lunes, 24 de marzo de 2014

¡Si Platón levantase la cabeza!


           

“Solo se que no se nada”, así hablaba Sócrates. Repetida hasta la saciedad, malentendida hasta la agonía, esta frase ha sido tomada como ejemplo de “reflexiones absurdas” de filósofos e intelectuales pedantes que pretenden mostrar una falsa modestia que enmascara las ganas de dar lecciones a todo el que no se las pida. ¿Pero es ese el mensaje platónico? Dicha sentencia va mucho más lejos de dejar pensando al lector incauto “wow… ¡qué profundo era este griego!” cuando en realidad piensa que se trata de una soberana paparruchada de filosofillos que, como no tienen nada mejor en lo que gastar su tiempo, pues se dedican a soltar sin sentidos, eso sí, increíblemente poéticos. Les deseo lo peor a toda esa calaña.
            Pocos son aquellos que se toman en serio esta frase (y la filosofía en general) y entonces empiezan a vislumbrar cuál es el verdadero trasfondo del sinsentido socrático. No se trata de aparentar falsa modestia ni de decir una frase bonita y enrevesada, sino que realmente Sócrates era consciente de todo lo que todavía no conocía, pero sobre todo, era consciente de lo que eso implicaba. Sabía que todavía le quedaba mucho por aprender, pero que se podía aprender; sabía que sus conciudadanos consideraban que ya habían completado su formación intelectual y que por eso se burlaban sin piedad del anciano Sócrates, pero que él no se debía fiar de ellos, pues el aprender es algo que nunca cesa a lo largo de la vida; y por encima de todo, sabía que existía la verdad, y que ni él ni los demás (por muy obstinadamente que así lo afirmasen) la habían encontrado. Por eso todos, Sócrates incluido, eran unos ignorantes empedernidos.
 “Solo se que no se nada” es una defensa a ultranza de la existencia de la Verdad y de la sabiduría, no una fanfarronería abstracta.

En el Menón, Platón relata desde la boca de su maestro como la Verdad sí que existe y que se puede alcanzar si se hace el ejercicio adecuado. Consigue que un esclavo del que se presupone total desconocimiento de matemáticas descubra por sí mismo el teorema de Pitágoras, y en efecto así lo hace. ¿Qué pretendía mostrar con esto este “anciano ignorante”? Que el conocimiento, el verdadero conocimiento, es perfectamente alcanzable, pero es laborioso llegar a él. Cuál es ese proceso es la pregunta que todo lector se debería hacer en este momento, al menos si tiene un ápice de sangre y curiosidad en su ser. ¿Cómo pudo el esclavo equipararse al gran matemático Pitágoras y llegar a la misma conclusión? Pues porque cuando Pitágoras descubrió el teorema que ahora lleva su nombre no lo hizo siendo Pitágoras, sino siendo cualquier otro. Me explicaré mejor. El teorema de Pitágoras es verdadero no porque lo diga Pitágoras, ni el profesor de matemáticas de nuestra escuela, ni porque lo diga Punset, sino que es verdadero porque cualquier persona que hiciese bien los razonamientos y no errase en los cálculos ha de llegar a la misma conclusión que Pitágoras hace tantos siglos. Vuélvase a leer la frase: cualquier persona. Cuando Pitágoras se plantó por primera vez frente a un triángulo no se quedó pensando cuán bonito (o feo) le parecía el triángulo a él, ni si lo veía rojo, azul, amarillo o gris. Lo que hizo fue mirar al triángulo y pensar lo que ese triángulo tenía de común tanto para él, como para un pastor de la antigua Grecia, así como para cualquiera de estos locos del Proyecto K. Dick de los que Pitágoras no tenía ni idea de que existiríamos. Y al hacer ese proceso de ponerse en el lugar de cualquier persona es como descubrió la Verdad sobre el triángulo que tenía enfrente suya: que tanto ese triángulo que él veía como cualquier otro triángulo que cualquier otra persona pudiese contemplar cumpliría la ecuación c2 + c2 = h2. Con este simple proceso de ponerse en el lugar de cualquier otro Pitágoras acababa de visitar el continente de la Verdad. La Verdad existe y solo hay que coger el barco adecuado para anclar en su puerto.
Platón era muy consciente de la valía de ese continente al que parece tan fácil llegar a través de las matemáticas. No en vano tenía escrito en el friso de su academia que no entrase nadie que no supiese matemáticas. Sócrates, obviamente, también entendía el gran poder de la Verdad, y por eso estaba siempre tras de ella aunque fuese tan escurridiza, preguntando de aquí para allá qué diablos es un zapato (solo un idiota no lo sabría, ¿no?). Precisamente por eso se declaraba ignorante, porque sabía que existía la Verdad, que había que buscarla y que era una ardua tarea. Ahora bien, también era muy consciente de que si él o cualquier acérrimo buscador de la verdad no había sido capaz de capturarla, mucho menos lo habrían hecho sus vecinos, los cuales no tenían la más mínima intención de esforzarse por ello. Era mucho más cómodo pensar que ya lo sabían todo y operar desde ahí.
Estos dos griegos tan famosos dedicaron su vida entera a buscar la Verdad y ensalzarla por encima de todo, se desvivieron por que fuese ella quien gobernase a los hombres. Esto llevó a Sócrates a beber la cicuta y a su alumno a hacer muchos malabares para eludirla. Siglos después, el fervor por la defensa de la Verdad que apareció en la cuna de Occidente pareció ser recogido por unos franceses revolucionarios, los cuales pretendieron devolverla a su trono. No era otra cosa lo que trasmitía la frase “que gobiernen las leyes, no los hombres”. Hoy en día, ya en el siglo XXI, ¿qué queda del mensaje de Platón? ¿Y del intento ilustrado por volver a hacerle caso?

Del mismo modo que Nietzsche mató a Dios, la postmodernidad ha acabado con la Verdad. Si Platón levantase la cabeza se daría de bruces con un mundo que ha hecho una gran bola de papel con su legado, lo ha tirado, calcinado los restos y dado de comer a un perro las cenizas. Efectivamente, hoy en día, la Verdad no existe, por lo que Platón sería un viejo estorbando y chupando del frasco de la pensión del estado, así que mejor matarlo de nuevo, como aquella Atenas que juzgó a Sócrates.
Me provoca náuseas tener que hacer frente a gente que me llama totalitario solo porque defiendo que existen cosas que son buenas por sí mismas y otras que del mismo modo son malas, gente que me llega a acusar de fascista por decir que existe la Verdad y que hay que tratar de dar con ella para procurar que las cosas vayan como es debido. ¡Qué lo voy a hacer! Soy platónico empedernido y quiero hacer un poco de justicia a este personaje tan maltratado, aunque sea con una ínfima aportación. Es vergonzoso que haya individuos que consideren que eso del “deber ser” contrapuesto al “ser” es una imposición violenta, pues para mí el deber ser puede ser una cosa y para alguien de Islandia otra muy diferente. Por qué narices iba a tener yo razón al decir que nadie tiene derecho a arrebatar la vida a otra persona si en Texas la gran mayoría está a favor de la silla de la muerte. Pues simplemente porque, como decía Platón, no soy yo (Matt) quien afirma que es absolutamente ilegítimo sesgar vidas, sino que al ponerme en el lugar de cualquier otro se me caería la cara de vergüenza si proclamase algo distinto. Sin embargo, la postmodernidad ha convencido plenamente a la gente que eso de la Verdad no existe, que todo es un asunto cultural, que yo no puedo ir a Texas a protestar por la gente que es ejecutada injustamente porque allí no es ilícito. Y justo eso es lo que me enerva: que no ES ilegal la pena de muerte, pero DEBERÍA SERLO. Este es el combate de los pesos pesados que se lleva dando a lo largo de toda la historia, el ser contra el deber ser, y que la postmodernidad finalmente ha declarado como victorioso por K.O. al ser. Despierta en mí el mayor de los desprecios este resultado tan vomitivo.
Estos tiempos en los que vivimos en donde todo es relativo nos han llevado a decir una sarta de –perdón por la expresión- gilipolleces de un calibre inimaginable. Me he llegado a encontrar desde gente que dice que eso de los médicos es una bobada, que un curandero va a saber mejor tratarte un cáncer que la quimioterapia o cómo operarte a corazón abierto, pues es muy fascista eso de considerar que el médico tiene razón y el curandero no, pues la Verdad no existe, todo el mundo está en lo cierto si así lo piensa; llegando a otros que afirman que la Declaración de los Derechos Humanos es una imposición violenta de la cultura Europea, que se autoerigió como defensora de la humanidad en un nuevo intento enmascarado de extender su cultura a todos los rincones del mundo. No tengo palabras.
Se que por mucho que lo aclare se me va a malinterpretar, pero voy a intentarlo una vez más. No pretendo con esto expuesto aquí arriba decir que los métodos alternativos de medicina sean absolutamente ineficaces, ni que la gente no deba visitarlos. Tampoco estoy haciendo apología de Occidente diciendo que todas sus atrocidades han sido en nombre del bien común, ni mucho menos. Solo pretendo decir que es absurdo considerar que una persona que tiene una carrera de medicina, y que le habrá costado años sacar, sea considerada al mismo nivel que un ungüento de plantas y excrementos de mono. No es que el ungüento tenga que ser inútil, sino que la ciencia ha avanzado no solo para mal, sino que a veces nos obsequia con regalos como la penicilina o la quimioterapia, algo más eficaces que los métodos tradicionales. Y tildar a esto de fascista es una verdadera barbaridad. ¿Me puede alguien explicar qué tiene de malo afirmar rotundamente que el médico está mejor dotado para tratar el cáncer que el chamán del pueblo de mi madre? Con respecto a la Declaración de los Derechos Humanos, es obvio que Europa se ha dedicado, en compañía de su fiel amigo EE.UU., a masacrar todo el mundo, desde la brutal represión que hubo al colonizar América en 1492, hasta las invasiones en Irak llevadas a cabo por EE.UU. y apoyadas por el gobierno de un absoluto impresentable como es José María Aznar. Soy el primero que está en contra de tales atrocidades. Ahora bien, es de lo más ridículo considerar que algo como los derechos humanos tiene la misma finalidad, cunado entre sus postulados está el hecho de que todos nacemos iguales y con los mismos derechos, seamos de donde seamos, procesemos la religión que procesemos, etc. Y por ende, nadie debería poder hacer lo que hace Europa y EE.UU. al invadir todos esos países.
Lo más gracioso de todo este asunto es que si en algún momento uno de estos individuos posmodernos padece cáncer, no creo que vaya a un herbolario, del mismo modo que si en algún momento son juzgados por un tribunal no creo que renuncien a sus derechos universales a la hora de ser procesados. Por lo que encima son hipócritas.

¿Por qué ciertos avances médicos o sociales son buenos en sí mismos, como los que acabo de citar? Porque aunque se desarrollasen en Occidente, no se hicieron pensando en que tenían que ser cosas exclusivas para los occidentales, sino que tenían que ser cosas que englobasen a cualquier persona. Por ello, no existe una penicilina específica para asiáticos y otra para europeos. Tampoco hay unos derechos humanos que solo afecten a los blancos pero no a las demás personas. No, rotundamente no. Esas cosas, precisamente por ser verdaderas, atañen y son exactamente igual para todos. Les guste a los postmodernos o no, hay cosas que son verdad y que deben ser defendidas por sí mismas como valores a los que no debemos renunciar, y no por ello debemos ser tachados de retrógrados o totalitarios los que las defendemos.
Este relativismo putrefacto que empapa nuestra sociedad también ha llegado a la política, cómo no. Ahora lo que está de moda es situarse más allá de todo conflicto político, en una posición absolutamente cómoda en la que se critica tanto a la derecha como a la izquierda, pues ambas consideran que existe una verdad, y eso es una cosa muy obsoleta. Los postmodernos son gente tan inteligente que día a día nos demuestran que es mucho mejor no situarse ni en el lado de unos ni en el de otros, sino que lo ideal es quedarse en el sofá de tu casa poniendo verde al gobierno por destrozar la educación y la sanidad pública por un lado, y a los manifestantes que golpean porras con la cara por otro, pues esa gente no se da cuenta de que defender tus ideas, por muy de sentido común que sea, es fascista, autoritario y violento, y por eso son igual de malos que los que mandan. Me encantaría ver a alguno de esos posmodernillos con rastas marca Nike explicándoles esto a Robespierre o a Durruti. Se hubiesen llevado una buena colleja.
Y lo que personalmente más me revienta de este relativismo que considera que la Verdad es mentira (¿solo yo veo esto como una terrible pamplina?) es que toda la izquierda esta impregnada de él. Ahora está de moda eso de “la izquierda líquida” que viene a ser una izquierda que no es de izquierdas, pues ser identitario es considerar que existe la Verdad y eso es peor que pegar a un padre. Resulta que ahora muchísima gente se declara de izquierdas pero consideran que es de radicales buscar la abolición del capitalismo, ya que eso suena peligrosamente a comunismo y no queremos tal cosa; o consideran que, y os juro que esto es verídico, los GAL “tampoco fue algo tan malo”. A esta clase de gente ni se te ocurra mencionarles personajes como el Che o Karl Marx, porque entonces eres igual de malo que Hitler, ¡o más!
Sigo sin entender el sentido de declararte de izquierdas sin defender ninguno de sus ideales ni salir a la calle a manifestarte por que te pisan los derechos. Ah, claro, pero es que los derechos también son algo totalitario. ¡Venga por favor!

Con todo este percal es normal que Platón no quisiese ni acercarse al año 2014, pues se le acusaría de terrorista como mínimo. Pero es que de hecho no tendría nada que hacer, pues la postmodernidad ha guillotinado a la Verdad y la ha enterrado en lo más profundo de la tierra, por lo que cada vez es más absurdo que unos cuantos pocos sigamos luchando por ella. No obstante, toda la gente que creemos en personajes como Platón, Sócrates, Robespierre, Kant, y sí, MARX (llamarme rojo si os apetece), entre otros muchos, hemos heredado una cosa muy importante los unos de los otros: una cabezonería impetuosa que hace que año tras año, siglo tras siglo, se haya conseguido que, aunque mínimamente, estos ideales fuesen conservados hasta el presente. Y hay mucha gente que lucha decididamente por que la siguiente generación los siga manteniendo. Les doy todo mi apoyo y admiración, tanto a los presentes como a los pasados.
Esperemos que nunca deje de tener sentido la Verdad, la Justicia y la Belleza.

Matt K. Lann




            

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