Nos contaba
Alicia en una ocasión, hija predilecta de Lewis Carroll, al hacer memoria de lo
una vez acontecido, lo mucho que le sorprendió su encuentro con la Reina
blanca. Ésta no paraba de gritar y quejarse porque le sangraba un dedo por
culpa de un alfiler, y Alicia, como chica bien educada, se preocupó por su
nueva amiga y le preguntó que dónde se había pinchado. A esto la Reina contestó
que aun no se había pinchado, pero que lo haría cuando se volviese a recolocar
su mantón. Alicia se quedó pasmada. El razonamiento de la Reina venía a ser el
siguiente: como ella tenía memoria al revés -esto es, se acordaba de las cosas
que le iban a pasar, no tanto de las que ya habían pasado- recordó que se iba
pinchar al volverse a sujetar el mantón, motivo por el cual ahora gritaba a
raíz del dolor que le retornaba a la memoria. Por muy convencida que estuviese
Su Majestad blanca, Alicia no le veía a ese razonamiento lógica alguna.
Igual de
surrealista fue su merendola con el León y el Unicornio. Tenían una tarta a
repartir, y la encargada de tal tarea era Alicia, como ella misma gusta de
recordar. Sin embargo, por más que insistía e insistía, el pastel no quería
dejarse cortar. Finalmente la tuvieron que explicar que si no repartía los pedazos
de tarta primero y luego los cortaba nunca podría llevar a cabo su labor.
Aunque con cierta reticencia, Alicia puso en práctica esta nueva metodología, y
mira tú por donde, dio resultado. Y es que así funcionan las cosas al otro lado
del espejo.
Yo tenía
entendido que solo Alicia tuvo la suerte de cruzar a través del espejo, pero
según van pasando los días estoy más convencido de que se dejó el espejo
abierto y que en algún momento el resto del mundo fue a parar a tan disparatado
lugar junto a nuestra amiga. Del mismo modo que en el espejo la memoria
funciona al revés y las tartas se cortan una vez ya han sido repartidas,
nuestro mundo funciona con una lógica inversa, si puede siquiera ser llamado
lógica. Cada vez que nos dicen “problemas” en realidad lo que están diciendo es
“soluciones”; siempre que oímos “natural” a lo que realmente se refiere es a “intolerable”;
prácticamente todo lo que se hace pasar por verdad es una vil mentira. Un
ejemplo cristalino es el paro. El paro es el gran problema a solucionar por
todos los partidos políticos. La gente necesita comer, y para ello necesita un
trabajo que les de dinero. Cómo no tildar al paro de problema, ¡y bien gordo!
Sin embargo, el paro es un problema para nosotros, míseros humanos; para una economía
capitalista es la solución a sus
crisis, es el paracetamol de los mercados. No en vano los economistas, esos
espadachines a sueldo del capital como solía llamarlos Marx, llaman al paro
“tasa natural de desempleo”. Déjenme
que les diga, pero a mí me pasa como Alicia: yo no se qué tiene de natural que
la gente se muera de hambre, a mí me parece una barbaridad. ¡Bienvenidos al
mundo a través del espejo!
Ahora bien, lo
que ya se lleva la palma es cuando está inversión de la realidad se cuela en el
plano teórico, ahí ya la cosa es un sin dios. Cuántas veces habré oído eso de
que el marxismo es insostenible porque no podemos fiarnos de que los demás van
a realizar su parte del trabajo comunitario (se refieran con eso a lo que se
refieran), o que no podemos fiarnos de que el prójimo no vaya a querer
enriquecerse, motivo por el cual puteará sin reparos a los demás (que yo sepa
Marx nunca dijo que no pudiésemos enriquecernos), y demás cosas por el estilo.
Otro argumento frecuentemente esgrimido contra los marxistas es que queremos
acabar a largo plazo con el estado y sus secuaces los policías. Tienen la
amabilidad de explicarnos, como si fuéramos retrasados, que el español es
pícaro por naturaleza y que si puede robar lo hará, razón por la que hace falta
un estado y una policía que encauce a los malhechores. En definitiva, según
estas personas, somos unos incrédulos por considerar al ser humano bueno por
naturaleza.
A este
respecto, ellos, que son más realistas, nos hablan de la necesidad de mantener
el estado, de la importancia de la policía, de que no te puedes fiar del
prójimo, de no contar con los demás para hacer las cosas, de hacer las cosas
por uno mismo pues los demás nunca te ayudarán. Vamos, que tienen los pies bien
puestos en la tierra. Este podría ser un buen resumen de lo que la gente me
suele soltar cuando les digo que soy marxista.
Sin embargo,
el otro día me pasó algo muy curioso. Tras un interesante debate que hubo en mi
facultad entre neoliberales y antineoliberales, un compañero y yo nos quedamos
hablando con otros dos chavales que habían ido a ver también el debate. Ellos
venían a ver a uno de los neoliberales que se encontraban en la mesa de debate,
pues le consideraban referente intelectual. El caso es que una vez finalizado
el acto, mi amigo y yo nos quedamos hablando con los dos chicos, continuamos un
poco más el debate (unas cuatro horas más, más las dos y media del debate, para
que luego digan los del plan Bolonia que los jóvenes solo pueden mantener su
concentración durante 45 minutos). Los dos chicos eran muy competentes, pero
uno de ellos se salía de lo normal. Se trataba de uno de esos raros personajes
que decidió dejar el instituto al terminar la ESO y que ha sido desde entonces
autodidacta. El caso es que, por lo que nos contó, no es que fuese superdotado,
es que tenía bastante facilidad para aprender las cosas. Precisamente por eso
el debate fue tan interesante, porque no estábamos discutiendo con un payaso al
estilo Alfonso Rojo, era una persona con la que se podía hablar.
Lo que me
interesa del caso es contaros lo que ellos mismos, desde su punto de vista
neoliberal -ellos se definían como liberales a secas- nos defendieron. Que
existiese un estado que interviniese, no solo en el mercado, sino en cualquier
ámbito de la vida de las personas, era el mayor ultraje que se podía cometer
contra la libertad de las mismas. Si yo quiero una universidad que defienda
unos valores muy concretos, por qué narices tiene que quitarme el estado dinero
para financiar una universidad pública en la que yo no pienso poner un pie.
Ellos defendían que cada uno debe gastarse su dinero nada más que en lo que
ellos quieran, y si lo que quieren es una universidad privada en la que, y os
juro que esto es casi textual, me preparen como si de una empresa se tratase,
de tal modo que sea como una mera parada en boxes que me ponga a punto para el
mercado laboral, que quién era el estado para impedírselo robándole parte de su
sueldo. E igual de denigrante es que parte de ese dinero que me expropian a
base de impuestos se destine a alguien que va a estudiar historia del arte -la
alusión también es textual-, que claramente no va a ser productivo. No es que
tuviesen nada especial en contra del arte, simplemente argumentaban que quien
quisiese una facultad de historia del arte, pues que se la financie él mismo. Ídem con la sanidad: por qué voy a tener que pagarle yo los médicos a
una persona que no conozco de nada y que me da igual si se pone enferma o no. Yo
quiero que se me cuide a mí y a las personas que yo decida, y solo a dichas
personas debe ir destinado mi dinero para sanidad, para nadie más. Llegaron a
defendernos que hasta el mismo hecho de que las calles fueran públicas era una
hecatombe contra nuestra libertad de elección en el mercado, pues ellos
entendían que el mercado era el único lugar en donde realmente se da la
libertad, ya que ésta no es otra cosa que poder elegir si quiero hacerme con
algo o no. ¡Incluso querían convertir la policía en una milicia privada!
Frente a tales
razonamientos, mi colega les preguntó que qué pasaba con las personas que, sin
merecérselo ellas, nacen en unas determinadas condiciones materiales que les
impiden el acceso a todas esas cosas de las que hablaban. Y ojo al dato con su
respuesta: como la gente, bajo estos presupuestos, sería más rica -sin
necesidad de entrar a debatir si eso sería realmente así o no-, sería más feliz
y espontáneamente… ¡surgiría una increíble caridad!
¡Vaya triple se acaba de lanzar! Según su planteamiento, las personas
necesitadas dependerán completamente de que hoy nos levantemos con ganas de
ayudarlas o no, su vida entera dependerá del humor con el que nos encontremos.
Yo no tengo especial interés ahora en debatir sobre si el ser humano es bueno o
malo por naturaleza[1], pero el propio hecho de
que ese tema sea debatible ya implica la posibilidad de que no todas las
personas se comporten de la misma manera. El mismo hecho de que dudemos sobre
si la gente es buena o mala ya pone de manifiesto que dicha condición no es
algo certero, y que por tanto no podemos basar nada sobre ello. ¡Mucho menos
vidas humanas!
Como es
lógico, la posición en la que se situó mi compañero, y en la que yo mismo me
sitúo, es que no podemos ser tan optimistas antropológicamente. Como no podemos
saber a ciencia cierta que el prójimo nos vaya ayudar lo que queremos es un
estado que lo haga siempre que nosotros no nos sintamos muy caritativos los
días de lluvia. Y también exigimos una policía capaz de evitar que alguien le
arrebate a los demás las cosas, sin presuponer que la gente, en pleno éxtasis
de benevolencia, saldrá en turba a perseguir al ladrón. Defendemos que haya
unos impuestos -asequibles, no astronómicos como los actuales; y más importante
aún, que se destinen a lo que deben ser destinados, no a pagar la cocaína de
banqueros hijos de puta- que garanticen una sanidad y una educación pública a
la que todo el mundo tenga acceso -y decimos pública de verdad, porque yo no se
qué tiene de público algo que cuesta entre 1500 y 3000 euros por año de
matrícula-. No es momento de desarrollar plenamente el tema ahora, pero dicha
universidad pública, por definición, si queremos garantizar todo lo anterior,
no puede ser una fábrica de futuros empresarios tal como proponían nuestros dos
nuevos amigos. La universidad no puede estar supeditada a las
demandas de la sociedad, menos aun del mercado; todo lo contrario, la sociedad
debería estar al servicio de la universidad. Pero repito, ese es otro tema. Y
por supuesto, todo esto lo defendemos para asegurarnos que, no solo unos pocos
como pasa en un sistema neoliberal (a pesar de que nuestros amigos consideraban
que no era lo suficientemente liberal y que distaba mucho de sus ideales), sino
que todos puedan tener propiedades privadas que aseguren su propia
subsistencia, como mínimo.
Brinca brincando,
resulta que los marxistas acabamos defendiendo el estado, la propiedad privada,
los impuestos y hasta la policía. Y son nuestros amigos neoliberales los que
quieren abolir toda clase de control gubernamental, de vigilancia policial, de
impuestos y, consecuentemente, de servicios tan básicos como las calles. Quiero
remarcar bien esto último: cuando llegaron los socialistas al poder en España,
allá por 1982, los fachas más retrógrados y vomitivos decían que iban a
quitarnos hasta los cepillos de dientes. ¡Cojones! ¡Pero si son los
neoliberales los que quieren quitarnos hasta las putas aceras!
Así, los
“marxistas anti-gobierno” resultan defender a ultranza el estado y son los
“realistas neoliberales” los que quieren acabar con toda institución política.
Nos decían que queríamos abolir la propiedad privada y somos los que nos
preocupamos porque todo el mundo tenga acceso a ella. Pero lo mejor de todo es
que éramos unos ingenuos por suponer que el humano es buena gente, cuando son
ellos los que apelan a una caridad que surge espontáneamente, como Afrodita de
la espuma de mar. Perfecto.
Vivimos en un
maravilloso mundo en donde “público” quiere decir “privado”, donde si te llaman
antisistema resulta que lo que más ansías es un estado (republicano, eso sí), y
donde los economistas, tan coherentes ellos, sin ensoñaciones idealistas, te
venden la moto de que las personas somos todas unos santos.
Que esta
inversión tan infundamentada se haya mantenido a lo largo de años y años solo
se explica si vivimos en el maravilloso mundo del espejo al que Alicia llegó en
una tarde de apacible siesta. Eso sí, algo me dice que nosotros no nos quedamos
dormidos haciendo una madeja de lana, sino que hay personas muy interesadas en
que permanezcamos soñando. Luego no me vengáis con que estoy en las nubes.
Matt K. Lann
[1]
Personalmente yo no puedo dejar de seguir en este punto a Freud, entre otros
tantos, al afirmar que el ser humano “no es una criatura tierna y necesitada de
amor, que solo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un
ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena
porción de agresividad” (El malestar en
la cultura, Ed. Alianza, Pág. 55). Por tanto, ese principio de caridad
surgida del amor al prójimo no solo sería falso, sino que “ningún otro es, como
él, tan contrario y antagónico a la primitiva naturaleza humana” (Ibíd., Pág.
56). Irónicamente, pese a citarle aquí a favor de mi argumento, no se me escapa
que unas líneas más adelante Freud participará de la visión en las nubes de los
comunistas que aquí pretendo rebatir. Pero eso no influye en absoluto sobre su
análisis de la naturaleza humana.

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