miércoles, 2 de julio de 2014

Máster en desgracia humana.

 Prestigioso título ofertado por la Universidad del Neoliberalismo.

“-Cuando doy comida a los pobres me llaman santo-
dijo el obispo brasileño Helder Cámara-.
Y cuando pregunto por qué no tienen comida, me llaman comunista.”

Durante estos últimos años los estudiantes de las diversas universidades (me incluyo) se han venido quejando de la brutal subida de tasas. Pagar la matrícula es algo ya al alcance de muy pocos, y mucho más pequeño es el círculo de los que consiguen alguna beca o cualquier clase de ayuda para poder acceder a los estudios universitarios. La imparable mercantilización de lo que debería ser el templo del conocimiento ha conseguido que tener una carrera sea algo con lo que ya solo unos pocos sueñan; mucho más ilusos son aquellos que confían en que podrán quedarse como profesores de la misma.
Ante este panorama desolador alguien podría echarse las manos a la cabeza y vaticinar el final del conocimiento. ¡No tan rápido amigo!, aun queda alguien que se preocupa por ofrecer a los ciudadanos del mundo un importante título, que le ayudará y perseguirá -incesablemente- a lo largo de toda su vida. La sabiduría todavía tiene un aliado muy poderoso: ¡el sistema neoliberal! Pasen y vean.

En 1998 Eduardo Galeano escribió una obra simplemente magnífica. El libro en cuestión se titula Patas arriba. La escuela del mundo al revés, y desde luego recomiendo su lectura a todo el mundo. Entre sus páginas nos encontramos la solución al problema que planteé en los primeros párrafos.
Galeano tiene el placer de ofrecernos el plan de estudios con más futuro y prestigio que hoy en día podemos ver en todo el ámbito universitario. Se trata del programa de La escuela del mundo al revés, en donde hallaremos interesantísimas -y sobre todo, muy útiles para nuestra inserción en el mercado laboral- clases como “Curso básico de injusticia”, “Curso básico de racismo y machismo”, “La enseñanza del miedo”, “Lecciones contra los vicios inútiles” (en donde nos enseñarán a despojarnos de esa carga innecesaria que algunos tan tozudamente nos empeñamos en conservar, como es el pensar por uno mismo), y para los alumnos más audaces, “La impunidad de los exterminadores del planeta” o “Lecciones de la sociedad de consumo”. Estas son, entre otras, las asignaturas que nos ofrece este maravilloso máster del neoliberalismo; todo ello con el fin (¡por supuestísimo!) de mejorar nuestros conocimientos y poder ser gente con un título verdaderamente importante. Menos mal que alguien aún mira por nosotros.

Según vamos recorriendo los pasillos de esta universidad, vemos como la pluma de Galeano nos cuenta las fábulas del mundo en el que vivimos. Narra tan bien estas fábulas que, ¡oye!, hasta parece que en vez de fábulas se tratase del mundo que habitamos. En las diversas clases nos enseñan como, gracias a la aguda intervención del mercado, multitud de países descarriados -la mayoría de Latinoamérica- volvieron al sendero del que nunca debieron salir; nada de votar a partidos socialistas (en qué estaría pensando Chile al elegir democráticamente a Salvador Allende) que empiezan a nacionalizar empresas extranjeras y a repartir los beneficios en vez de las deudas. Ellos no saben lo que quieren, y por eso es mejor la intervención de Augusto Pinochet a que el pueblo elija libremente. De esta manera, los ya licenciados en esta universidad consiguieron rescatar al país de la amenaza comunista.
Tras el cambio de clase, podremos asistir a la siguiente lección. En ella, el profesor nos enseñará a ocultar años y años de historia, remodelarlos al gusto y venderlos a todo el planeta. Gracias a estos catedráticos sabemos que, aunque la mayoría de las tribus africanas siempre han convivido en paz las unas con las otras, no es hasta la llegada del demonio blanco por lo que empiezan sus disputas. Rivalidades que nunca han existido brotan gracias a la rigurosa labor del conquistador europeo, que con un buen discurso y alguna que otra metralleta, consigue que reine el caos entre estas tribus. Una vez sembrados los vientos, toca recoger y vender las tempestades. En absoluto haría bien al mundo conocer la verdad, a nadie le interesa tener la absurda idea de que los pueblos africanos son civilizados sin necesitar la ayuda europea o estadounidense, para nada. Es mejor vender a todo el mundo que estos salvajes siempre han sido así, y que el hombre blanco, en un alarde de altruismo, ha decidido ir a civilizarles. Malas lenguas son aquellas que dicen que van para robarles el petróleo o los recursos mineros, eso es completamente secundario y casual.
También podremos aprender alguna que otra cosa sobre Cuba, el país que tanto miedo da a Occidente, que con solo nombrarlo ya corres el riesgo de ser tachado de masón, comunista, marxista, terrorista y más cosas acabadas en “ista” y que suenan muy feas. Esta vez el profesor nos cuenta como, desde la caída de la ayuda económica que suponían los países del este de Europa, en Cuba empezó a predominar el dólar. Desde entonces, a pesar de que no han conseguido acabar con la educación y la sanidad, pues tienen de las mejores en todo el mundo, la delincuencia y la pobreza han aumentado exponencialmente en la isla. A este respecto, Galeano nos trae el testimonio de un amigo suyo: “Les falta todo. Eso sí: dignidad les sobra. Como para hacer transfusión.”. Muy interesante la declaración, da para reflexionar por qué esto es así. Sin embargo, el profesor de la universidad nos alerta del peligro de esto: “¡No pienses! ¡Obedece!”. Así pues, es mucho mejor vender al mundo (siempre por su propio bien) que el problema de Cuba no es ni el desplome de el 90% de su economía tras la disolución de la URSS, ni que el bloqueo estadounidense impida cualquier clase de relación comercial con los demás países europeos, ni mucho menos, la intromisión incesante del modelo económico neoliberal yankee en un territorio que, simplemente, no quiere tenerlo; nada de eso, la culpa es de que estos pintorescos personajes cubanos, como el Ché o Fidel, tuvieron la mala idea de pensar por sí mismos y allá que se lanzaron a instaurar el comunismo. ¡Vaya cabezas de chorlito!
Nos encontramos algo muy similar en las clases sobre Brasil. El hecho de que miles de niños estén en la calle viviendo de la mendicidad y de lo poco que puedan robar cada día para subsistir, o de que para evadirse de este mundo de mierda que les aplasta sin ninguna clase de compasión todos los días esnifen pegamento, es debido a su naturaleza inferior de indígenas. Nada tiene que ver la invasión de los países del norte que, de nuevo con palabras y alguna que otra bala, expropiasen todos los recursos importantes que tenían los brasileños para sobrevivir y empezase a corromper la política del país invadido para hacer contrataciones favorables a sus proyectos. De nuevo, esto nada tiene que ver; la culpa es de que los niños brasileños no quieren hacer nada por cambiar su situación, son unos vagos y unos maleantes por naturaleza y como tales morirán (seguramente antes de que dejen siquiera de ser niños).
Los países “desarrollados” hacen todo lo posible por ayudar a sus vecinos del sur convirtiendo a sus políticos en gente práctica para este mundo en el que vivimos. Es muy curioso el caso que nos relata Galeano sobre un político brasileño que ganó las elecciones bajo el eslogan “Rouba, mas faz”, que en nuestro idioma quiere decir “Roba, pero hace”. El pueblo brasileño tiene tan asimilado que sus políticos son corruptos (gracias al título que obtuvieron en esta, cada vez mejor, universidad), que prefirieron votar a aquel que les decía abiertamente: “Yo voy a robar, eso tenerlo por seguro. Ahora bien, también tengo intención de hacer alguna que otra cosa”, que a otro charlatán mentiroso, que ni bien sabe mentir. Gracias a La escuela del mundo al revés, todo Brasil tiene interiorizado que la política es sinónimo de corrupción. Como para conseguir así mejorar la situación del país.
Esta misma idea la encontramos no solo en Brasil, sino en la mayoría de los pueblos de América Latina. Y lo que es más triste, ya no solo en relación a la política, sino también con la policía. La mayoría de la gente de las ciudades del sur de América prefiere tener el mínimo contacto con la policía, pues son muy conscientes de que ellos no solo son corruptos, sino que encima van armados. De este modo, muchas veces asumen actos injustos contra sus personas antes de tener que vérselas con el cuerpo de policía. Pero, para variar, esto nada tiene que ver con que las empresas extranjeras del mundo del libre mercado den pagas extraordinarias a los policías que acaban con los niños delincuentes en las calles que tanto les estorban, nada más lejos de la verdad. Es que estas gentes del sur llevan en sus genes ser unos bárbaros, y no hay nada que se le pueda hacer.
Merece ahora la pena citar el testimonio de un chico cubano acerca de la policía en su isla. Un visitante español en la isla comentaba, en presencia del muchacho, la paliza que le propinaron al hijo de un amigo suyo la policía en España a raíz de una infracción vial que cometió. Ante esto, muy sorprendido, el joven dijo que eso en Cuba era imposible que pasase, puesto que las penas por agresión que se le imponen a los policías son mucho mayores que las que se le imponen a los demás ciudadanos. Y además -seguía relatando el chico- los demás policías delatarían a su compañero, ya que saben que está ejerciendo un abuso de autoridad. Lo más curioso de toda esta anécdota es que el muchacho en cuestión era un granujilla de barrio que sobrevivía robando lo que podía para comer, y aun así defendía firmemente a la policía1. Cosa completamente inaudita en el hemisferio “civilizado” del planeta.
Pero como ya sabemos, pues nos vamos quedando con los consejos que nos dan nuestros estupendos profesores, estas cosas es mejor no decirlas, no vaya a ser que se rompa la compleja estructura neoliberal que tanto tiempo y sangre (nunca propia) ha costado instaurar y tengamos que empezar de nuevo, ¡Dios no lo quiera!

Una vez terminada la lectura comprobamos como Galeano, con un aire circense increíble, nos muestra como realmente el mundo está al revés. Día a día tratamos con verdaderas barbaridades y nos parecen completamente normales, y sin embargo, ponemos el grito en el cielo frente a completos absurdos. Mientras comemos vemos impunemente noticias sobre como niños mueren de hambre y enfermedades en África, o como países están en guerra debido a invasiones externas, y miles de atrocidades más; y en el mejor de los casos se nos escapa un “madre mía…”. Sin embargo, montamos un alboroto increíble porque nuestra conexión a internet va lenta y no podemos ver bien la última película de Hugh Grant o porque no se descarga a tiempo el último capítulo de The walking dead. ¿Realmente nadie más se percata del problema de raíz que esto supone?
Pero claro, ahí está el siguiente conflicto. Este prestigioso máster en desgracia humana no solo se encarga de no informar a la gente con la verdad mientras que le mete por un embudo miles de mentiras, sino que también tiene clases magistrales sobre cómo acallar las voces que se alzan. A nadie le gusta que el césped de su jardín este desigualado, y por eso corta las malas hierbas que sobresalen. El mundo es el jardín de ese pequeño porcentaje que hace lo que quiere con el planeta entero, y los librepensadores son las malas hierbas (malísimas), por lo que hay que exterminarlos. Y, en el fondo, no es muy difícil acabar con esta lacra del planeta. De hecho, prácticamente basta con prohibir una cosa: preguntar por qué. Esto se lleva haciendo milenios, desde que Sócrates bebió de la cicuta (como ya comenté en mi anterior artículo) hasta el obispo Helder Cámara con el que empezaba este artículo, pasando por todas aquellas voces que han sido enterradas (pero nunca olvidadas) a lo largo de la historia.
Intentan destrozar toda la estructura universitaria para conseguir que dejemos de preguntarnos el por qué de las cosas. Por suerte, personas como Eduardo Galeano no se dejan silenciar tan fácilmente; y hay muchas más que tampoco están dispuestas a callarse. Ellos los llaman malas hierbas porque les molestan, pero son las flores que nos recuerdan que el mundo debe ser un jardín y no una piara como lo es actualmente. Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera.

Matt K. Lann



1 Esta anécdota la he extraído del libro A quien corresponda, sobre Cuba, la Ilustración y el socialismo, de Carlos Fernández Liria. Este breve libro da una visión muy interesante sobre la situación de Cuba, por lo que no dejo de recomendarlo. Está disponible gratis en formato digital en rebelión.org.

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