lunes, 24 de marzo de 2014

¡Si Platón levantase la cabeza!


           

“Solo se que no se nada”, así hablaba Sócrates. Repetida hasta la saciedad, malentendida hasta la agonía, esta frase ha sido tomada como ejemplo de “reflexiones absurdas” de filósofos e intelectuales pedantes que pretenden mostrar una falsa modestia que enmascara las ganas de dar lecciones a todo el que no se las pida. ¿Pero es ese el mensaje platónico? Dicha sentencia va mucho más lejos de dejar pensando al lector incauto “wow… ¡qué profundo era este griego!” cuando en realidad piensa que se trata de una soberana paparruchada de filosofillos que, como no tienen nada mejor en lo que gastar su tiempo, pues se dedican a soltar sin sentidos, eso sí, increíblemente poéticos. Les deseo lo peor a toda esa calaña.
            Pocos son aquellos que se toman en serio esta frase (y la filosofía en general) y entonces empiezan a vislumbrar cuál es el verdadero trasfondo del sinsentido socrático. No se trata de aparentar falsa modestia ni de decir una frase bonita y enrevesada, sino que realmente Sócrates era consciente de todo lo que todavía no conocía, pero sobre todo, era consciente de lo que eso implicaba. Sabía que todavía le quedaba mucho por aprender, pero que se podía aprender; sabía que sus conciudadanos consideraban que ya habían completado su formación intelectual y que por eso se burlaban sin piedad del anciano Sócrates, pero que él no se debía fiar de ellos, pues el aprender es algo que nunca cesa a lo largo de la vida; y por encima de todo, sabía que existía la verdad, y que ni él ni los demás (por muy obstinadamente que así lo afirmasen) la habían encontrado. Por eso todos, Sócrates incluido, eran unos ignorantes empedernidos.
 “Solo se que no se nada” es una defensa a ultranza de la existencia de la Verdad y de la sabiduría, no una fanfarronería abstracta.

En el Menón, Platón relata desde la boca de su maestro como la Verdad sí que existe y que se puede alcanzar si se hace el ejercicio adecuado. Consigue que un esclavo del que se presupone total desconocimiento de matemáticas descubra por sí mismo el teorema de Pitágoras, y en efecto así lo hace. ¿Qué pretendía mostrar con esto este “anciano ignorante”? Que el conocimiento, el verdadero conocimiento, es perfectamente alcanzable, pero es laborioso llegar a él. Cuál es ese proceso es la pregunta que todo lector se debería hacer en este momento, al menos si tiene un ápice de sangre y curiosidad en su ser. ¿Cómo pudo el esclavo equipararse al gran matemático Pitágoras y llegar a la misma conclusión? Pues porque cuando Pitágoras descubrió el teorema que ahora lleva su nombre no lo hizo siendo Pitágoras, sino siendo cualquier otro. Me explicaré mejor. El teorema de Pitágoras es verdadero no porque lo diga Pitágoras, ni el profesor de matemáticas de nuestra escuela, ni porque lo diga Punset, sino que es verdadero porque cualquier persona que hiciese bien los razonamientos y no errase en los cálculos ha de llegar a la misma conclusión que Pitágoras hace tantos siglos. Vuélvase a leer la frase: cualquier persona. Cuando Pitágoras se plantó por primera vez frente a un triángulo no se quedó pensando cuán bonito (o feo) le parecía el triángulo a él, ni si lo veía rojo, azul, amarillo o gris. Lo que hizo fue mirar al triángulo y pensar lo que ese triángulo tenía de común tanto para él, como para un pastor de la antigua Grecia, así como para cualquiera de estos locos del Proyecto K. Dick de los que Pitágoras no tenía ni idea de que existiríamos. Y al hacer ese proceso de ponerse en el lugar de cualquier persona es como descubrió la Verdad sobre el triángulo que tenía enfrente suya: que tanto ese triángulo que él veía como cualquier otro triángulo que cualquier otra persona pudiese contemplar cumpliría la ecuación c2 + c2 = h2. Con este simple proceso de ponerse en el lugar de cualquier otro Pitágoras acababa de visitar el continente de la Verdad. La Verdad existe y solo hay que coger el barco adecuado para anclar en su puerto.
Platón era muy consciente de la valía de ese continente al que parece tan fácil llegar a través de las matemáticas. No en vano tenía escrito en el friso de su academia que no entrase nadie que no supiese matemáticas. Sócrates, obviamente, también entendía el gran poder de la Verdad, y por eso estaba siempre tras de ella aunque fuese tan escurridiza, preguntando de aquí para allá qué diablos es un zapato (solo un idiota no lo sabría, ¿no?). Precisamente por eso se declaraba ignorante, porque sabía que existía la Verdad, que había que buscarla y que era una ardua tarea. Ahora bien, también era muy consciente de que si él o cualquier acérrimo buscador de la verdad no había sido capaz de capturarla, mucho menos lo habrían hecho sus vecinos, los cuales no tenían la más mínima intención de esforzarse por ello. Era mucho más cómodo pensar que ya lo sabían todo y operar desde ahí.
Estos dos griegos tan famosos dedicaron su vida entera a buscar la Verdad y ensalzarla por encima de todo, se desvivieron por que fuese ella quien gobernase a los hombres. Esto llevó a Sócrates a beber la cicuta y a su alumno a hacer muchos malabares para eludirla. Siglos después, el fervor por la defensa de la Verdad que apareció en la cuna de Occidente pareció ser recogido por unos franceses revolucionarios, los cuales pretendieron devolverla a su trono. No era otra cosa lo que trasmitía la frase “que gobiernen las leyes, no los hombres”. Hoy en día, ya en el siglo XXI, ¿qué queda del mensaje de Platón? ¿Y del intento ilustrado por volver a hacerle caso?

Del mismo modo que Nietzsche mató a Dios, la postmodernidad ha acabado con la Verdad. Si Platón levantase la cabeza se daría de bruces con un mundo que ha hecho una gran bola de papel con su legado, lo ha tirado, calcinado los restos y dado de comer a un perro las cenizas. Efectivamente, hoy en día, la Verdad no existe, por lo que Platón sería un viejo estorbando y chupando del frasco de la pensión del estado, así que mejor matarlo de nuevo, como aquella Atenas que juzgó a Sócrates.
Me provoca náuseas tener que hacer frente a gente que me llama totalitario solo porque defiendo que existen cosas que son buenas por sí mismas y otras que del mismo modo son malas, gente que me llega a acusar de fascista por decir que existe la Verdad y que hay que tratar de dar con ella para procurar que las cosas vayan como es debido. ¡Qué lo voy a hacer! Soy platónico empedernido y quiero hacer un poco de justicia a este personaje tan maltratado, aunque sea con una ínfima aportación. Es vergonzoso que haya individuos que consideren que eso del “deber ser” contrapuesto al “ser” es una imposición violenta, pues para mí el deber ser puede ser una cosa y para alguien de Islandia otra muy diferente. Por qué narices iba a tener yo razón al decir que nadie tiene derecho a arrebatar la vida a otra persona si en Texas la gran mayoría está a favor de la silla de la muerte. Pues simplemente porque, como decía Platón, no soy yo (Matt) quien afirma que es absolutamente ilegítimo sesgar vidas, sino que al ponerme en el lugar de cualquier otro se me caería la cara de vergüenza si proclamase algo distinto. Sin embargo, la postmodernidad ha convencido plenamente a la gente que eso de la Verdad no existe, que todo es un asunto cultural, que yo no puedo ir a Texas a protestar por la gente que es ejecutada injustamente porque allí no es ilícito. Y justo eso es lo que me enerva: que no ES ilegal la pena de muerte, pero DEBERÍA SERLO. Este es el combate de los pesos pesados que se lleva dando a lo largo de toda la historia, el ser contra el deber ser, y que la postmodernidad finalmente ha declarado como victorioso por K.O. al ser. Despierta en mí el mayor de los desprecios este resultado tan vomitivo.
Estos tiempos en los que vivimos en donde todo es relativo nos han llevado a decir una sarta de –perdón por la expresión- gilipolleces de un calibre inimaginable. Me he llegado a encontrar desde gente que dice que eso de los médicos es una bobada, que un curandero va a saber mejor tratarte un cáncer que la quimioterapia o cómo operarte a corazón abierto, pues es muy fascista eso de considerar que el médico tiene razón y el curandero no, pues la Verdad no existe, todo el mundo está en lo cierto si así lo piensa; llegando a otros que afirman que la Declaración de los Derechos Humanos es una imposición violenta de la cultura Europea, que se autoerigió como defensora de la humanidad en un nuevo intento enmascarado de extender su cultura a todos los rincones del mundo. No tengo palabras.
Se que por mucho que lo aclare se me va a malinterpretar, pero voy a intentarlo una vez más. No pretendo con esto expuesto aquí arriba decir que los métodos alternativos de medicina sean absolutamente ineficaces, ni que la gente no deba visitarlos. Tampoco estoy haciendo apología de Occidente diciendo que todas sus atrocidades han sido en nombre del bien común, ni mucho menos. Solo pretendo decir que es absurdo considerar que una persona que tiene una carrera de medicina, y que le habrá costado años sacar, sea considerada al mismo nivel que un ungüento de plantas y excrementos de mono. No es que el ungüento tenga que ser inútil, sino que la ciencia ha avanzado no solo para mal, sino que a veces nos obsequia con regalos como la penicilina o la quimioterapia, algo más eficaces que los métodos tradicionales. Y tildar a esto de fascista es una verdadera barbaridad. ¿Me puede alguien explicar qué tiene de malo afirmar rotundamente que el médico está mejor dotado para tratar el cáncer que el chamán del pueblo de mi madre? Con respecto a la Declaración de los Derechos Humanos, es obvio que Europa se ha dedicado, en compañía de su fiel amigo EE.UU., a masacrar todo el mundo, desde la brutal represión que hubo al colonizar América en 1492, hasta las invasiones en Irak llevadas a cabo por EE.UU. y apoyadas por el gobierno de un absoluto impresentable como es José María Aznar. Soy el primero que está en contra de tales atrocidades. Ahora bien, es de lo más ridículo considerar que algo como los derechos humanos tiene la misma finalidad, cunado entre sus postulados está el hecho de que todos nacemos iguales y con los mismos derechos, seamos de donde seamos, procesemos la religión que procesemos, etc. Y por ende, nadie debería poder hacer lo que hace Europa y EE.UU. al invadir todos esos países.
Lo más gracioso de todo este asunto es que si en algún momento uno de estos individuos posmodernos padece cáncer, no creo que vaya a un herbolario, del mismo modo que si en algún momento son juzgados por un tribunal no creo que renuncien a sus derechos universales a la hora de ser procesados. Por lo que encima son hipócritas.

¿Por qué ciertos avances médicos o sociales son buenos en sí mismos, como los que acabo de citar? Porque aunque se desarrollasen en Occidente, no se hicieron pensando en que tenían que ser cosas exclusivas para los occidentales, sino que tenían que ser cosas que englobasen a cualquier persona. Por ello, no existe una penicilina específica para asiáticos y otra para europeos. Tampoco hay unos derechos humanos que solo afecten a los blancos pero no a las demás personas. No, rotundamente no. Esas cosas, precisamente por ser verdaderas, atañen y son exactamente igual para todos. Les guste a los postmodernos o no, hay cosas que son verdad y que deben ser defendidas por sí mismas como valores a los que no debemos renunciar, y no por ello debemos ser tachados de retrógrados o totalitarios los que las defendemos.
Este relativismo putrefacto que empapa nuestra sociedad también ha llegado a la política, cómo no. Ahora lo que está de moda es situarse más allá de todo conflicto político, en una posición absolutamente cómoda en la que se critica tanto a la derecha como a la izquierda, pues ambas consideran que existe una verdad, y eso es una cosa muy obsoleta. Los postmodernos son gente tan inteligente que día a día nos demuestran que es mucho mejor no situarse ni en el lado de unos ni en el de otros, sino que lo ideal es quedarse en el sofá de tu casa poniendo verde al gobierno por destrozar la educación y la sanidad pública por un lado, y a los manifestantes que golpean porras con la cara por otro, pues esa gente no se da cuenta de que defender tus ideas, por muy de sentido común que sea, es fascista, autoritario y violento, y por eso son igual de malos que los que mandan. Me encantaría ver a alguno de esos posmodernillos con rastas marca Nike explicándoles esto a Robespierre o a Durruti. Se hubiesen llevado una buena colleja.
Y lo que personalmente más me revienta de este relativismo que considera que la Verdad es mentira (¿solo yo veo esto como una terrible pamplina?) es que toda la izquierda esta impregnada de él. Ahora está de moda eso de “la izquierda líquida” que viene a ser una izquierda que no es de izquierdas, pues ser identitario es considerar que existe la Verdad y eso es peor que pegar a un padre. Resulta que ahora muchísima gente se declara de izquierdas pero consideran que es de radicales buscar la abolición del capitalismo, ya que eso suena peligrosamente a comunismo y no queremos tal cosa; o consideran que, y os juro que esto es verídico, los GAL “tampoco fue algo tan malo”. A esta clase de gente ni se te ocurra mencionarles personajes como el Che o Karl Marx, porque entonces eres igual de malo que Hitler, ¡o más!
Sigo sin entender el sentido de declararte de izquierdas sin defender ninguno de sus ideales ni salir a la calle a manifestarte por que te pisan los derechos. Ah, claro, pero es que los derechos también son algo totalitario. ¡Venga por favor!

Con todo este percal es normal que Platón no quisiese ni acercarse al año 2014, pues se le acusaría de terrorista como mínimo. Pero es que de hecho no tendría nada que hacer, pues la postmodernidad ha guillotinado a la Verdad y la ha enterrado en lo más profundo de la tierra, por lo que cada vez es más absurdo que unos cuantos pocos sigamos luchando por ella. No obstante, toda la gente que creemos en personajes como Platón, Sócrates, Robespierre, Kant, y sí, MARX (llamarme rojo si os apetece), entre otros muchos, hemos heredado una cosa muy importante los unos de los otros: una cabezonería impetuosa que hace que año tras año, siglo tras siglo, se haya conseguido que, aunque mínimamente, estos ideales fuesen conservados hasta el presente. Y hay mucha gente que lucha decididamente por que la siguiente generación los siga manteniendo. Les doy todo mi apoyo y admiración, tanto a los presentes como a los pasados.
Esperemos que nunca deje de tener sentido la Verdad, la Justicia y la Belleza.

Matt K. Lann




            

sábado, 22 de marzo de 2014

Observe a ese ave peligrosa

                               Naciendo en un ambiente poco propicio a la libertad, y más para una mujer, una hija de vasco y criolla se plantó ante el mundo para defender la sabiduría y la mujer por encima de todo. Pese a su condición de bastardía, supo destacar por sus dotes de niña prodigio. Con tan solo 20 lecciones aprendió latín. Se enfrentó a exámenes delante de sabios. Escribió su primera loa con 8 años. Supo enfrentarse a los altos cargos de la Iglesia, aprovechando la protección que le brindaba el virreinato. Su vida estuvo marcada por las objeciones que le ponían para todo. No pudo ir a la universidad por ser mujer. No le dejaban publicar libremente por lo que sus ideas debían ir polvoreadas con minuciosidad para no entrar en temas que chocasen con los pensamientos de la Iglesia. Llegó a ser reprehendida en público, diciéndola que se debía ocupar a su vida monacal, es decir, a estar callada. Aunque frente a esta última, en su obra La respuesta a Sor Filotea de la Cruz, supo decirles a ese grupo de mujeres cultas que la referencia de Pablo a que debían callar por respeto no exigía que callasen.



                Aunque han pasado varios días de la jornada dedicada a la mujer, hoy quería hacer una humilde aportación. La persona de la que estaba hablando era Sor Juana Inés de la Cruz. Esta mujer fue una apasionada de la sabiduría.

Con su pensamiento barroco se dirigía a aquella sociedad que atacaba al pensamiento. Pero a su vez, intentó que la mujer jugase un papel más importante en la sociedad que el de ser la que da a luz a nuevos machitos altaneros refugiados y protegidos por ideas mal interpretadas, o interpretadas a su favor.
Esa lucha no debería caer en saco roto. Sin embargo, tras la lucha de cientos de mujeres como Sor Juana, la sociedad femenina está cayendo en el error de transformarse en aquellos machitos retrógrados de antes. No me imagino que dentro de la idea de "machismo" de Jane Austin o Marie Curie entrase el hecho de designar con un plural NEUTRO a ambos sexo. Hay que saber buscar un equilibrio.





Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.

Si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que con desigual nivel
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?

Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y queja enhorabuena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

¿Pues para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar
y después con más razón
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

               
                Este es un claro ejemplo de lo que Sor Juana quería cambiar. Los hombres que convivían con ella veían en su mujer una pequeña virtud, pero de las que de verdad se enamoraban era de sus diferentes amantes. El menosprecio a la mujer, o mejor dicho, el  valor como si de seres inferiores se tratase, usándolas para rellenar los huecos vacios de sus ‘duros’ días, debería ser la misma razón de lucha de muchas mujeres de la actualidad que se centran en sandeces y se olvidan que quizá se estén convirtiendo en esos 'hombres necios' y no se den cuenta que su lucha va mal dirigida.
                  En definitiva, las mujeres no deberían perder ese raciocinio y esa perspicacia que siempre les ha caracterizado durante todos estos siglos. 

Rafael García Goyena

viernes, 21 de marzo de 2014

Parejas, cadenas y glande


            Mañana monótona. Clase aburrida. Una cadena de ideas; comenzó con una mirada lasciva a una hembra de generosos atributos que se situaba a escasos metros de mi posición. A veces me maravillo de lo que es capaz el cerebro casi sin pretenderlo, lo que empieza por puro instinto animal te puede llevar a sacar una conclusión de algo que llevaba tiempo rondándote. Una idea lleva a otra, y esa a otra y en escasos segundos estás a años luz de donde comenzó. Bueno no me entretengo que esto me daría para otra entrada.

            Nos habíamos quedado en aquella ojeada disimulada. Tú instinto animal te implora que practiques la reproducción con ese ejemplar, te suplica que aportes tu granito por perpetuar la especie -que le jodan, yo sin preservativo no muevo el glande- , pero de pronto avanzo al siguiente pensamiento. ¿Es algo malo no tener pareja? De cierta manera la sociedad nos empuja a tenerla y por eso te invito a hacer esta reflexión. Mirad a vuestro alrededor y decidme qué pareja veis que sea real y no un manojo de inseguros y faltos de autoestima que necesitan de una persona a su lado para no sentirse solos. Estoy generalizando por supuesto. Casi la totalidad de las muchachas presentes en mi clase tienen pareja, y si rompen, en escasas semanas ya han encontrado a su otra mitad. A su Mario Casas particular. ¿De verdad es tan fácil enamorarse? ¿es miedo a estar solo? ¿o qué cojones está pasando en el resto de los mortales que a mi me esta obviando por completo?

            Bajo mi punto de vista es miedo a vivir solo, a no saber en qué ocupar tu tiempo si no es mirando su Facebook o su última conexión. Esto lleva a tomar cafés vacíos con pausas que denotan solo la monotonía del parche que son muchas personas al juntarse a otras. Este es el gran problema del amor, que la gente cree que ama cuando en el fondo sólo siente apego a la compañía de un tercero.


            Volveré como diría el eterno Chuache, volveré con mis pensamientos inconexos que no llevan a nada. Ahora si me disculpan voy a matar neuronas a golpe de Absolut. Buenas noches.



                                                                                                                        José Narayana

domingo, 16 de marzo de 2014

Uno más.

Hoy me he sentido “inspirado” y me ha apetecido escribir. Probablemente no sea la norma, pero lo que sí es seguro es que lo banal de este texto, espero, no sea lo habitual. Por cierto, me gusta la palabra banal y será utilizada de manera, porque no decirlo, banal. Tonterías aparte, quería hacer una introducción más personal, puesto que ya alguien escribió sobre el P.K.D. y su origen.
Si tuviese que escribir la utilidad de este grupo y este blog en una palabra, esta sería desahogo. Sería un desahogo para nuestras pulsiones intelectuales, para nuestros egos y como no, para beber cerveza cuando hablamos. Personalmente, lo que pueda aportar al grupo quizá sea nada. ¡Qué coño! si hablo de egos es por algo. Y si hablo de egos, hablo de egoísmo. Por ello, más bien la integración de este grupo sea un interés personal. Porque seguramente no aporte nada a esta sociedad, que por cierto aborrezco –así como dato-, pero el hecho mismo de hablar de sociedad, economía, política o humanidades es un placer que muchos desconocen. Este placer hedonista es mi alienante, aunque suene un tanto contradictorio.
De este modo, podríamos considerarnos como una nueva sociedad diletante, haciendo gala de ese ego, además de cierta pretenciosidad –otra palabra que nos gusta mucho- y de ese alcoholismo que a algunos ya casi nos representa. 

Todo esto nos convierte en una serie de tarados, en el mejor sentido de la palabra, que quieren pasarlo bien. O quizá no, y seamos un grupo de chavales que pueden llegar a saber algo, y lo disimulan con tintes de falsa modestia, acompañado de sincera cautela por saber que el conocimiento es amplio, y nuestro cerebro y vida son cortos. No lo sé, creo que nunca lo sabré y esa debe ser la gracia porque si no todo sería un sinsentido.
En definitiva, soy todo contradicciones coherentes, y eso no sé en cuanto es bueno, y en cuanto malo. Soy un romántico del XIX al que no le gusta Coelho. Soy guiado por mi siniestra, a la vez que tengo una cuenta bancaria y no visto del “che”. Soy un pesimista redomado, que de momento no se ha pegado un tiro. En fin, soy mil cosas que espero no mostrar con mis escritos.
Como ya habrá dado buena cuenta de ello el lector, no escribe un literato, pero ni falta que hace.
Buenas noches.

15/03/2014 00:14

                                                                                                                          Roman Kipling

sábado, 15 de marzo de 2014

Y el verbo se hizo publicidad...


“Ubik instantáneo tiene el rico aroma del café
recién molido. Cuando lo pruebe, su marido
dirá: “Cristo, Sally, pensaba que nuestro
café era pse-pse, pero ahora… ¡hmm!”.
Inofensivo si se toma de acuerdo con las instrucciones.”

            Todos hemos pensado alguna vez cómo serán las cosas una vez que ya no estemos presentes. Es un ejercicio muy interesante que da rienda suelta a nuestra imaginación y que permite dejar florecer sueños ocultos que siempre nos hubiese gustado ver materializados y que sabemos que es muy probable que no vivamos. Tendemos a fantasear con un futuro en el que las cosas funcionan mejor, en donde los problemas han dejado de ser tales para pasar a ser un mero recuerdo desagradable, nadie les desearía a sus descendientes un mundo lleno de preocupaciones. No obstante, hay otro ejercicio igual de interesante, pero esta vez, cruelmente más realista.
            ¿Qué pensaba la gente que ya abandonó el tren de la vida sobre el futuro en el que ahora vivimos nosotros? ¿Hubiesen quedado cumplidas sus expectativas, o tal vez fueron demasiado optimistas? Es un perfecto examen de conciencia global tener en cuenta ese legado de aquellas personas pasadas para compararlo con nuestro presente…y lamentablemente ver como les defraudaríamos.
            Hay mares de páginas en donde está recogido cómo imaginaban el futuro grandes literatos como Julio Verne, vaticinando siempre grandes avances de la humanidad, o Isaac Asimov y su afinidad por la robótica y la inteligencia artificial. Sin duda, me parece que son puntos de vista muy interesantes y que hay que tener muy presentes. Pero me gustaría quedarme con un autor en concreto, por lo preocupantemente acertado de su pensamiento y su desgarrador pesimismo sobre los tiempos venideros. Sin olvidar que da nombre a este pequeño e indecente grupo de lectores, y como tal merece nuestro mayor respeto. Como ya se imaginan, me refiero a Philip K. Dick. Todavía recuerdo aquella primera reunión que tuve con mis compañeros de Proyecto sobre su magnifica obra ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la cual nos dio debate durante largo rato. Pero hoy me gustaría hablar sobre otra obra suya: Ubik.

            La historia nos sitúa en 1992, año pasado para nosotros (algunos, como un servidor, ni siquiera habían visto la luz del día), pero futuro desconocido para Philip K. Dick, que murió diez años antes de la fecha en cuestión. En ese “futuro” ha habido grandes avances, desde videófonos que te permiten ver a tu interlocutor mientras hablas con él, hasta el hecho de tener colonias tanto en Marte como en la Luna. Además, existen ciertas personas con capacidades psíquicas muy variadas como la telepatía o la capacidad de predecir el futuro. Por el contrario, también existen personas (inerciales) cuya capacidad consiste en anular los poderes psíquicos. Pero sin duda, el avance más escalofriante a mi entender es el del descubrimiento del estado de semivida. Consiste en que las personas, una vez han fallecido, son introducidas y almacenadas en una especie de neveras (friovainas) en las cuales pueden seguir teniendo una actividad cerebral normal, como si estuviesen vivas, pero su cuerpo está físicamente muerto. Mediante unos conectores la gente puede comunicarse mentalmente con sus seres queridos muertos durante un periodo de tiempo, pero finalmente morirán también en el estado de semivida. Estas aclaraciones nos sirven para introducirnos en el mundo de ese 1992 alternativo, el desarrollo de la novela comienza ahora.
 
            Glen Runciter es el dueño de Runciter Asociados, empresa que se dedica a la suministración de inerciales a aquellas personas que piensan que su intimidad está siendo violada por algún telépata. Su amigo Joe Chip se encarga de proporcionarle nuevos inerciales para su empresa.  Pero Runciter Asociados está pasando una época de vacas flacas, por lo que para salir del agujero Runciter decide aceptar un trabajo en la Luna, a donde van él, sus once mejores inerciales y su amigo Joe Chip. Pero cuando llegan allí un atentado acaba con la vida de Runciter y casi deja sin ella a los demás. A partir de ese momento Joe Chip asume el mando y hace todo lo posible por regresar a la tierra para meter en una friovaina a su antiguo jefe antes de que sea demasiado tarde. Sin embargo, desde su partida de la Luna todo empieza a ser muy raro, todo empieza a sufrir una regresión hacia el pasado: los alimentos están siempre caducados, las monedas vuelven a ser antiguas, incluso ellos mismos empiezan a pudrirse poco a poco… Nadie entiende qué está pasando, y para colmo, empiezan a recibir mensajes sumamente extraños de Runciter. Pero, ¿no había muerto en la explosión? Desde luego que todos asisten al funeral de su jefe, ¿qué significan entonces todas esas manifestaciones de Glen Runciter? Varias de ellas se dan en anuncios publicitarios muy raros. Pero hay otro elemento misterioso que también aparece publicitado y que nadie sabe qué es, y que acabará siendo la pieza maestra que permitirá solucionar todo. Ubik.
            En esta novela nos encontramos con muertos (o semivivos, como se prefiera) dando consejos empresariales, anuncios publicitarios proporcionando soluciones milagrosas a todos los problemas, gente que habla con máquinas como si de otras personas se tratase y varios absurdos más que Philip K. Dick sabe entremezclar perfectamente para hacer que el lector se sienta intrigado y perdido como los protagonistas mismos. Pero lo que a mi opinión resulta más interesante, ¿qué pretende decirnos el autor con esta obra tan estrambótica? ¿Qué idea tenía Dick para escribir sobre un futuro tan calamitoso? No da la impresión de ser una imagen muy halagüeña…

            Es increíble con que precisión muestra la novela la manipulación publicitaria de hoy en día. En la obra vemos como Ella, la mujer semiviva de Runciter, ayuda a su marido con temas de marketing en la empresa. Esto que dicho así nos parece tan ridículo, debería producirnos un escalofrío. En ese 1992 paralelo se ha conseguido resucitar a los muertos, hazaña increíble, ¡y no se les ocurre otra cosa que utilizarlos simplemente para dar consejos publicitarios a las empresas! ¿Haríamos nosotros hoy en día algo distinto? Lo dudo mucho. La publicidad está metida hasta en la última esquina más recóndita de nuestra sociedad, es imposible salir a la calle y no encontrarse con mil anuncios, eso sí, de todos los colores y sabores. Y de ser posible, no dudéis de que se meterían hasta en la otra vida si pudiesen. En unos cuantos años los funerales estarán orgullosamente patrocinados por Cofidis, las viudas serán consoladas por Mc Donalds y Vodafone habrá creado una tarifa nueva (el 5G, quién sabe) para poder comunicarte con tu querido fallecido este en el paraíso o en el infierno. Tal vez Philip K. Dick no estuviese tan desencaminado con sus predicciones.
            Deberíamos echarnos a temblar al comprobar como una sociedad en la que existen poderes psíquicos tan fascinantes como la telepatía o la capacidad de predecir el futuro, no se utilicen, ya no digamos para conseguir la paz mundial, que desde luego no estamos en época de utopías, sino para predecir al menos si lloverá o no. Pero no, es mucho mejor usar tales facultades para que las empresas se espíen las unas a las otras para así poder sacar antes que la competencia un nuevo producto revolucionario que aparecerá anunciándose a todas horas en la televisión, cubriendo las marquesinas de los autobuses, en enormes pancartas en el Metro, y en general, en cualquier sitio en donde se le meta cincuenta veces al día por los ojos al ciudadano medio, quedando así plenamente convencido de que necesita un nuevo smartphone que se encarga de decirte que te debes poner al salir a la calle, no vaya a ser que se sulfure el pobre ciudadano pensando treinta segundos seguidos. Esto no es solo lo que pasa en la novela de Dick, sino lo que pasaría en el 2014 si existiesen tales personajes telépatas.
            Con semejante panorama, es normal que la gente se sienta confusa y perdida. Nos encontramos más o menos como Joe Chip y los demás inerciales, sin saber muy bien que hacer. Pero al igual que en la novela, no hay que alarmarse, pues la publicidad nos dirá que camino debemos tomar. Nuestro protagonista se dedica a hacer caso a los anuncios de la televisión en los que aparece Runciter, o los de una caja de cerillas que también pertenece a su jefe. De hecho, se encuentra tan desorientado que llega a seguir los consejos que lee en un graffiti en un baño. Y no es para menos, esos anuncios son la calve indispensable para salvarse, Joe esta convencido de ello. No debería sorprendernos tanto ver como una persona sigue ciegamente los consejos que le dicta la televisión, pues cuarenta y cinco años después, eso es el pan nuestro de cada día. Nuestra sociedad está cambiando continuamente de dirección: hoy está de moda llevar un gorro aunque haga cuarenta grados, mañana será el último grito ponerse una ristra de chorizos en el cinturón, ¡qué se yo! Y, efectivamente, es el continuo bombardeo publicitario, en todas sus múltiples formas, el que dicta que dirección es la que se toma en cada momento. Y como le pasa al pobre Joe, la gente hace ciegamente caso de lo que ve anunciado, no se lo plantea lo más mínimo. Es más (y ahí está el gran acierto de Dick) la gente esta convencida en lo más profundo de su ser que hacer caso a esos anuncios es la solución a sus problemas. Cuando sale anunciada una nueva televisión no pensamos si realmente la necesitamos, o si realmente es tan novedosa como dicen o simplemente le han cambiado el color, es más baja, más alta, más gorda o más flaca.  Una vez hayamos visto cuatro o cinco veces el anuncio, empezaremos a pensar que realmente nuestro televisor es un cachivache obsoleto, pues ya tiene seis meses de antigüedad, y corremos el riesgo de no estar completamente “a la última”. La publicidad se ha convertido en nuestra conciencia del mismo modo que los anuncios de Runciter se convirtieron en la de Joe Chip. Escalofriante cuanto menos.
            Pero el autor todavía tenía más que decirnos. Al inicio de cada capítulo, en forma de encabezado, aparece siempre un pequeño spot publicitario sobre cosas varias como café, dentífrico, cerveza, sujetadores, productos de limpieza, etc., y siempre es el mismo producto el que anuncia todas esas cosas: Ubik. El lector no para de  preguntarse qué demonios será el Ubik, y de repente resulta que por fin aparece en la trama… ¡y será la pieza que resolverá todo el problema! Eso sí, nadie tiene ni idea de que se trata. Si ahora ponemos la vista en nuestro tiempo, vemos como Dick hizo diana de nuevo. Ya no solo es que la publicidad esté hasta en la sopa, y que precisamente por ello haga que nosotros mismos creemos necesidades, sino que, como en la obra, muchas veces resulta que verdaderamente lo que se anuncia es la solución.
Marcuse explicó ya en su momento como el mundo en el que vivimos es tan totalitario. La sociedad del consumo crea necesidades en nosotros, pero consigue mantenerse porque dichas necesidades no son algo ajeno al individuo, sino que son creadas por el mismo sujeto, debido a la constante ráfaga publicitaria, y por ello tales necesidades son algo intrínseco a la persona. De esta forma, el sujeto  necesita consumir para satisfacer una necesidad que de hecho tiene, no solo ilusoriamente. Por tanto, la publicidad es quien ofrece múltiples productos para saciar al consumidor, y por ello se vuelve algo vital.
Philip K. Dick muestra esto de manera ejemplar con su producto estrella Ubik. Consigue no solo que el lector se muera por saber qué es el Ubik, sino que coetáneamente hace lo mismo con Joe Chip, el cual es consciente de que depende a vida o muerte de ese producto, producto que no sabe qué es, pero que aún así necesita. Nótese la radicalidad. Y efectivamente, Ubik resulta ser la solución a sus problemas, por lo que cuando lo consigue (cosa que le supondrá más de un quebradero de cabeza) nuestro amigo Joe respirará aliviado.
De nuevo debemos ver el terrible reflejo de nuestro mundo en la obra. Hoy en día la gente verdaderamente necesita consumir, se crean necesidades que solo se pueden saciar si atendemos a lo que nos dicta la publicidad y compramos el producto adecuado para ello. La publicidad se ha convertido en el mesías del nuevo mundo, pues nos dice las palabras de salvación que tanto ansiamos oír para poder descansar en paz con nuestro nuevo iPhone 12. Por muy exagerado que suene, no lo es. Piénsese, por ejemplo, en que hoy en día es necesario tener un teléfono móvil. No es que lo queramos porque es muy divertido poder hacerse fotos en cualquier momento poniendo caras extrañas para luego subirlas al Facebook, sino que de hecho, en nuestra sociedad, ya no existen prácticamente cabinas, por lo que o tienes un teléfono móvil o es muy posible que si estás solo en la calle no puedas llamar a nadie. Teniendo en cuenta esto, deberíamos darle las gracias a las agencias publicitarias por informarnos día y noche de cuales son las últimas novedades en telefonía móvil, pues lo vamos a necesitar si queremos comunicarnos una vez estemos fuera de casa. Y, jugando al juego de Dick, me aventuro a decir que en no muchos años tampoco tendrá sentido que tengamos teléfonos con los que solo se pueda hablar llamando con ellos, pues se habrá convertido en una necesidad real el hecho de tener Whatsapp o Telegram para comunicarte con tu gente, y entonces deberemos volver a agradecer a la misericordiosa publicidad que nos recuerde cada cinco minutos que Samsung ha sacado un móvil nuevo que hasta te hace el nudo de la corbata. Esperemos que las cosas cambien y que yo me equivoque a diferencia de Philip K. Dick.

Es digno de reflexión, como mínimo, que alguien que escribió un libro en 1969 acertase tan plenamente sobre como sería la sociedad de hoy. Y más viendo que no es un futuro (o presente) muy conmovedor. Deberíamos escuchar más lo que la gente del pasado tiene que decirnos sobre como puede acabar el mundo si no cambiamos las cosas. Philip K. Dick nos da un duro golpe de realidad al mostrarnos que, aunque no hemos alcanzado el progreso tecnológico que se muestra en su obra, sí hemos llegado (e incluso traspasado en los peores casos) a los problemas de los que ya nos advirtió. Nosotros podemos quedar maravillados al leerle, incluso puede que nos riamos con obras tan esperpénticas como Ubik, la cual no dejo de recomendar. Pero si él tuviese que ver que sus peores predicciones se han hecho ciertas, desde luego que rompería a llorar. Bueno, siempre quedará el Prozac.
Matt K. Lann

           

lunes, 3 de marzo de 2014

El Proyecto K. Dick

Suponemos que habrá que comenzar desde el principio:
El proyecto K. Dick puede decirse que surgió al igual que aquella 'Generación Perdida' de Faulkner: unos pocos con inquietudes, incertidumbres, inestabilidades  y algunas crisis existenciales, que aunque muchos la desechan, hoy en día son tan necesarias como la existencia en sí.
Nuestro proyecto trata de encontrar distintas ideas de una obra, de un pensamiento o algún asunto social  y tratarlas con la mayor capacidad creativa que nuestro joven cerebro nos permite. Sin olvidar como no la famosa política, en la que nos inmiscuimos, no solo por el hecho de la necesidad de hacerlo y no caer en la ignorancia social, también lo hacemos por llevarle la contraria a esos enanos bigotudos que decían aquello de 'ustedes hagan como yo y no se metan en política', sumado a gran la importancia de recordar a esos griegos a los que tanto debemos y tan rápido han hecho que nos olvidemos de ellos.
Con respecto al nombre: una ocurrencia general que se produjo con el éxtasis del alborozo de ser Philip K. Dick uno de los primeros autores que, sentados en las escaleras de aquel parque, conseguimos abarcar una buena parte de lo que quizá quiso tranmitir con sus libros.
Como dirían las concubinas de R. Siffredi 'No me dilato más'. El propósito de este blog es plasmar por escrito aquello que tratamos en persona o simplemente lo que no podemos expresar oralmente, siempre bañado con aquella única lógica sutil, que el ser humano anda perdiendo por los rincones de su resignación. Quizá nunca nadie excepto nosotros lea esto. Quizá sí. Pero si no conseguimos ser leídos es por algo que ya dijo R. L. Stevenson:
"Tanta prisa tenemos por hacer, escribir y dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad, que olvidamos lo único realmente importante: vivir."