien educada, se preocupó por su nueva amiga y le preguntó que dónde se había pinchado. A esto la Reina contestó que aun no se había pinchado, pero que lo haría cuando se volviese a recolocar su mantón. Alicia se quedó pasmada. El razonamiento de la Reina venía a ser el siguiente: como ella tenía memoria al revés -esto es, se acordaba de las cosas que le iban a pasar, no tanto de las que ya habían pasado- recordó que se iba pinchar al volverse a sujetar el mantón, motivo por el cual ahora gritaba a raíz del dolor que le retornaba a la memoria. Por muy convencida que estuviese Su Majestad blanca, Alicia no le veía a ese razonamiento lógica alguna.
Igual de surrealista fue su merendola con el León y el Unicornio. Tenían una tarta a repartir, y la encargada de tal tarea era Alicia, como ella misma gusta de recordar. Sin embargo, por más que insistía e insistía, el pastel no quería dejarse cortar. Finalmente la tuvieron que explicar que si no repartía los pedazos de tarta primero y luego los cortaba nunca podría llevar a cabo su labor. Aunque con cierta reticencia, Alicia puso en práctica esta nueva metodología, y mira tú por donde, dio resultado. Y es que así funcionan las cosas al otro lado del espejo.

Yo tenía entendido que solo Alicia tuvo la suerte de cruzar a través del espejo, pero según van pasando los días estoy más convencido de que se dejó el espejo abierto y que en algún momento el resto del mundo fue a parar a tan disparatado lugar junto a nuestra amiga. Del mismo modo que en el espejo la memoria funciona al revés y las tartas se cortan una vez ya han sido repartidas, nuestro mundo funciona con una lógica inversa, si puede siquiera ser llamado lógica. Cada vez que nos dicen “problemas” en realidad lo que están diciendo es “soluciones”; siempre que oímos “natural” a lo que realmente se refiere es a “intolerable”; prácticamente todo lo que se hace pasar por verdad es una vil mentira. Un ejemplo cristalino es el paro. El paro es el gran problema a solucionar por todos los partidos políticos. La gente necesita comer, y para ello necesita un trabajo que les de dinero. Cómo no tildar al paro de problema, ¡y bien gordo! Sin embargo, el paro es un problema para nosotros, míseros humanos; para una economía capitalista es la solución a sus crisis, es el paracetamol de los mercados. No en vano los economistas, esos espadachines a sueldo del capital como solía llamarlos Marx, llaman al paro “tasa natural de desempleo”. Déjenme que les diga, pero a mí me pasa como Alicia: yo no se qué tiene de natural que la gente se muera de hambre, a mí me parece una barbaridad. ¡Bienvenidos al mundo a través del espejo!
Ahora bien, lo que ya se lleva la palma es cuando está inversión de la realidad se cuela en el plano teórico, ahí ya la cosa es un sin dios. Cuántas veces habré oído eso de que el marxismo es insostenible porque no podemos fiarnos de que los demás van a realizar su parte del trabajo comunitario (se refieran con eso a lo que se refieran), o que no podemos fiarnos de que el prójimo no vaya a querer enriquecerse, motivo por el cual puteará sin reparos a los demás (que yo sepa Marx nunca dijo que no pudiésemos enriquecernos), y demás cosas por el estilo. Otro argumento frecuentemente esgrimido contra los marxistas es que queremos acabar a largo plazo con el estado y sus secuaces los policías. Tienen la amabilidad de explicarnos, como si fuéramos retrasados, que el español es pícaro por naturaleza y que si puede robar lo hará, razón por la que hace falta un estado y una policía que encauce a los malhechores. En definitiva, según estas personas, somos unos incrédulos por considerar al ser humano bueno por naturaleza.
A este respecto, ellos, que son más realistas, nos hablan de la necesidad de mantener el estado, de la importancia de la policía, de que no te puedes fiar del prójimo, de no contar con los demás para hacer las cosas, de hacer las cosas por uno mismo pues los demás nunca te ayudarán. Vamos, que tienen los pies bien puestos en la tierra. Este podría ser un buen resumen de lo que la gente me suele soltar cuando les digo que soy marxista.

Sin embargo, el otro día me pasó algo muy curioso. Tras un interesante debate que hubo en mi facultad entre neoliberales y antineoliberales, un compañero y yo nos quedamos hablando con otros dos chavales que habían ido a ver también el debate. Ellos venían a ver a uno de los neoliberales que se encontraban en la mesa de debate, pues le consideraban referente intelectual. El caso es que una vez finalizado el acto, mi amigo y yo nos quedamos hablando con los dos chicos, continuamos un poco más el debate (unas cuatro horas más, más las dos y media del debate, para que luego digan los del plan Bolonia que los jóvenes solo pueden mantener su concentración durante 45 minutos). Los dos chicos eran muy competentes, pero uno de ellos se salía de lo normal. Se trataba de uno de esos raros personajes que decidió dejar el instituto al terminar la ESO y que ha sido desde entonces autodidacta. El caso es que, por lo que nos contó, no es que fuese superdotado, es que tenía bastante facilidad para aprender las cosas. Precisamente por eso el debate fue tan interesante, porque no estábamos discutiendo con un payaso al estilo Alfonso Rojo, era una persona con la que se podía hablar.
Lo que me interesa del caso es contaros lo que ellos mismos, desde su punto de vista neoliberal -ellos se definían como liberales a secas- nos defendieron. Que existiese un estado que interviniese, no solo en el mercado, sino en cualquier ámbito de la vida de las personas, era el mayor ultraje que se podía cometer contra la libertad de las mismas. Si yo quiero una universidad que defienda unos valores muy concretos, por qué narices tiene que quitarme el estado dinero para financiar una universidad pública en la que yo no pienso poner un pie. Ellos defendían que cada uno debe gastarse su dinero nada más que en lo que ellos quieran, y si lo que quieren es una universidad privada en la que, y os juro que esto es casi textual, me preparen como si de una empresa se tratase, de tal modo que sea como una mera parada en boxes que me ponga a punto para el mercado laboral, que quién era el estado para impedírselo robándole parte de su sueldo. E igual de denigrante es que parte de ese dinero que me expropian a base de impuestos se destine a alguien que va a estudiar historia del arte -la alusión también es textual-, que claramente no va a ser productivo. No es que tuviesen nada especial en contra del arte, simplemente argumentaban que quien quisiese una facultad de historia del arte, pues que se la financie él mismo. Ídem con la sanidad: por qué voy a tener que pagarle yo los médicos a una persona que no conozco de nada y que me da igual si se pone enferma o no. Yo quiero que se me cuide a mí y a las personas que yo decida, y solo a dichas personas debe ir destinado mi dinero para sanidad, para nadie más. Llegaron a defendernos que hasta el mismo hecho de que las calles fueran públicas era una hecatombe contra nuestra libertad de elección en el mercado, pues ellos entendían que el mercado era el único lugar en donde realmente se da la libertad, ya que ésta no es otra cosa que poder elegir si quiero hacerme con algo o no. ¡Incluso querían convertir la policía en una milicia privada!
Frente a tales razonamientos, mi colega les preguntó que qué pasaba con las personas que, sin merecérselo ellas, nacen en unas determinadas condiciones materiales que les impiden el acceso a todas esas cosas de las que hablaban. Y ojo al dato con su respuesta: como la gente, bajo estos presupuestos, sería más rica -sin necesidad de entrar a debatir si eso sería realmente así o no-, sería más feliz y espontáneamente… ¡surgiría una increíble caridad! ¡Vaya triple se acaba de lanzar! Según su planteamiento, las personas necesitadas dependerán completamente de que hoy nos levantemos con ganas de ayudarlas o no, su vida entera dependerá del humor con el que nos encontremos. Yo no tengo especial interés ahora en debatir sobre si el ser humano es bueno o malo por naturaleza[1], pero el propio hecho de que ese tema sea debatible ya implica la posibilidad de que no todas las personas se comporten de la misma manera. El mismo hecho de que dudemos sobre si la gente es buena o mala ya pone de manifiesto que dicha condición no es algo certero, y que por tanto no podemos basar nada sobre ello. ¡Mucho menos vidas humanas!
Como es lógico, la posición en la que se situó mi compañero, y en la que yo mismo me sitúo, es que no podemos ser tan optimistas antropológicamente. Como no podemos saber a ciencia cierta que el prójimo nos vaya ayudar lo que queremos es un estado que lo haga siempre que nosotros no nos sintamos muy caritativos los días de lluvia. Y también exigimos una policía capaz de evitar que alguien le arrebate a los demás las cosas, sin presuponer que la gente, en pleno éxtasis de benevolencia, saldrá en turba a perseguir al ladrón. Defendemos que haya unos impuestos -asequibles, no astronómicos como los actuales; y más importante aún, que se destinen a lo que deben ser destinados, no a pagar la cocaína de banqueros hijos de puta- que garanticen una sanidad y una educación pública a la que todo el mundo tenga acceso -y decimos pública de verdad, porque yo no se qué tiene de público algo que cuesta entre 1500 y 3000 euros por año de matrícula-. No es momento de desarrollar plenamente el tema ahora, pero dicha universidad pública, por definición, si queremos garantizar todo lo anterior, no puede ser una fábrica de futuros empresarios tal como proponían nuestros dos nuevos amigos. La universidad no puede estar supeditada a las demandas de la sociedad, menos aun del mercado; todo lo contrario, la sociedad debería estar al servicio de la universidad. Pero repito, ese es otro tema. Y por supuesto, todo esto lo defendemos para asegurarnos que, no solo unos pocos como pasa en un sistema neoliberal (a pesar de que nuestros amigos consideraban que no era lo suficientemente liberal y que distaba mucho de sus ideales), sino que todos puedan tener propiedades privadas que aseguren su propia subsistencia, como mínimo.
Brinca brincando, resulta que los marxistas acabamos defendiendo el estado, la propiedad privada, los impuestos y hasta la policía. Y son nuestros amigos neoliberales los que quieren abolir toda clase de control gubernamental, de vigilancia policial, de impuestos y, consecuentemente, de servicios tan básicos como las calles. Quiero remarcar bien esto último: cuando llegaron los socialistas al poder en España, allá por 1982, los fachas más retrógrados y vomitivos decían que iban a quitarnos hasta los cepillos de dientes. ¡Cojones! ¡Pero si son los neoliberales los que quieren quitarnos hasta las putas aceras!

Así, los “marxistas anti-gobierno” resultan defender a ultranza el estado y son los “realistas neoliberales” los que quieren acabar con toda institución política. Nos decían que queríamos abolir la propiedad privada y somos los que nos preocupamos porque todo el mundo tenga acceso a ella. Pero lo mejor de todo es que éramos unos ingenuos por suponer que el humano es buena gente, cuando son ellos los que apelan a una caridad que surge espontáneamente, como Afrodita de la espuma de mar. Perfecto.
Vivimos en un maravilloso mundo en donde “público” quiere decir “privado”, donde si te llaman antisistema resulta que lo que más ansías es un estado (republicano, eso sí), y donde los economistas, tan coherentes ellos, sin ensoñaciones idealistas, te venden la moto de que las personas somos todas unos santos.
Que esta inversión tan infundamentada se haya mantenido a lo largo de años y años solo se explica si vivimos en el maravilloso mundo del espejo al que Alicia llegó en una tarde de apacible siesta. Eso sí, algo me dice que nosotros no nos quedamos dormidos haciendo una madeja de lana, sino que hay personas muy interesadas en que permanezcamos soñando. Luego no me vengáis con que estoy en las nubes.

Matt K. Lann



[1] Personalmente yo no puedo dejar de seguir en este punto a Freud, entre otros tantos, al afirmar que el ser humano “no es una criatura tierna y necesitada de amor, que solo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad” (El malestar en la cultura, Ed. Alianza, Pág. 55). Por tanto, ese principio de caridad surgida del amor al prójimo no solo sería falso, sino que “ningún otro es, como él, tan contrario y antagónico a la primitiva naturaleza humana” (Ibíd., Pág. 56). Irónicamente, pese a citarle aquí a favor de mi argumento, no se me escapa que unas líneas más adelante Freud participará de la visión en las nubes de los comunistas que aquí pretendo rebatir. Pero eso no influye en absoluto sobre su análisis de la naturaleza humana.

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