“Solo
se que no se nada”, así hablaba Sócrates. Repetida hasta la saciedad,
malentendida hasta la agonía, esta frase ha sido tomada como ejemplo de
“reflexiones absurdas” de filósofos e intelectuales pedantes que pretenden
mostrar una falsa modestia que enmascara las ganas de dar lecciones a todo el
que no se las pida. ¿Pero es ese el mensaje platónico? Dicha sentencia va mucho
más lejos de dejar pensando al lector incauto “wow… ¡qué profundo era este
griego!” cuando en realidad piensa que se trata de una soberana paparruchada de
filosofillos que, como no tienen nada mejor en lo que gastar su tiempo, pues se
dedican a soltar sin sentidos, eso sí, increíblemente poéticos. Les deseo lo
peor a toda esa calaña.
Pocos
son aquellos que se toman en serio esta frase (y la filosofía en general) y
entonces empiezan a vislumbrar cuál es el verdadero trasfondo del sinsentido
socrático. No se trata de aparentar falsa modestia ni de decir una frase bonita
y enrevesada, sino que realmente Sócrates era consciente de todo lo que todavía
no conocía, pero sobre todo, era consciente de lo que eso implicaba. Sabía que
todavía le quedaba mucho por aprender, pero que se podía aprender; sabía que sus conciudadanos consideraban que ya
habían completado su formación intelectual y que por eso se burlaban sin piedad
del anciano Sócrates, pero que él no se debía fiar de ellos, pues el aprender
es algo que nunca cesa a lo largo de la vida; y por encima de todo, sabía que existía la verdad, y que ni él ni los
demás (por muy obstinadamente que así lo afirmasen) la habían encontrado. Por
eso todos, Sócrates incluido, eran unos ignorantes empedernidos.
“Solo se que no se nada” es una defensa a
ultranza de la existencia de la Verdad y de la sabiduría, no una fanfarronería
abstracta.
En el Menón, Platón relata desde la boca de su
maestro como la Verdad sí que existe y que se puede alcanzar si se hace el
ejercicio adecuado. Consigue que un esclavo del que se presupone total
desconocimiento de matemáticas descubra por sí mismo el teorema de Pitágoras, y
en efecto así lo hace. ¿Qué pretendía mostrar con esto este “anciano
ignorante”? Que el conocimiento, el verdadero
conocimiento, es perfectamente alcanzable, pero es laborioso llegar a él.
Cuál es ese proceso es la pregunta que todo lector se debería hacer en este
momento, al menos si tiene un ápice de sangre y curiosidad en su ser. ¿Cómo
pudo el esclavo equipararse al gran matemático Pitágoras y llegar a la misma
conclusión? Pues porque cuando Pitágoras descubrió el teorema que ahora lleva
su nombre no lo hizo siendo Pitágoras, sino siendo cualquier otro. Me explicaré mejor. El teorema de Pitágoras es
verdadero no porque lo diga Pitágoras, ni el profesor de matemáticas de nuestra
escuela, ni porque lo diga Punset, sino que es verdadero porque cualquier
persona que hiciese bien los razonamientos y no errase en los cálculos ha de
llegar a la misma conclusión que Pitágoras hace tantos siglos. Vuélvase a leer
la frase: cualquier persona. Cuando
Pitágoras se plantó por primera vez frente a un triángulo no se quedó pensando
cuán bonito (o feo) le parecía el triángulo a él, ni si lo veía rojo, azul,
amarillo o gris. Lo que hizo fue mirar al triángulo y pensar lo que ese
triángulo tenía de común tanto para él, como para un pastor de la antigua
Grecia, así como para cualquiera de estos locos del Proyecto K. Dick de los que
Pitágoras no tenía ni idea de que existiríamos. Y al hacer ese proceso de ponerse en el lugar de cualquier persona
es como descubrió la Verdad sobre el triángulo que tenía enfrente suya: que
tanto ese triángulo que él veía como cualquier otro triángulo que cualquier
otra persona pudiese contemplar cumpliría la ecuación c2 + c2
= h2. Con este simple proceso de ponerse en el lugar de cualquier
otro Pitágoras acababa de visitar el continente de la Verdad. La Verdad existe
y solo hay que coger el barco adecuado para anclar en su puerto.
Platón era muy
consciente de la valía de ese continente al que parece tan fácil llegar a
través de las matemáticas. No en vano tenía escrito en el friso de su academia
que no entrase nadie que no supiese matemáticas. Sócrates, obviamente, también
entendía el gran poder de la Verdad, y por eso estaba siempre tras de ella
aunque fuese tan escurridiza, preguntando de aquí para allá qué diablos es un
zapato (solo un idiota no lo sabría, ¿no?). Precisamente por eso se declaraba
ignorante, porque sabía que existía la Verdad, que había que buscarla y que era
una ardua tarea. Ahora bien, también era muy consciente de que si él o
cualquier acérrimo buscador de la verdad no había sido capaz de capturarla,
mucho menos lo habrían hecho sus vecinos, los cuales no tenían la más mínima
intención de esforzarse por ello. Era mucho más cómodo pensar que ya lo sabían
todo y operar desde ahí.
Estos dos griegos
tan famosos dedicaron su vida entera a buscar la Verdad y ensalzarla por encima
de todo, se desvivieron por que fuese ella quien gobernase a los hombres. Esto
llevó a Sócrates a beber la cicuta y a su alumno a hacer muchos malabares para
eludirla. Siglos después, el fervor por la defensa de la Verdad que apareció en
la cuna de Occidente pareció ser recogido por unos franceses revolucionarios,
los cuales pretendieron devolverla a su trono. No era otra cosa lo que
trasmitía la frase “que gobiernen las leyes, no los hombres”. Hoy en día, ya en
el siglo XXI, ¿qué queda del mensaje de Platón? ¿Y del intento ilustrado por
volver a hacerle caso?
Del mismo modo
que Nietzsche mató a Dios, la postmodernidad ha acabado con la Verdad. Si
Platón levantase la cabeza se daría de bruces con un mundo que ha hecho una gran
bola de papel con su legado, lo ha tirado, calcinado los restos y dado de comer
a un perro las cenizas. Efectivamente, hoy en día, la Verdad no existe, por lo
que Platón sería un viejo estorbando y chupando del frasco de la pensión del
estado, así que mejor matarlo de nuevo, como aquella Atenas que juzgó a
Sócrates.
Me provoca
náuseas tener que hacer frente a gente que me llama totalitario solo porque
defiendo que existen cosas que son buenas por sí mismas y otras que del mismo
modo son malas, gente que me llega a acusar de fascista por decir que existe la
Verdad y que hay que tratar de dar con ella para procurar que las cosas vayan
como es debido. ¡Qué lo voy a hacer! Soy platónico empedernido y quiero hacer
un poco de justicia a este personaje tan maltratado, aunque sea con una ínfima
aportación. Es vergonzoso que haya individuos que consideren que eso del “deber
ser” contrapuesto al “ser” es una imposición violenta, pues para mí el deber
ser puede ser una cosa y para alguien de Islandia otra muy diferente. Por qué
narices iba a tener yo razón al decir que nadie tiene derecho a arrebatar la
vida a otra persona si en Texas la gran mayoría está a favor de la silla de la
muerte. Pues simplemente porque, como decía Platón, no soy yo (Matt) quien
afirma que es absolutamente ilegítimo sesgar vidas, sino que al ponerme en el lugar de cualquier otro se me caería la
cara de vergüenza si proclamase algo distinto. Sin embargo, la postmodernidad
ha convencido plenamente a la gente que eso de la Verdad no existe, que todo es
un asunto cultural, que yo no puedo ir a Texas a protestar por la gente que es
ejecutada injustamente porque allí no es ilícito. Y justo eso es lo que me
enerva: que no ES ilegal la pena de muerte, pero DEBERÍA SERLO. Este es el
combate de los pesos pesados que se lleva dando a lo largo de toda la historia,
el ser contra el deber ser, y que la postmodernidad finalmente ha declarado como
victorioso por K.O. al ser. Despierta en mí el mayor de los desprecios este
resultado tan vomitivo.
Estos tiempos
en los que vivimos en donde todo es relativo nos han llevado a decir una sarta
de –perdón por la expresión- gilipolleces de un calibre inimaginable. Me he
llegado a encontrar desde gente que dice que eso de los médicos es una bobada,
que un curandero va a saber mejor tratarte un cáncer que la quimioterapia o
cómo operarte a corazón abierto, pues es muy fascista eso de considerar que el
médico tiene razón y el curandero no, pues la Verdad no existe, todo el mundo
está en lo cierto si así lo piensa; llegando a otros que afirman que la
Declaración de los Derechos Humanos es una imposición violenta de la cultura
Europea, que se autoerigió como defensora de la humanidad en un nuevo intento
enmascarado de extender su cultura a todos los rincones del mundo. No tengo
palabras.
Se que por
mucho que lo aclare se me va a malinterpretar, pero voy a intentarlo una vez
más. No pretendo con esto expuesto aquí arriba decir que los métodos
alternativos de medicina sean absolutamente ineficaces, ni que la gente no deba
visitarlos. Tampoco estoy haciendo apología de Occidente diciendo que todas sus
atrocidades han sido en nombre del bien común, ni mucho menos. Solo pretendo
decir que es absurdo considerar que una persona que tiene una carrera de
medicina, y que le habrá costado años sacar, sea considerada al mismo nivel que
un ungüento de plantas y excrementos de mono. No es que el ungüento tenga que
ser inútil, sino que la ciencia ha avanzado no solo para mal, sino que a veces nos
obsequia con regalos como la penicilina o la quimioterapia, algo más eficaces
que los métodos tradicionales. Y tildar a esto de fascista es una verdadera
barbaridad. ¿Me puede alguien explicar qué tiene de malo afirmar rotundamente
que el médico está mejor dotado para tratar el cáncer que el chamán del pueblo
de mi madre? Con respecto a la Declaración de los Derechos Humanos, es obvio
que Europa se ha dedicado, en compañía de su fiel amigo EE.UU., a masacrar todo
el mundo, desde la brutal represión que hubo al colonizar América en 1492,
hasta las invasiones en Irak llevadas a cabo por EE.UU. y apoyadas por el
gobierno de un absoluto impresentable como es José María Aznar. Soy el primero
que está en contra de tales atrocidades. Ahora bien, es de lo más ridículo
considerar que algo como los derechos humanos tiene la misma finalidad, cunado
entre sus postulados está el hecho de que todos nacemos iguales y con los mismos
derechos, seamos de donde seamos, procesemos la religión que procesemos, etc. Y
por ende, nadie debería poder hacer lo que hace Europa y EE.UU. al invadir
todos esos países.
Lo más
gracioso de todo este asunto es que si en algún momento uno de estos individuos
posmodernos padece cáncer, no creo que vaya a un herbolario, del mismo modo que
si en algún momento son juzgados por un tribunal no creo que renuncien a sus
derechos universales a la hora de ser procesados. Por lo que encima son
hipócritas.
¿Por qué
ciertos avances médicos o sociales son buenos en sí mismos, como los que acabo
de citar? Porque aunque se desarrollasen en Occidente, no se hicieron pensando
en que tenían que ser cosas exclusivas para los occidentales, sino que tenían
que ser cosas que englobasen a cualquier
persona. Por ello, no existe una penicilina específica para asiáticos y
otra para europeos. Tampoco hay unos derechos humanos que solo afecten a los
blancos pero no a las demás personas. No, rotundamente no. Esas cosas,
precisamente por ser verdaderas,
atañen y son exactamente igual para todos. Les guste a los postmodernos o no,
hay cosas que son verdad y que deben ser defendidas por sí mismas como valores
a los que no debemos renunciar, y no por ello debemos ser tachados de
retrógrados o totalitarios los que las defendemos.
Este
relativismo putrefacto que empapa nuestra sociedad también ha llegado a la
política, cómo no. Ahora lo que está de moda es situarse más allá de todo
conflicto político, en una posición absolutamente cómoda en la que se critica
tanto a la derecha como a la izquierda, pues ambas consideran que existe una
verdad, y eso es una cosa muy obsoleta. Los postmodernos son gente tan
inteligente que día a día nos demuestran que es mucho mejor no situarse ni en
el lado de unos ni en el de otros, sino que lo ideal es quedarse en el sofá de
tu casa poniendo verde al gobierno por destrozar la educación y la sanidad
pública por un lado, y a los manifestantes que golpean porras con la cara por
otro, pues esa gente no se da cuenta de que defender tus ideas, por muy de
sentido común que sea, es fascista, autoritario y violento, y por eso son igual
de malos que los que mandan. Me encantaría ver a alguno de esos posmodernillos
con rastas marca Nike explicándoles esto a Robespierre o a Durruti. Se hubiesen
llevado una buena colleja.
Y lo que
personalmente más me revienta de este relativismo que considera que la Verdad
es mentira (¿solo yo veo esto como una terrible pamplina?) es que toda la
izquierda esta impregnada de él. Ahora está de moda eso de “la izquierda
líquida” que viene a ser una izquierda que no es de izquierdas, pues ser
identitario es considerar que existe la Verdad y eso es peor que pegar a un
padre. Resulta que ahora muchísima gente se declara de izquierdas pero
consideran que es de radicales buscar la abolición del capitalismo, ya que eso
suena peligrosamente a comunismo y no queremos tal cosa; o consideran que, y os
juro que esto es verídico, los GAL “tampoco fue algo tan malo”. A esta clase de
gente ni se te ocurra mencionarles personajes como el Che o Karl Marx, porque
entonces eres igual de malo que Hitler, ¡o más!
Sigo sin
entender el sentido de declararte de izquierdas sin defender ninguno de sus
ideales ni salir a la calle a manifestarte por que te pisan los derechos. Ah,
claro, pero es que los derechos también son algo totalitario. ¡Venga por favor!
Con todo este
percal es normal que Platón no quisiese ni acercarse al año 2014, pues se le
acusaría de terrorista como mínimo. Pero es que de hecho no tendría nada que
hacer, pues la postmodernidad ha guillotinado a la Verdad y la ha enterrado en
lo más profundo de la tierra, por lo que cada vez es más absurdo que unos
cuantos pocos sigamos luchando por ella. No obstante, toda la gente que creemos
en personajes como Platón, Sócrates, Robespierre, Kant, y sí, MARX (llamarme
rojo si os apetece), entre otros muchos, hemos heredado una cosa muy importante
los unos de los otros: una cabezonería impetuosa que hace que año tras año,
siglo tras siglo, se haya conseguido que, aunque mínimamente, estos ideales
fuesen conservados hasta el presente. Y hay mucha gente que lucha decididamente
por que la siguiente generación los siga manteniendo. Les doy todo mi apoyo y
admiración, tanto a los presentes como a los pasados.
Esperemos que
nunca deje de tener sentido la Verdad, la
Justicia y la Belleza.
Matt
K. Lann






