sábado, 6 de junio de 2015

ΔΙΌΝΥΣΟΣ, ἚΡΩΣ, ΘΆΝΑΤΟΣ: PELIGRO, JUEGO Y NECESIDAD

¡Oh, feliz aquel que, dichoso conocedor de los misterios de los dioses, santifica su vida y se hace en su alma compañero de tíaso del dios, danzando por los montes como bacante en santas purificaciones, celebrando los ritos de la Gran Madre Cíbele, agitando en lo alto su tirso y, coronado de yedra, sirve a Dioniso!

Una encandiladora atmósfera de erotismo, lujuria y violencia, a la que nadie se puede resistir, envuelve casi siempre al teatro griego. La tragedia clásica llama a las puertas de nuestro inconsciente, clamando a gritos que nuestros impulsos más animales salgan a fuera. Pero nos asusta pensar en lo que seríamos capaces de hacer si nos dejásemos llevar, nos da miedo responder a esa llamada. ¿Pero a quién no le gusta jugar con el miedo a lo prohibido? Todos abrimos la puerta y dejamos que los versos de la antigüedad nos lleven donde solos nunca nos atreveríamos a adentrarnos.
Es una explosión de crueldad innecesaria y sexo frenético. Tánatos y Eros, mezcla perfecta.
Pero queda el último elemento. Violar el umbral de la moral no es sencillo, necesitamos una pequeña ayuda: debemos estar locos o borrachos. O ambas cosas. Dioniso, señor de los delirios y del elixir de la vid, viene a darnos este empujoncito final. Una vez que el dios se ha hecho con nuestro cuerpo ya no hay marcha atrás, no seremos nosotros los que controlemos nuestros actos sino los más profundos deseos, oscuros las más de las veces. O como mínimo no bien vistos por los ojos de la civilización.
Como en Las bacantes, nos damos al monte para disfrutar como animales, como verdaderos animales, de las danzas, de la bebida y de las orgías. Una bacanal en toda regla en honor a aquel que nos despojó de las cadenas de la ética. Pues las fiestas báquicas no es que sean inmorales, sino que están más allá del bien y del mal. No se pueden mirar bajo el prisma de lo moral porque precisamente lo moral nace como la frontera frente a este éxtasis dionisiaco, frente a la pura exuberancia.
Ahora bien, no hay que menospreciar este límite. Si dejamos que Baco sea el único rector de nuestra vida podemos llegar a cometer atrocidades innombrables. Es el caso de Ágave portando orgullosa la cabeza de su hijo Penteo, cabeza la cual ella había arrancado con sus propias manos en pleno fulgor orgiástico y que ahora porta empalada, agitándola al viento para mostrar el premio de su cacería. Y no solo eso, sino que comió y ofreció a sus hermanas la carne del resto del cuerpo para deleitarse como si de un banquete exquisito se tratase. Cuando reparó en su hazaña, cuando la cabeza de Penteo perdió el velo de león frente a sus ojos, la madre no pudo hacer otra cosa que horrorizarse, hundirse en lo más profundo de su tristeza y vergüenza. Del fervor a la miseria. Vagar errante junto a sus hermanas en el exilio, en un vano intento de olvidar y expiar sus pecados, es el destino que le espera.

Dioniso está ahí, no hay que olvidarlo. Incluso hay que jugar con él, hay que rendirle pleitesía. Debemos embriagarnos con el vino, vivir la vida, disfrutar, dejarnos llevar por nuestros deseos. De otra manera la vida es insufriblemente aburrida. Pero hemos de tener presentes que el vino es como aquel phármakon griego: medicina y veneno, dos caras de la misma moneda. Nos permite jugar con los placeres ocultos, pero al mismo tiempo, si nos pasamos, acabará con nosotros.
La grandeza de Las bacantes estriba justo en esto: nos permite fantasear con todos aquellos frutos impíos que tanto la moral como la sociedad rechaza por completo. Da rienda suelta a nuestra imaginación. Nos ponemos en la piel de una orgía en mitad del monte, bajo el crepitante calor de las antorchas, bañados sensualmente por la luz de la luna. El sabor del vino nos encandila y su alcohol nos embriaga; cada vez hay menos límites, aceptamos más y más el juego pecaminoso. Incluso se coquetea con la idea del incesto, tan alarmante para toda persona y a la vez tan profundamente anclada al inconsciente. Recordemos a ese Penteo ansioso por observar, al más puro estilo voyeur, a su propia madre en mitad de culto a la divinidad.
Pero no solo con sexo nos tienta Eurípides, también nos trae a escena nuestra sed de sangre. Esa sensación de imponer nuestra fuerza, de descargar todo nuestro poderío, de quedar extasiados por el desahogo de toda nuestra rabia, ira, furia descontrolada sin más motivo que el propio ensalzamiento de la violencia. No solo nos gusta dar vida, también ansiamos quitarla, nos acerca a la posición privilegiada de los dioses, y merecemos sentirnos como ellos al menos por unos instantes.
Nuestra imaginación alcanza el orgasmo en una mezcla de satisfacción y de poder. Por eso nos gusta Las bacantes pese al macabro destino que aguarda a los protagonistas, porque juega con el límite de lo indecente, e incluso se atreve a superarlo.
Sin embargo, no debemos pasar por alto el aspecto negativo de la obra, igual de necesario. Está bien deleitarse en ese coqueteo imaginativo que insinúan los versos de Eurípides, pero debe quedarse en eso: en un mero coqueteo. Si nos extralimitamos y renunciamos a todo límite, acabaremos decapitando no solo a nuestros hijos, sino a la posibilidad misma de que la sociedad sea un lugar habitable. Vivimos unos junto a otros, y para que todos podamos jugar con Dioniso (y no solo unos cuantos que acaparan tal derecho para sus personas, y que por ello acaban desmembrando a los demás) debemos aceptarlo pero controlarlo. Hay que rendir culto a Baco junto a los demás dioses, tal como reclamaba el Extranjero al principio de la tragedia, pero no acabar con los demás dioses.
Así que, dejemos volar libre nuestra imaginación, no seamos unos mojigatos reprimidos que acaban desquiciados por no darse nunca un gustazo. Pero no nos creamos que solo de imaginación vive el hombre.

Matt K. Lann


martes, 21 de abril de 2015

LAS NUBES A RAS DEL SUELO

Nos contaba Alicia en una ocasión, hija predilecta de Lewis Carroll, al hacer memoria de lo una vez acontecido, lo mucho que le sorprendió su encuentro con la Reina blanca. Ésta no paraba de gritar y quejarse porque le sangraba un dedo por culpa de un alfiler, y Alicia, como chica bien educada, se preocupó por su nueva amiga y le preguntó que dónde se había pinchado. A esto la Reina contestó que aun no se había pinchado, pero que lo haría cuando se volviese a recolocar su mantón. Alicia se quedó pasmada. El razonamiento de la Reina venía a ser el siguiente: como ella tenía memoria al revés -esto es, se acordaba de las cosas que le iban a pasar, no tanto de las que ya habían pasado- recordó que se iba pinchar al volverse a sujetar el mantón, motivo por el cual ahora gritaba a raíz del dolor que le retornaba a la memoria. Por muy convencida que estuviese Su Majestad blanca, Alicia no le veía a ese razonamiento lógica alguna.
Igual de surrealista fue su merendola con el León y el Unicornio. Tenían una tarta a repartir, y la encargada de tal tarea era Alicia, como ella misma gusta de recordar. Sin embargo, por más que insistía e insistía, el pastel no quería dejarse cortar. Finalmente la tuvieron que explicar que si no repartía los pedazos de tarta primero y luego los cortaba nunca podría llevar a cabo su labor. Aunque con cierta reticencia, Alicia puso en práctica esta nueva metodología, y mira tú por donde, dio resultado. Y es que así funcionan las cosas al otro lado del espejo.

Yo tenía entendido que solo Alicia tuvo la suerte de cruzar a través del espejo, pero según van pasando los días estoy más convencido de que se dejó el espejo abierto y que en algún momento el resto del mundo fue a parar a tan disparatado lugar junto a nuestra amiga. Del mismo modo que en el espejo la memoria funciona al revés y las tartas se cortan una vez ya han sido repartidas, nuestro mundo funciona con una lógica inversa, si puede siquiera ser llamado lógica. Cada vez que nos dicen “problemas” en realidad lo que están diciendo es “soluciones”; siempre que oímos “natural” a lo que realmente se refiere es a “intolerable”; prácticamente todo lo que se hace pasar por verdad es una vil mentira. Un ejemplo cristalino es el paro. El paro es el gran problema a solucionar por todos los partidos políticos. La gente necesita comer, y para ello necesita un trabajo que les de dinero. Cómo no tildar al paro de problema, ¡y bien gordo! Sin embargo, el paro es un problema para nosotros, míseros humanos; para una economía capitalista es la solución a sus crisis, es el paracetamol de los mercados. No en vano los economistas, esos espadachines a sueldo del capital como solía llamarlos Marx, llaman al paro “tasa natural de desempleo”. Déjenme que les diga, pero a mí me pasa como Alicia: yo no se qué tiene de natural que la gente se muera de hambre, a mí me parece una barbaridad. ¡Bienvenidos al mundo a través del espejo!
Ahora bien, lo que ya se lleva la palma es cuando está inversión de la realidad se cuela en el plano teórico, ahí ya la cosa es un sin dios. Cuántas veces habré oído eso de que el marxismo es insostenible porque no podemos fiarnos de que los demás van a realizar su parte del trabajo comunitario (se refieran con eso a lo que se refieran), o que no podemos fiarnos de que el prójimo no vaya a querer enriquecerse, motivo por el cual puteará sin reparos a los demás (que yo sepa Marx nunca dijo que no pudiésemos enriquecernos), y demás cosas por el estilo. Otro argumento frecuentemente esgrimido contra los marxistas es que queremos acabar a largo plazo con el estado y sus secuaces los policías. Tienen la amabilidad de explicarnos, como si fuéramos retrasados, que el español es pícaro por naturaleza y que si puede robar lo hará, razón por la que hace falta un estado y una policía que encauce a los malhechores. En definitiva, según estas personas, somos unos incrédulos por considerar al ser humano bueno por naturaleza.
A este respecto, ellos, que son más realistas, nos hablan de la necesidad de mantener el estado, de la importancia de la policía, de que no te puedes fiar del prójimo, de no contar con los demás para hacer las cosas, de hacer las cosas por uno mismo pues los demás nunca te ayudarán. Vamos, que tienen los pies bien puestos en la tierra. Este podría ser un buen resumen de lo que la gente me suele soltar cuando les digo que soy marxista.

Sin embargo, el otro día me pasó algo muy curioso. Tras un interesante debate que hubo en mi facultad entre neoliberales y antineoliberales, un compañero y yo nos quedamos hablando con otros dos chavales que habían ido a ver también el debate. Ellos venían a ver a uno de los neoliberales que se encontraban en la mesa de debate, pues le consideraban referente intelectual. El caso es que una vez finalizado el acto, mi amigo y yo nos quedamos hablando con los dos chicos, continuamos un poco más el debate (unas cuatro horas más, más las dos y media del debate, para que luego digan los del plan Bolonia que los jóvenes solo pueden mantener su concentración durante 45 minutos). Los dos chicos eran muy competentes, pero uno de ellos se salía de lo normal. Se trataba de uno de esos raros personajes que decidió dejar el instituto al terminar la ESO y que ha sido desde entonces autodidacta. El caso es que, por lo que nos contó, no es que fuese superdotado, es que tenía bastante facilidad para aprender las cosas. Precisamente por eso el debate fue tan interesante, porque no estábamos discutiendo con un payaso al estilo Alfonso Rojo, era una persona con la que se podía hablar.
Lo que me interesa del caso es contaros lo que ellos mismos, desde su punto de vista neoliberal -ellos se definían como liberales a secas- nos defendieron. Que existiese un estado que interviniese, no solo en el mercado, sino en cualquier ámbito de la vida de las personas, era el mayor ultraje que se podía cometer contra la libertad de las mismas. Si yo quiero una universidad que defienda unos valores muy concretos, por qué narices tiene que quitarme el estado dinero para financiar una universidad pública en la que yo no pienso poner un pie. Ellos defendían que cada uno debe gastarse su dinero nada más que en lo que ellos quieran, y si lo que quieren es una universidad privada en la que, y os juro que esto es casi textual, me preparen como si de una empresa se tratase, de tal modo que sea como una mera parada en boxes que me ponga a punto para el mercado laboral, que quién era el estado para impedírselo robándole parte de su sueldo. E igual de denigrante es que parte de ese dinero que me expropian a base de impuestos se destine a alguien que va a estudiar historia del arte -la alusión también es textual-, que claramente no va a ser productivo. No es que tuviesen nada especial en contra del arte, simplemente argumentaban que quien quisiese una facultad de historia del arte, pues que se la financie él mismo. Ídem con la sanidad: por qué voy a tener que pagarle yo los médicos a una persona que no conozco de nada y que me da igual si se pone enferma o no. Yo quiero que se me cuide a mí y a las personas que yo decida, y solo a dichas personas debe ir destinado mi dinero para sanidad, para nadie más. Llegaron a defendernos que hasta el mismo hecho de que las calles fueran públicas era una hecatombe contra nuestra libertad de elección en el mercado, pues ellos entendían que el mercado era el único lugar en donde realmente se da la libertad, ya que ésta no es otra cosa que poder elegir si quiero hacerme con algo o no. ¡Incluso querían convertir la policía en una milicia privada!
Frente a tales razonamientos, mi colega les preguntó que qué pasaba con las personas que, sin merecérselo ellas, nacen en unas determinadas condiciones materiales que les impiden el acceso a todas esas cosas de las que hablaban. Y ojo al dato con su respuesta: como la gente, bajo estos presupuestos, sería más rica -sin necesidad de entrar a debatir si eso sería realmente así o no-, sería más feliz y espontáneamente… ¡surgiría una increíble caridad! ¡Vaya triple se acaba de lanzar! Según su planteamiento, las personas necesitadas dependerán completamente de que hoy nos levantemos con ganas de ayudarlas o no, su vida entera dependerá del humor con el que nos encontremos. Yo no tengo especial interés ahora en debatir sobre si el ser humano es bueno o malo por naturaleza[1], pero el propio hecho de que ese tema sea debatible ya implica la posibilidad de que no todas las personas se comporten de la misma manera. El mismo hecho de que dudemos sobre si la gente es buena o mala ya pone de manifiesto que dicha condición no es algo certero, y que por tanto no podemos basar nada sobre ello. ¡Mucho menos vidas humanas!
Como es lógico, la posición en la que se situó mi compañero, y en la que yo mismo me sitúo, es que no podemos ser tan optimistas antropológicamente. Como no podemos saber a ciencia cierta que el prójimo nos vaya ayudar lo que queremos es un estado que lo haga siempre que nosotros no nos sintamos muy caritativos los días de lluvia. Y también exigimos una policía capaz de evitar que alguien le arrebate a los demás las cosas, sin presuponer que la gente, en pleno éxtasis de benevolencia, saldrá en turba a perseguir al ladrón. Defendemos que haya unos impuestos -asequibles, no astronómicos como los actuales; y más importante aún, que se destinen a lo que deben ser destinados, no a pagar la cocaína de banqueros hijos de puta- que garanticen una sanidad y una educación pública a la que todo el mundo tenga acceso -y decimos pública de verdad, porque yo no se qué tiene de público algo que cuesta entre 1500 y 3000 euros por año de matrícula-. No es momento de desarrollar plenamente el tema ahora, pero dicha universidad pública, por definición, si queremos garantizar todo lo anterior, no puede ser una fábrica de futuros empresarios tal como proponían nuestros dos nuevos amigos. La universidad no puede estar supeditada a las demandas de la sociedad, menos aun del mercado; todo lo contrario, la sociedad debería estar al servicio de la universidad. Pero repito, ese es otro tema. Y por supuesto, todo esto lo defendemos para asegurarnos que, no solo unos pocos como pasa en un sistema neoliberal (a pesar de que nuestros amigos consideraban que no era lo suficientemente liberal y que distaba mucho de sus ideales), sino que todos puedan tener propiedades privadas que aseguren su propia subsistencia, como mínimo.
Brinca brincando, resulta que los marxistas acabamos defendiendo el estado, la propiedad privada, los impuestos y hasta la policía. Y son nuestros amigos neoliberales los que quieren abolir toda clase de control gubernamental, de vigilancia policial, de impuestos y, consecuentemente, de servicios tan básicos como las calles. Quiero remarcar bien esto último: cuando llegaron los socialistas al poder en España, allá por 1982, los fachas más retrógrados y vomitivos decían que iban a quitarnos hasta los cepillos de dientes. ¡Cojones! ¡Pero si son los neoliberales los que quieren quitarnos hasta las putas aceras!

Así, los “marxistas anti-gobierno” resultan defender a ultranza el estado y son los “realistas neoliberales” los que quieren acabar con toda institución política. Nos decían que queríamos abolir la propiedad privada y somos los que nos preocupamos porque todo el mundo tenga acceso a ella. Pero lo mejor de todo es que éramos unos ingenuos por suponer que el humano es buena gente, cuando son ellos los que apelan a una caridad que surge espontáneamente, como Afrodita de la espuma de mar. Perfecto.
Vivimos en un maravilloso mundo en donde “público” quiere decir “privado”, donde si te llaman antisistema resulta que lo que más ansías es un estado (republicano, eso sí), y donde los economistas, tan coherentes ellos, sin ensoñaciones idealistas, te venden la moto de que las personas somos todas unos santos.
Que esta inversión tan infundamentada se haya mantenido a lo largo de años y años solo se explica si vivimos en el maravilloso mundo del espejo al que Alicia llegó en una tarde de apacible siesta. Eso sí, algo me dice que nosotros no nos quedamos dormidos haciendo una madeja de lana, sino que hay personas muy interesadas en que permanezcamos soñando. Luego no me vengáis con que estoy en las nubes.

Matt K. Lann



[1] Personalmente yo no puedo dejar de seguir en este punto a Freud, entre otros tantos, al afirmar que el ser humano “no es una criatura tierna y necesitada de amor, que solo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad” (El malestar en la cultura, Ed. Alianza, Pág. 55). Por tanto, ese principio de caridad surgida del amor al prójimo no solo sería falso, sino que “ningún otro es, como él, tan contrario y antagónico a la primitiva naturaleza humana” (Ibíd., Pág. 56). Irónicamente, pese a citarle aquí a favor de mi argumento, no se me escapa que unas líneas más adelante Freud participará de la visión en las nubes de los comunistas que aquí pretendo rebatir. Pero eso no influye en absoluto sobre su análisis de la naturaleza humana.

miércoles, 8 de abril de 2015

NI BEATOS, NI NIHILISTAS, NI TODO LO CONTRARIO

-Tal vez esté viejo y cansado, pero creo que las posibilidades de descubrir lo que realmente pasa son tan remotas que lo único que puede hacerse es decir: “olvídalo y mantente ocupado”. Yo prefiero ser feliz a tener razón.
-¿Y lo es?
-Eeeeh… no. Ahí reside todo el fracaso, claro.

¿Qué pasaría si encontramos las respuestas a las más inquietantes preguntas que acechan a la mente humana? ¿Cómo encajaríamos desvelar los misterios mejor guardados del universo? ¿Descansaríamos tranquilos con las respuestas? ¿O seríamos incapaces de aceptar la verdad?
Más de cinco mil años de historia han dado a luz a toda clase de conjeturas sobre quién o qué es Dios. No solo se ha discutido por ello, se ha matado. La existencia de una entidad suprema que dote de sentido nuestra miserable existencia es un eje central que atraviesa hasta el último poro de todo lo que hacemos. No es broma: si hay algo que no puede soportar el ser humano es que su existencia sea contingente, aceptar que lo mismo daba que naciese o no. Y no solo como individuo, sino como especie en general, no podemos concebirnos como un elemento más del conjunto; bien es verdad que jode bastante más aceptar lo banal de uno mismo que de todos: uno siempre es más relevante que los demás.
Pero millares de personas son ateas, se dirá. ¿Qué pasa con ellos? Bien, excluyamos de ese poco definido grupo a todos aquellos que creen en horóscopos, el karma, el destino, energías vitales o cosas por el estilo. Eso no es más que un teísmo de otro estilo. Solo unas pocas personas son ateas hablando con propiedad, sin creer absolutamente en nada, aceptando su radical y absoluta contingencia.
Frente a este panorama ¿qué lleva a actuar a esas personas? ¿Cuáles son sus motivaciones, sus fines? Y lo más importante ¿cómo los legitiman, cómo saben que eso es lo correcto? O más modestamente ¿por qué creen que, al menos para ellos mismos, eso es lo más adecuado? Si uno es creyente, sea de la índole que sea su creencia, basta con que en el centro de su actividad fije la divinidad correspondiente, conforme a la cual valorará el resto de sus actos. Pero ¿y si no hay eje central?
¿Podemos aceptar realmente el nihilismo? Miremos fijamente a la vida, aceptémosla tal y como es, aceptemos nuestro papel: un diminuto punto en un minúsculo planeta que ni siquiera es el centro de su galaxia. Millones y millones de kilómetros de universo en donde nosotros solo suponemos una parte tan infinitesimal que se puede redondear a cero. Siendo esto así creo que es obvio que nada de lo que hagamos puede influir un ápice en el inmenso todo. No obstante, día a día nos levantamos y hacemos nuestras cosas convencidos de que son de vital importancia. Pero no solo eso -lo cual, al menos por una cuestión pragmática puede ser defendido: ya que vivimos unos junto a otros al menos tratemos de no ser excesivamente insoportables- sino que encima hablamos en nombre de la totalidad y especulamos sobre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, sobre lo bello, sobre lo deleznable. Pese a nuestra patente no centralidad, nos erigimos como abogados de lo absoluto.
Una persona que cree en lo Justo, con muchas mayúsculas, no puede evitar sentir que el peso del magnánimo universo le aplasta al plantearse estas cuestiones. ¿Cuál es la salida más rápida para no ser asfixiado por la omniabarcante realidad? Aceptar el suicidio cultural e intelectual. Todo da igual, todo da lo mismo. Somos tan irrelevantes que lo mejor que podemos hacer es dedicarnos a vivir nuestra vida, tratar de ser lo más felices posibles y dejar de perder el tiempo en intentar de someter al universo a nuestros esquemas humanos. Pero ¿no estamos haciendo lo mismo ahora, solo que poniendo la felicidad como punto central? ¿Por qué suponemos que la vida está hecha para ser felices? ¿Acaso alguien nos ha dicho que eso ha de ser así? Si contestamos que sí a esta pregunta, entonces volvemos a caer en la religión. Si por el contrario respondemos negativamente básicamente se nos abren dos opciones: considerar que nosotros somos quiénes para fijar los ejes que rijan la vida, y en tal caso lo único que hemos hecho es ascendernos a nosotros mismos a Dios. Volvemos a la casilla de salida. La otra posibilidad es que aceptemos que la felicidad no tiene por qué guiar la existencia. Puede que el patrón de la vida sea el sufrimiento, y por ende lo más lógico sea que todos enfoquemos nuestro paso por el mundo a ser unos mártires sin causa -pues un mártir con causa es un mártir con Dios-. ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a sufrir porque sí, sin el más mínimo motivo, solo porque aceptamos que la vida es dolor y que por tanto hemos de tener una vida angustiosa? Si somos optimistas (y en grandes cantidades) podemos decir que ha habido y habrá muchas personas dispuestas a dar hasta su vida por un ideal, por una persona, por un dios. ¿Pero quién daría la vida por la vida? Eso es un sinsentido. De hecho, si nos encontrásemos a alguien que llevara a cabo tal hazaña consideraríamos que se trata de una persona desequilibrada. Incluso el más nihilista de los nihilistas considera su nihilismo la regla para medir el nihilismo de la realidad. Hete aquí al más absurdo caos convertido en patrón universal.
Es absolutamente imposible que escapemos a la imperiosa necesidad de racionalizar el mundo en el que nos encontramos inmersos, aunque sea de la forma más irracional que se nos ocurra. Necesitamos dar una respuesta a la vida. Y retomando la pregunta lanzada al principio: ¿qué pasa si damos con la respuesta y no nos gusta? Imaginemos que el mundo no es más que un emplazamiento construido por encargo de unos ratones que necesitaban experimentar con moléculas para ver cómo se desarrollaban. ¿Cómo soportaríamos esto? Eso dependerá del nivel personal de creencia en su particular religión de cada uno. Un religioso a ultranza posiblemente se suicide al descubrir que le ha estado rezando a un ser que no levanta más de cinco centímetros del suelo; tal vez el nihilista más pesimista de todos se ría de lo absurdo que resulta. Pero hay otra pregunta más interesante aún. Supongamos que no nos hemos suicidado y que hemos tenido el coraje de aceptar tan disparatado resultado: ¿eso nos haría cambiar nuestro modo de actuar? Tras la gran revelación del Ratón todopoderoso ¿consideraremos que la pauta para marcar lo justo y lo injusto es la proximidad al queso? ¿Será bello aquello que sea mordisqueable? ¿O más bien todo eso nos importará una mierda y seguirá dándonos ganas de invadir Polonia cuando oigamos la Cabalgata de las valquirias? Yo creo que Polonia tendría las horas contadas.
Desde que fuimos arrojados a las garras de la vida como especie llevamos apañándonoslas para decidir qué es verdad y qué mentira sin que ningún Dios o Ratón haga aparición en escena. Y aunque a duras penas, hemos avanzado. Obviamente, no podremos nunca dejar de preguntarnos qué o quién nos puso aquí, o cómo es posible que siempre tendamos a establecer un punto que de sentido a nuestras vidas; esas preguntas volarán siempre por nuestra mente insaciable de resultados -al menos hasta que se presente el Gran Ratón-. Pero empecemos a diferenciar las cosas. No sabremos cómo ha surgido la verdad en el universo ni porqué nosotros podemos acceder a ella, o por lo menos intentarlo. Pero eso ahí está, y lo que hagamos con ello ya no atañe al modo en que apareció. Si nuestro señor ratonil creó las matemáticas y nos permitió conocerlas, mejor para él, pero queda en nuestras manos alcanzarlas, explicarlas, justificarlas y aplicarlas; el Ratón ya no pinta nada en eso. Da exactamente igual cómo surgiese la posibilidad de que se pueda contar, eso no influye en lo más mínimo en que 7 + 5 sean 12. Y lo mismo pasa con lo justo: es indiferente que haya justicia en este mundo porque Dios es benevolente o porque simplemente está incluido en el desarrollo del universo, como un átomo más. Eso no cambiará el hecho de que discriminar a los homosexuales sea injusto e inmoral. El creador no interviene en la creación, ni para medirla, ni para juzgarla, ni para nada. Sea por lo que sea, el ser humano es racional (aunque lo demuestre poco), y por ello puede hablar de lo justo o lo verdadero sin necesidad de apelar a divinidad alguna, precisamente porque lo justo o lo verdadero no tiene que ver con divinidad alguna. Lo que pasa en la realidad se queda en la realidad, y el que esté fuera de ella que se aguante, por mucho que la haya construido él. Cosa bien distinta es que, aparte de tratar de progresar, nos preguntemos por qué estamos aquí. Pero en cualquier caso una cosa no tiene que ver con la otra. Por el primer camino diremos que la ablación del clítoris es un crimen contra la mujer, por el segundo nos haremos budistas, cristianos, musulmanes o le pondremos velitas a un caballero del zodiaco.
Y esto no lo digo porque, como ya apunte antes, le quite la silla a Dios y siente en ella a la Razón. Para nada. Yo no creo que la Razón haya creado el mundo -más bien lo niego rotundamente-; tampoco creo que la Razón sea un ente abstracto omnipotente al que tengamos que rezar y rendir pleitesía. Lo que digo es que se ha dado la casualidad de que el ser humano es racional, y que ese “racional” le permite mirar las cosas desde un punto de vista distinto al suyo propio. ¿Y por qué la Razón tiene esa capacidad? ¡Pues vaya usted a saber! Pero qué quiere que le haga, es así. Los hombres no son dioses, se tienen que enfrentar a una vida que les sobrepasa por todos los costados. Ahora bien, tiene la suerte de contar con su capacidad racional, así que dejemos que sea ella quien establezca qué es lo verdadero y qué es lo justo.
Parecen quedar así saldadas las cuentas con los creyentes: la apertura de la existencia no tiene que ver con la existencia misma. Pero, ¿qué pasa con los que nunca creyeron, qué ocurre con los nihilistas, con los que defienden la irracionalidad del mundo? Ocurre que, con mucho tesón, van en contra de lo más intrínseco al ser humano. Es ridículo considerar que las personas podemos centrarnos solamente en comer, beber, follar y vivir entregados nada más que al placer y la felicidad. Por h o por b somos racionales, y pretender negar esa parte de nosotros no es aceptar a la vida tal como es sin someterla a nuestras pautas; muy al contrario, es negar lo más propio de la existencia del universo, y es que depende enteramente de los seres que en él nos encontramos. Y si entre dichos seres hay unos personajillos que tienen raciocinio, no hacer uso de dicha capacidad es ir contra natura. Las lombrices son lombrices de la mejor manera que saben: haciendo agujeros, arrastrándose por el suelo, metiéndose en las manzanas, en definitiva, lombrizeando por ahí todo el día. En nuestro caso, tenemos cuerpo, por lo que comemos, bebemos y follamos, no hay nada de malo en ello. Pero también tenemos Razón, ¿por qué no vamos a hacer cosas racionales?
Lo lógico sería ahora justificar por qué hemos de supeditar nuestra parte carnal a la racional. A lo que yo, dando mi opinión y por ello una respuesta algo coja, diría: ¡y yo que se! Solo se que no podemos ser felices siendo meramente animales. Por mucho que lo intentemos, por mucho que nos volvamos hedonistas hasta la arcada, no podemos evitar plantearnos la pregunta del sentido de la existencia. Y si nos planteamos una pregunta es porque queremos una respuesta. Y si queremos una respuesta es porque necesitamos racionalizar el mundo. Y si ya encima resulta que esta pregunta nos la repetimos a lo largo de miles de años, ¡coño! Será porque es una pregunta sumamente importante para nosotros, ¡será porque no podemos no usar nuestra Razón! Es completamente cierto que el mundo en su abismal infinitud no puede ser sometido plenamente a los designios de nuestra Razón, pero ni falta que hace. Basta con que al menos no desperdiciemos las partes que sí se pliegan a nuestros esquemas. Qué más dará que se dejen plegar por gracia divina o por vete tú a saber. Lo relevante no es eso.
Es sumamente absurdo tratar de defender un nihilismo a ultranza, negando cualquier clase de universales. Es algo que está en lo más profundo de nosotros. Aunque las cuestiones que eternamente han mantenido en vilo a las más grandes mentes así como a los más viles transeúntes se resuelvan de un plumazo con un superordenador, ello no quitará nada de valor a nuestro empeño de defender nuestros universales.
Indagaremos sin cesar sobre el sentido de la vida. Y si algún día nos dicen que la respuesta a ese gran enigma es 42, pues nos buscaremos otra pregunta imposible que responder. Eso sí, lo justo siempre será lo justo.


Matt K. Lann

miércoles, 18 de febrero de 2015

DIFERENCIEMOS RODAR DE CHOCAR

Ciertas personas han cambiado radicalmente el curso de la historia. No necesariamente hablamos aquí de científicos; hay un antes y un después del Quijote, y Cervantes no aportó nada en absoluto al desarrollo de ninguna mejora técnica. Una vez hecha esta aclaración, sí que me gustaría dedicar estas líneas a un hombre de ciencia irrenunciable en la historia del pensamiento: Galileo. Ahora bien, este blog pretende -muy remotamente si nos atenemos a los hechos- ser un sitio donde volcar pulsiones literarias que se nos susciten, por lo que para aunar ambos propósitos -y en gran parte como excusa- centraremos nuestra atención en una obra finalizada en 1939 de Bertolt Brecht: Galileo Galilei.
Dado que siempre es mejor prevenir, dejar claro que el interés estrictamente dramático de la citada obra es inmensurable, como no podía ser menos tratándose de Brecht. Pero en esta ocasión utilizaré la exposición del libro para hablar de lo que considero que es el Materialismo, a fin de verter algo de luz sobre qué narices quiere decir ser materialista -que tanto gusta a las izquierdas-, y también delimitar cuál sería su posición frente al Idealismo.

Entre las páginas de Brecht nos encontramos la narración de la vida del científico oriundo de Pisa, desde su estancia de Padua como profesor particular hasta sus últimos días en la marginación tras habérsele obligado a retractarse de todo cuanto había dicho. Lo primero que debería sorprendernos es: ¿qué demonios puede haber hecho un científico que tanto moleste a la sociedad como para torturarle hasta que se desdijera? No confundamos, es cierto que es la Iglesia de Roma la que tortura al pobre Galileo y no las gentes de la calle, pero igualmente cierto es que ella era la representante del poder establecido en aquel momento. Obviamente, había motivos religiosos para que los teólogos echasen pestes contra Galileo, pero no fue eso lo que más les dolió. Lo que verdaderamente les tocó la moral fue ver como sus descubrimientos desmantelaban por completo el sistema de poder que tan cómodamente beneficiaba a todas las clases dominantes; la herejía solo fue la escusa.
Y es que Galileo no solo descubrió lunas en Júpiter y montañas en la luna (y no, contra lo que se suele creer, el telescopio; Galileo se atribuyó su creación, pero no fue así realmente, curiosidad que queda reflejada en la obra), sino que estableció un método. El método científico de Galileo marcará toda la investigación ulterior científica. Pero no solo se aplicará a la física -y aquí reside el peligro- sino a todo conocimiento que pretenda ser objetivo. Ya no bastará atenerse a la realidad tal y como se nos presenta para decidir qué es verdad y qué no, ahora habrá que hacer las preguntas adecuadas a la realidad. Y para ello, lo primero que tenemos que tener es un objeto al que interrogar. Así, necesitamos delimitar lo más nítidamente posible aquello que vamos a estudiar antes de empezar a emitir juicios sobre ello. El más claro ejemplo que tenemos, obviamente gracias a nuestro científico italiano, es el experimento de poner a rodar una bola sobre una superficie plana. Si nosotros empujamos una bola de billar sobre el suelo, sabemos que tarde o temprano se parará. Y sin embargo todos sabemos también que una bola sobre la que no se ejerza ninguna fuerza que altere su estado actual permanecerá rodando infinitamente, o en reposo permanente. Hoy en día tenemos esto muy interiorizado, pero en su momento Galileo fue objeto de burlas y desacreditaciones por ello. ¿Cómo llegó a tal conclusión?
Es cierto que en la realidad la bola siempre va a acabar parándose, pero eso es porque en este plano la bola no solo está rodando, también está chocando contra el aire y contra el suelo (rozamiento), y tampoco se trata de una esfera perfecta. Pero si imaginamos una superficie que no suponga rozamiento alguno, un espacio en el que tampoco haya aire ni cualquier otro fluido contra el que chocar y una bola que sea perfectamente esférica, ésta solo rodará, y lo hará indefinidamente. Esto es lo que ocurre en un mundo ideal.
Justo en esto consiste aislar el objeto de estudio, y una vez que lo hemos hecho, ya podemos preguntar a la bola cuáles son las reglas del rodar en general.

Precisamente de esto es de lo que se acusó a Galileo, de hablar de “mundos ideales” en las que las esferas ruedan ad infinitum cuando podemos comprobar fácilmente con nuestros ojos que eso no es así. Sin embargo, si era algo tan obvio, si era algo que incluso los niños podían comprobar ¿a que venía ese empeño de Galileo de defender tal mundo ideal? Muy sencillo; resulta que basándose en ese mundo inexistente Galileo era capaz de determinar con precisión dónde iba a pararse la bola en el mundo real, o dónde iba a caer un proyectil que describía una parábola. Resulta que, apoyándonos en algo a priori ficticio, podemos controlar la realidad. Curioso cuanto menos.
Esto fue lo que sentó como una patada a las costillas a la Iglesia, el hecho de que hubiese algo que escapase del todo, algo que no estuviese dentro de Dios. Realmente, el mundo ideal, ese que se mide con la geometría, no existe, no está en ningún sitio. Es un mero producto imaginario de los humanos. Y aun así, cada ápice de la realidad se somete a dicho mundo. Esto implicaba aceptar que Dios había creado las cosas de una manera, pero ello no implicaba que tuviesen que ser de ese modo, no al menos si así lo dictaminaba ese mundo ideal. Además, el mundo de la geometría, por definición, esta vacío de todo contenido, por lo que no puede representar los intereses de nadie en particular. Tal como muestra la obra, Galileo no tenía especial interés en tirar de la manta de la Iglesia y destapar todo su chiringuito. Él solo quería que lo dejasen estudiar en paz y que sus resultados se valorasen conforme a si eran verdaderos o no, no atendiendo a intereses de terceros. Podríamos incluso ser extremistas y suponer que Galileo nunca llegó a entender por qué le tenían tanta tirria. Eso sí, los que sí que vieron perfectamente desde el primer momento lo que estaba en juego eran los obispos con los que discutía el de Pisa. Pronto se percataron de que si las cosas no tienen porqué ser así, si hay algo más que la Biblia y Aristóteles que dictamine cómo son realmente las cosas y cómo deben ser, entonces pronto la gente se preguntaría si realmente el mundo se debe organizar de tal manera que los campesinos y pescadores tengan que pagar un diezmo a sus señores por mera cuestión de sangre.
Más osado aun era que “escribiese en florentino para muchos, y no en latín para pocos”, tal como nos cuenta Brecht. De esta manera, no solo un puñado de intelectuales harían preguntas incómodas (los cuales, al fin y al cabo, al ser pocos y débiles serán aplastados por los poderosos, tal como le paso al propio Galileo), sino que todas las gentes empezarían a replantearse las cosas, y eso ya es más peliagudo. Esta crítica al uso de un lenguaje alejado del pueblo queda muy bien reflejada en el personaje de Federzoni, que como no habla latín exige que se traten las ciencias en italiano, ya que no por ello no merece saber la verdad.

Hagamos una breve recapitulación. Tenemos entonces, por un lado, a Galileo, defensor de la verdad alcanzada mediante la razón. Frente a él está la Iglesia, la cual se apoya en el orden natural mismo del mundo para establecer criterios de veracidad. Y he aquí lo paradójico, al menos en principio: el bando materialista estaría representado por Galileo, por aquel que defiende la existencia de una razón ajena a todo lo real, que solo se da en un mundo geométrico. Mientras tanto, la Iglesia sería el bando idealista, pese a apoyarse en la materialidad del mundo dado. ¿Cómo puede ser posible esto?
El embrollo desaparece si examinamos más a fondo los presupuestos de ambos lados. Es cierto que la Iglesia se apoya en el mundo, pero solo porque concibe en ella una inmanencia que hace que todo en el mismo devenga de manera predefinida según los presupuestos de una totalidad absoluta, Dios en este caso. Esto es, defienden que las cosas son como son, no porque postulen algo parecido a un evolucionismo -nada más lejos-, sino porque consideran que todo lo que se da en el mundo no es si no un momento de Dios, que en su omnipotencia ha “introducido” en cada partícula de lo finito la clave de lo infinito, de tal manera que todo obedece a un principio espiritual -la idea de Dios- que ya está determinado de antemano, que a su vez determina todo, y que solo se puede acceder a él si se es Dios.
Radicalmente en contra, nos dice Galileo sobre la ciencia que “su fin no es abrir una puerta a la infinita sabiduría sino poner un límite al infinito error”. Ser materialista consistiría precisamente en no tragarse el cuento de que hay un interior en las cosas que las hace devenir exactamente en lo que deben ser por la gracia divina, no todo es un momento de Dios. Y precisamente por ello, estudiando cosas finitas, como esferas, no podemos saber nada acerca de la infinitud del mundo, a lo sumo aprenderemos a diferenciar entre rodar y chocar. Ser materialista consiste en saber que las cosas son de una manera, pero no tienen porqué ser así: puede que la religión diga que la Tierra es el centro del universo, incluso puede que sea cierto, pero si realmente es así lo determinara una investigación -basada justamente en el aislamiento del objeto de estudio- y no un espiritual devenir interno; eso sería ser idealista.
Por tanto, la primera condición que se nos impone a los materialistas es establecer un criterio suficientemente objetivo, que no dependa de los intereses de nada y que no responda nada más que a la verdad de las cosas. En el caso de Galileo se trata del método científico, pero la historia de la filosofía ha dado en llamar a eso Razón.

Eso sí, no caigamos ahora en la trampa de considerar que la verdad dictada por la razón se impone ella solita, así, por ser muy verdadera. Eso sería volver al Idealismo. Precisamente los materialistas son tal porque son conscientes de lo difícil que es traer al mundo la verdad. Ésta solo se impone si le arranca a su enemigo las condiciones materiales para poder triunfar. Cierto, la verdad no depende de la época en la que vivamos, rodar siempre será rodar y no chocar; pero si no existen las condiciones materiales para que dicha verdad se de a conocer, nadie sabrá de ella. Si a Galileo no le siguen fiando la leche, nadie determinará que Júpiter tiene cuatro lunas. Es lo que tiene ser humanos: podemos pensar más allá de todo lo material, pero amigo, tenemos hambre, y antes que nada hay que comer.
Dicho esto, me parece que hay pocas maneras de expresar mejor qué quiere decir el Materialismo que esta sentencia de Brecht en boca de Galileo:

“No, no y no. Se impone tanta verdad en la medida en que nosotros la impongamos. La victoria de la razón sólo puede ser la victoria de los que razonan”

Por mucho que la Razón clame desesperadamente que apalear mendigos está mal, si no se dan las condiciones materiales para que exista una policía competente que los proteja, o mejor aún, si no existe un estado que garantice que no haya gente sin hogar, todo caerá en saco roto. Por eso hay que quitarle las armas al enemigo: hay que arrebatarle las condiciones materiales a la realidad para rebelarse contra toda ella si es preciso.
Pese a todo, es curioso, por no decir desesperante, ver como una gran tradición materialista (sobre todo marxista) se rasgaba las vestiduras y ponía el grito en el cielo, cuando no fusilaba directamente, a aquellos que defendían las victorias de la Razón. Debería darnos vergüenza a toda la gente de izquierdas ver como hasta los eclesiásticos de la época de Galileo se dieron cuenta de qué era lo que realmente estaba en juego, mientras nosotros estábamos reinventando un Hegel materialista, fuera lo que fuese eso.
Comprendo perfectamente que a mí no me harán caso al respecto, pero conservo la esperanza de que al menos se lo hagan a Bertolt Brecht.


Matt K. Lann

miércoles, 22 de octubre de 2014

TEMPLOS, MERCADERES Y MESÍAS. LA HISTORIA SE REPITE

“Y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada,
pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.”(Mt. 21, 13)

Mi relación con la religión cristiana es un tanto peculiar. No soy un creyente ateo al estilo unamunesco (¡Dios me libre!). Tampoco soy un beato, ni siquiera un creyente de andar por casa. Pero, mal que le pese a Pascal, la figura de Dios me inquieta y me atrae mucho, aunque más bien la de los filósofos, no la de Abraham, Isaac o Jacob. ¡Arda yo por ello!
            Ahora bien, manteniendo la teología a un lado, hay una figura bíblica merecedora de toda mi atención. Esto se debe a que aglutina en sí (como en otros pocos sitios he visto) un pensamiento con el que no puedo dejar de estar de acuerdo en su gran mayoría. Y, a diferencia de mis otros referentes tales como Kant o Platón, ha conseguido llevar su mensaje a mucha más gente, llegando a calar muy profundamente en toda la sociedad occidental.
            Me refiero (¡quién si no!) a Jesús de Nazaret. Sus correrías por el mundo, fuese realmente o no la encarnación del Verbo, son siempre ejemplares y rotundas. No en vano el joven Hegel quedó embelesado por esta figura, dándonos su particular visión del Hijo predilecto en su Vida de Jesús.
            No me pasa desapercibido que puede resultar chocante que alguien como yo, que me he definido como marxista en anteriores artículos, hable ahora del Mesías. Digamos simplemente que regalar el cristianismo al enemigo fue una mala jugada por parte de la tradición de izquierdas. Pero no nos detengamos en esto ahora[1].

            Quisiera pues rescatar ahora una aventura de nuestro amigo nazareno. Cuenta Mateo en su evangelio (21, 12 – 17) que Jesús, entrando en Jerusalén, decidió visitar el templo consagrado a su padre. Cual fue su sorpresa al ver que allí, en vez de rendir culto a Dios, estaban sitiados unos mercaderes que habían hecho de la casa del Señor un centro comercial rupestre. Encolerizado completamente, el Rey de los judíos derribo las mesas de los mercaderes y los echó a patadas y gritos. ¡Cómo osaban esos ladrones sinvergüenzas profanar de ese modo el templo de Dios!
            Reparemos bien en el pasaje. El mismo Jesús que se juntaba con ladrones y prostitutas, el que salvaba a adulteras de ser lapidadas, el que ponía la otra mejilla, resulta que cuando le tocan el templo se olvida de todo eso y, hecho una furia, expulsa a los mercaderes del templo sin contemplación alguna. Este es uno de los pocos pasajes (si no el único) en que vemos al Hijo de Dios enfadado realmente. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que aguante pesares varios y sin embargo no tenga compasión con los vendedores del templo?
            Pues porque juntarse con malas gentes o perdonar adulteras es sencillo, porque será Dios quien, en última instancia, determine si realmente son lo que tienen fama de ser. Simplemente se está juzgando mal a las personas. Ahora bien, profanar el templo divino no es emitir un mal juicio sobre alguien o algo, es usurpar la capacidad misma de juzgar que tiene Dios. Se le está quitando de su sitio privilegiado para hablar a la humanidad. Alguien le ha quitado la silla a Dios y éste se ha quedado de pie. El templo, ese lugar que no debe servir nada más que para que la voz de Dios se materialice, ha sido invadido por una panda de desgraciados que han aprovechado el tirón mediático del ens realissimum para sacarse unas pelas. ¡Eso es absolutamente intolerable! Con razón Jesús estaba que se subía por las paredes.

            Todo el derecho del mundo tiene el lector para preguntarse por qué desempolvo este pasaje bíblico. El motivo es el siguiente.
            Hace no mucho (una semana más o menos) entraba yo por la puerta de mi querida facultad de filosofía de la UCM. Del mismo modo que el templo es la materialización de la voz de Dios en la tierra, la universidad (mi facultad incluida) es la materialización del conocimiento, de la comunidad científica. La universidad es el sitio en el que solo debe tener cabida el conocimiento. Entre sus paredes solo debe tener voto la argumentación y los razonamientos para que la humanidad pueda progresar (y hablo de “progreso” en el sentido kantiano, no en el de ese tren descarrilado que es el capitalismo y que solo consiste en un constante avance técnico del que ni siquiera podemos beneficiarnos, pues solo sirve para seguir avanzando, como una rueda de ratón). Como decía, entraba yo en mi facultad cuando me encuentro que el hall estaba abarrotado por un montón de chicas que vendían productos de Avon, si no recuerdo mal. Tenían todo el chiringuito montado: las mesas para atender a los posibles clientes, grandes carteles anunciando sus ofertas, el uniforme que consistía en una camiseta con el nombre de la empresa, y, por supuesto, una sonrisa deslumbrante de las chicas para captar la atención de los que por allí pasábamos.
            De acuerdo, todos sabemos que la situación de la universidad desde la instauración del Plan Bolonia es lamentable, y que su comercialización ha llegado a extremos insospechados, sobrepasando las peores predicciones de todos los que participaron activamente la lucha contra el mismo. Pero me parece que ya se están riendo en mi cara sin ninguna clase de tapujos cuando convierten mi propia facultad en un mercadillo. Ya no es que no tenga vergüenza toda esa gentuza que regala la UCM al banco Santander, sino que encima son unos cachondos mentales que se deben reír a carcajada limpia burlándose de los estudiantes de esta manera tan descarada. “No solo vendemos a tus espaldas tus derechos como estudiante, sino que encima estamos tan seguros de que no puedes hacer nada para impedírnoslo que te lo vamos a poner en las mismas narices. ¿No querías que se mercantilizase la universidad? ¡Pues toma! ¡La facultad hecha un mercado! En tu cara”. Es que ya ni disimulan.
            Poco me faltó para desalojar a patadas el hall de mi facultad. ¿Cómo no va a ir mal la universidad si ahora entra de todo en ella menos el conocimiento? Además, parecía que lo habían calculado todo al milímetro. Era como si esos puestos gritasen que como de filósofos lo íbamos a tener más bien crudo para ganarnos la vida, casi mejor ve dejándonos tu currículum, que en Avon tienes más posibilidades de llegar a algo. Todavía no se como me contuve para no plantarles fuego.
            Y esta semana el mercadillo sigue montado. Ahora no son los de Avon, sino que se trata de una empresa que vende unos libros, no se de qué. Vale que prefiera que de vender algo, se vendan libros antes que potingues para la cara, pero aún así no quiero que mi facultad sea un mercado. Ni yo quiero, ni debe ser así.

            Soy muy consciente que ni las chicas de Avon ni las personas que estaban vendiendo los libros tienen culpa de esta situación. Ellos simplemente están intentando ganarse la vida como buenamente puedan; estamos en el mismo bando en el fondo. De hecho, todo apunta a que Avon no planeó malévolamente ponerse en nuestro hall para mofarse de nosotros, si no que seguramente recorrieron todas las facultades del campus. Es más, aventuraría (aunque eso no lo tengo tan claro, porque cada vez estoy más convencido de que algunos decanos no son personas normales) que los decanos tampoco dieron permiso a los mercaderes modernos para ponerse en el hall a fin de mostrar como la universidad cada vez está más perdida. Se que, en realidad, simplemente cuadró que esos vendedores se pusieron ahí como podrían haberse puesto en cualquier otro sitio. Pero aún así, me parece una cristalización tan clarividente de la situación de la universidad que no pude evitar enfadarme como si me hubiesen escupido en la cara. Aunque nadie montase todo esto con mala intención, es el hecho mismo de que tales cosas puedan pasar lo que me irrita a más no poder. Si la universidad fuese lo que tiene que ser; o mejor dicho, si a la universidad la dejasen ser lo que debería ser, estas cosas no pasarían. A nadie en su sano juicio se le ocurriría convertir la casa del conocimiento en un burdo mercadillo.

            En cuanto se me paso el cabreo inicial se me vino enseguida a la mente el pasaje de Jesús y los mercaderes. Nunca en mi vida lo había entendido tan bien. Y es que esta clase de intromisiones llevan aconteciendo toda la vida, y siempre han provocado muchos enfados y destrozos. Ya Platón lo dijo en las Leyes: solo hay un delito peor que profanar los templos de las divinidades, y es usurpar el lugar de las leyes. Aquel que lo haga debe pagar la pena más cara: la vida”. Por esa misma razón se usó la guillotina para acabar con Luis XVI, porque se había sentado en el trono reservado a la legitimidad del pueblo, había echado a las leyes de su sitio, y por ello no debía ser juzgado conforme a ellas (él mismo había decidido alejarse de las mismas); debía ser ejecutado. Lo mismo pasa con el conocimiento: no debe estar al servicio de la sociedad, la sociedad debe estar al servicio del conocimiento. A fin de cuentas, la sociedad progresa cuando progresa el conocimiento, no viceversa. Y aquel que pretenda quitarle su puesto privilegiado al saber debe pagarlo caro.
           
Como se puede apreciar, puede que la historia de que Jesús sea el logos hecho carne sea cierta o no (poco importa realmente). Lo verdaderamente relevante es su manera de actuar. Y el pasaje de los mercaderes y el templo ha llegado a mucha más gente (y no solo eso, sino que lo han comprendido) de lo que llegarán los diálogos de Platón o los textos de Robespierre.
Por cosas como esta no está de más echar un ojo a los evangelios. Aunque digan que un carpintero resucitó al tercer día. Eso es lo de menos.

Matt K. Lann





[1] Resulta muy interesante para tratar el tema de una posible relación entre el marxismo y el cristianismo el artículo “La izquierda, el sentido común y el cristianismo”, de Luis Alegre Zahonero y Carlos Fernández Liria (http://www2.rebelion.org/noticia.php?id=184680).

viernes, 15 de agosto de 2014

Puestos a soñar, soñemos como Segismundo

“Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.”

            Hace ya muchos inviernos que Calderón de la Barca despojó de sus crueles grilletes a Segismundo. Y con esta liberación dejó grabado para los tiempos venideros una importante lección.
            No quiero detenerme ahora a hacer un análisis literario profesional de La vida es sueño, principalmente porque no sabría hacerlo (un tal Rafael de este grupo sabría hacerlo mucho mejor que yo); me limitaré simplemente a decir que la pluma de Calderón no podía haber escrito mejor esta obra, al menos en mi opinión. Leerla es puro placer. Pero insisto, no estoy aquí para eso.
            Hará dos o tres años que leí La vida es sueño, y ya en su momento me encantó. La he releído un par veces y también la he visto representada (magníficamente, dicho sea de paso, por la compañía “El Barracón”). Es sin lugar a dudas una de mis obras teatrales favoritas, y siendo así, creo que se merece que le dedique al menos unas líneas.

            Me fascina lo bien que queda plasmado en el drama la dualidad del hombre. Recordemos a ese primer Segismundo encerrado en su torre, completamente a merced de sus impulsos. No había visto nunca la luz y solo contaba con Clotaldo como único contacto humano. Es bastante comprensible que se comportase como una bestia cuando le trasladaron a palacio por orden del rey Basilio, defenestrando al sirviente y a punto de matar al guardián de su presidio. El ser humano es un ser social, hasta ahí todos de acuerdo, pero la mera sociabilidad no asegura una buena convivencia; no es lo mismo el estado social que el estado civil. Precisamente por ello es necesario que existan determinadas reglas de convivencia, tanto a una escala personal más pequeña como a nivel de toda una sociedad.
Sin embargo, Segismundo desconocía tales leyes, simplemente se dejaba llevar por sus impulsos, por lo que más le apetecía, sin caer en la cuenta de que ya no era la fiera marginada y olvidada que habitaba la torre. Ahora estaba en un palacio donde había mucha gente, gente que sí seguía un orden a diferencia de él. El experimento del rey Basilio estaba condenado al fracaso desde el principio, puesto que lo que se pretendía era que el Segismundo de la torre (que es la manera como Calderón representa el estado social) se integrase en el palacio (imagen del estado civil). ¿El por qué de esto? Bueno, es una pregunta difícil de contestar, pero trataré de ser claro.
Imaginémonos que estamos viendo a los primeros hombres que poblaron la Tierra. En un principio, cada uno iba por su cuenta, las personas formaban sus familias, se dedicaban a alimentarse para subsistir y poco más les importaba. Estas familias podían vivir juntas unas con otras y no tendría porqué haber problemas; si nadie se metía con nadie, todos tan amigos. De hecho, incluso podríamos hallar una determinada jerarquía, nos encontraríamos que todos hacen caso al chamán del pueblo, o en el caso de la familia, estaría impuesto el patriarcado. Podemos afirmar entonces que había un estado social en ese estado de naturaleza primitivo. ¿Dónde está el fallo? En este estado social no tiene porque haber constantemente conflictos, el verdadero problema reside en que estamos en constante riesgo de que pueda haberlos. En cualquier momento el orden (materializado en la figura del padre, del chamán o de quien sea) puede ser derrocado por una fuerza mayor, y en tal caso el orden cambiaría completamente. Esto implica que no hay una estabilidad en las reglas que rigen la sociedad. Y una sociedad regida por leyes que pueden cambiar de manera radical constantemente es una sociedad sin reglas. Es necesario por tanto que exista algo constante que resista los ataques de las personas para que así se asegure la paz entre ellas y se pueda conformar una sociedad en la que vivir no sea un peligro.
Pues bien, volviendo al hilo de la obra, esto es justamente lo que pasa cuando se introduce a Segismundo en palacio por primera vez. Él es la representación de esa fuerza que derroca todo lo que se le pone por delante y no obedece a nadie. Lo que hace Segismundo es lo que hicieron todos los hombres del planeta hasta que algo por encima de ellos se antepuso. Para que nazca una sociedad no basta simplemente con juntar a las personas (que es lo que hace el rey Basilio al mezclar a Segismundo con las gentes de la corte), hace falta algo más.
Por tanto, el experimento fracasó, y Segismundo volvió a su calvario en prisión, creyendo que todo lo acontecido fue un sueño.

Es entonces cuando el protagonista, convencido de que había soñado, se arrepiente de no haber actuado bien y no haber exprimido la oportunidad que se le dio. Aunque fuera un sueño, era mucho mejor que su vida en esa oscura torre, y hubiese merecido la pena aprovecharla. He aquí la metamorfosis de Segismundo. Siendo consciente de lo efímero de la vida, en donde desde la más absoluta inmundicia puedes llegar a grande galas, y de un plumazo volver a caer en la desdicha, pareciendo todo así un simple sueño que nos invade, sin saber nunca si lo que tenemos es real o no, si durará o caerá en el olvido; siendo esto así, Segismundo decide quedarse con lo único que no puede perder ni en la vida ni en el sueño. Decide que lo mejor es actuar bien, ya que siendo la vida real, ningún mal puede hacer a nadie el obrar como es debido; y si nos encontramos en un sueño, aunque nos despertemos, nos llevaremos el buen sabor de boca de saber que hemos hecho las cosas bien. Podemos perder todos los lujos y lisonjas que poseíamos mientras dormíamos, pero aunque lo hagamos, nada nos quitará el hecho de poder mirarnos al espejo y levantar bien la cabeza.
Segismundo decide pues controlar sus instintos y someterlos al juicio de su razón. Pero esto no es así de sencillo, el ser humano no tiene un botón para desconectar los instintos (¡ni debe tenerlo!). Más bien somos una amalgama de las dos cosas y no es que se lleven muy bien entre ellas. Este es el eterno problema en el que vive inmerso el ser humano, tal tensión le caracteriza. Si queremos poder convivir con las gentes de palacio, lo que debemos hacer es someter los impulsos a la razón. Mucho mejor que yo lo explican las palabras de Segismundo:

“Si este día me viera
Roma en los triunfos de su edad primera,
¡oh, cuanto se alegrara,
viendo lograr una ocasión tan rara
de tener una fiera
que sus grandes ejércitos rigiera,
a cuyo altivo aliento
fuera poca conquista el firmamento!

Pero el vuelo abatamos,
espíritu. No así desvanezcamos
aqueste aplauso incierto,
si ha de pesarme, cuando este despierto,
de haberlo conseguido
para haberlo perdido;
pues mientras menos fuere,
menos se sentirá si se perdiere.”

En un primer momento le sobrevienen las ganas de vengarse, de descargar su ira sin ninguna clase de contemplaciones contra todo aquel que era culpable de su martirio. Pero justo a tiempo manda “abatir el vuelo” a tales instintos, acordándose de que es posible que eso sea un sueño, de que pase efímeramente, y siendo así no merece la pena centrarse en cosas banales como el deseo de venganza. Sin embargo, soñamos o vivamos, siempre llevaremos con nosotros el haber hecho lo correcto. Hállase ahí la razón sometiendo a los impulsos.

¿Qué moraleja extraemos de todo esto? La mayoría de las cosas van y vienen como si de un sueño se tratase, pero hay cosas que perduran siempre, y precisamente por ello, son las únicas que realmente merece la pena que persigamos a toda costa, como es el caso de hacer lo correcto. Y la llave para alcanzarlas es nuestra razón. Menos mal que Segismundo se dio cuenta de ello a tiempo, dando así ejemplo a todos los lectores futuros.

Así pues, si traemos de nuevo lo que dije más arriba, es este saber estar del que Segismundo es consciente al pensar que todo puede desvanecerse como un sueño (y que aquí he llamado razón) lo que ha de ser la piedra inamovible que permita el paso del estado social al estado civil.
Segismundo finalmente recibe la corona de Polonia, pero ahora no es el rey cruel y violento que era antes, sino que se rige por la razón y por ello gobernará de la manera más justa. El hecho de ser monarca es la materialización del buen criterio de la razón, es el poder que asegura que lo que dicte la misma sea llevado a cabo, puesto que es lo más justo. Es por ello por lo que el nuevo Segismundo si perdura como rey, mientras que el anterior fue devuelto a la torre, de la misma manera que comentábamos al principio que el chaman o el padre pueden ser depuestos por otra instancia que no necesariamente es mejor.

Y otra cosa más me gustaría resaltar del mensaje que nos trasmite Calderón con este drama. En las primeras líneas nos encontrábamos a Segismundo encadenado, arrancado de su libre albedrío, sin libertad. Ese Segismundo es el que actúa mal, al que los impulsos le nublan el buen juicio. Sin embargo, solo cuando le quitan las cadenas, cuando recobra su libertad, solo entonces es cuando decide hacer las cosas como deben ser. Junto a la dualidad del ser humano ya explicada, el otro tema central de la obra es la importancia de la libertad.
Los astros habían augurado que Segismundo sería un mal rey, por eso su padre lo encerró a cal y canto. Nada puede cambiar eso, es su destino; nada salvo una cosa: la libertad. Solamente la libertad del propio Segismundo es la que le lleva a obrar bien. La educación que recibió de Clotaldo, evidentemente, le ayudó, pero solo cuando Segismundo decidió libremente hacer lo correcto fue cuando el destino fue derrotado. Nuestro protagonista decidió por su propia libertad no centrarse en las cosas pasajeras de la vida, que en el fondo son un simple sueño, y se centró en lo que no perece ante nada, lo atemporal (en este caso el bien y el deber). Y fue eso y no años y años de historia, tradición, augurios o costumbres lo que trajo el estado civil, lo que permitió que la gente pudiese vivir en paz. Ojo, no pretendo decir aquí (ni Calderón ni yo) que las tradiciones y costumbres han de ser erradicadas, o que no debemos prestar atención a lo que la historia nos tiene que decir, nada más lejos de la realidad. Todas estas cosas tienen mucho valor, son enriquecedoras y no hay que olvidarse de ellas, pero su función no es la de dictar las reglas de la sociedad, ya que muchas veces nos conducen a hacer verdaderas barbaridades como es el caso de encerrar a un recién nacido en una torre y no dejarle ver nunca el mundo exterior.
A través de las palabras de Segismundo, Calderón de la Barca nos dice que para que las cosas funcionen no podemos perder de vista ni la razón ni la libertad.

Es un viaje apasionante y muy enriquecedor el que realizamos al adentrarnos en la lectura de La vida es sueño, yo al menos no me canso de repetirlo. Y desde luego aconsejo a todo aquel que no lo haya emprendido nunca que no tarde mucho en realizarlo, no quedará decepcionado. Pocos libros tratan como lo hace éste temas tan centrales en el ser humano y de una manera tan amena. Es una verdadera obra maestra.
Y espero haber convencido al lector de que si la vida es un sueño, aprovechemos, y soñemos como lo hizo Segismundo.

Matt K. Lann





miércoles, 2 de julio de 2014

Máster en desgracia humana.

 Prestigioso título ofertado por la Universidad del Neoliberalismo.

“-Cuando doy comida a los pobres me llaman santo-
dijo el obispo brasileño Helder Cámara-.
Y cuando pregunto por qué no tienen comida, me llaman comunista.”

Durante estos últimos años los estudiantes de las diversas universidades (me incluyo) se han venido quejando de la brutal subida de tasas. Pagar la matrícula es algo ya al alcance de muy pocos, y mucho más pequeño es el círculo de los que consiguen alguna beca o cualquier clase de ayuda para poder acceder a los estudios universitarios. La imparable mercantilización de lo que debería ser el templo del conocimiento ha conseguido que tener una carrera sea algo con lo que ya solo unos pocos sueñan; mucho más ilusos son aquellos que confían en que podrán quedarse como profesores de la misma.
Ante este panorama desolador alguien podría echarse las manos a la cabeza y vaticinar el final del conocimiento. ¡No tan rápido amigo!, aun queda alguien que se preocupa por ofrecer a los ciudadanos del mundo un importante título, que le ayudará y perseguirá -incesablemente- a lo largo de toda su vida. La sabiduría todavía tiene un aliado muy poderoso: ¡el sistema neoliberal! Pasen y vean.

En 1998 Eduardo Galeano escribió una obra simplemente magnífica. El libro en cuestión se titula Patas arriba. La escuela del mundo al revés, y desde luego recomiendo su lectura a todo el mundo. Entre sus páginas nos encontramos la solución al problema que planteé en los primeros párrafos.
Galeano tiene el placer de ofrecernos el plan de estudios con más futuro y prestigio que hoy en día podemos ver en todo el ámbito universitario. Se trata del programa de La escuela del mundo al revés, en donde hallaremos interesantísimas -y sobre todo, muy útiles para nuestra inserción en el mercado laboral- clases como “Curso básico de injusticia”, “Curso básico de racismo y machismo”, “La enseñanza del miedo”, “Lecciones contra los vicios inútiles” (en donde nos enseñarán a despojarnos de esa carga innecesaria que algunos tan tozudamente nos empeñamos en conservar, como es el pensar por uno mismo), y para los alumnos más audaces, “La impunidad de los exterminadores del planeta” o “Lecciones de la sociedad de consumo”. Estas son, entre otras, las asignaturas que nos ofrece este maravilloso máster del neoliberalismo; todo ello con el fin (¡por supuestísimo!) de mejorar nuestros conocimientos y poder ser gente con un título verdaderamente importante. Menos mal que alguien aún mira por nosotros.

Según vamos recorriendo los pasillos de esta universidad, vemos como la pluma de Galeano nos cuenta las fábulas del mundo en el que vivimos. Narra tan bien estas fábulas que, ¡oye!, hasta parece que en vez de fábulas se tratase del mundo que habitamos. En las diversas clases nos enseñan como, gracias a la aguda intervención del mercado, multitud de países descarriados -la mayoría de Latinoamérica- volvieron al sendero del que nunca debieron salir; nada de votar a partidos socialistas (en qué estaría pensando Chile al elegir democráticamente a Salvador Allende) que empiezan a nacionalizar empresas extranjeras y a repartir los beneficios en vez de las deudas. Ellos no saben lo que quieren, y por eso es mejor la intervención de Augusto Pinochet a que el pueblo elija libremente. De esta manera, los ya licenciados en esta universidad consiguieron rescatar al país de la amenaza comunista.
Tras el cambio de clase, podremos asistir a la siguiente lección. En ella, el profesor nos enseñará a ocultar años y años de historia, remodelarlos al gusto y venderlos a todo el planeta. Gracias a estos catedráticos sabemos que, aunque la mayoría de las tribus africanas siempre han convivido en paz las unas con las otras, no es hasta la llegada del demonio blanco por lo que empiezan sus disputas. Rivalidades que nunca han existido brotan gracias a la rigurosa labor del conquistador europeo, que con un buen discurso y alguna que otra metralleta, consigue que reine el caos entre estas tribus. Una vez sembrados los vientos, toca recoger y vender las tempestades. En absoluto haría bien al mundo conocer la verdad, a nadie le interesa tener la absurda idea de que los pueblos africanos son civilizados sin necesitar la ayuda europea o estadounidense, para nada. Es mejor vender a todo el mundo que estos salvajes siempre han sido así, y que el hombre blanco, en un alarde de altruismo, ha decidido ir a civilizarles. Malas lenguas son aquellas que dicen que van para robarles el petróleo o los recursos mineros, eso es completamente secundario y casual.
También podremos aprender alguna que otra cosa sobre Cuba, el país que tanto miedo da a Occidente, que con solo nombrarlo ya corres el riesgo de ser tachado de masón, comunista, marxista, terrorista y más cosas acabadas en “ista” y que suenan muy feas. Esta vez el profesor nos cuenta como, desde la caída de la ayuda económica que suponían los países del este de Europa, en Cuba empezó a predominar el dólar. Desde entonces, a pesar de que no han conseguido acabar con la educación y la sanidad, pues tienen de las mejores en todo el mundo, la delincuencia y la pobreza han aumentado exponencialmente en la isla. A este respecto, Galeano nos trae el testimonio de un amigo suyo: “Les falta todo. Eso sí: dignidad les sobra. Como para hacer transfusión.”. Muy interesante la declaración, da para reflexionar por qué esto es así. Sin embargo, el profesor de la universidad nos alerta del peligro de esto: “¡No pienses! ¡Obedece!”. Así pues, es mucho mejor vender al mundo (siempre por su propio bien) que el problema de Cuba no es ni el desplome de el 90% de su economía tras la disolución de la URSS, ni que el bloqueo estadounidense impida cualquier clase de relación comercial con los demás países europeos, ni mucho menos, la intromisión incesante del modelo económico neoliberal yankee en un territorio que, simplemente, no quiere tenerlo; nada de eso, la culpa es de que estos pintorescos personajes cubanos, como el Ché o Fidel, tuvieron la mala idea de pensar por sí mismos y allá que se lanzaron a instaurar el comunismo. ¡Vaya cabezas de chorlito!
Nos encontramos algo muy similar en las clases sobre Brasil. El hecho de que miles de niños estén en la calle viviendo de la mendicidad y de lo poco que puedan robar cada día para subsistir, o de que para evadirse de este mundo de mierda que les aplasta sin ninguna clase de compasión todos los días esnifen pegamento, es debido a su naturaleza inferior de indígenas. Nada tiene que ver la invasión de los países del norte que, de nuevo con palabras y alguna que otra bala, expropiasen todos los recursos importantes que tenían los brasileños para sobrevivir y empezase a corromper la política del país invadido para hacer contrataciones favorables a sus proyectos. De nuevo, esto nada tiene que ver; la culpa es de que los niños brasileños no quieren hacer nada por cambiar su situación, son unos vagos y unos maleantes por naturaleza y como tales morirán (seguramente antes de que dejen siquiera de ser niños).
Los países “desarrollados” hacen todo lo posible por ayudar a sus vecinos del sur convirtiendo a sus políticos en gente práctica para este mundo en el que vivimos. Es muy curioso el caso que nos relata Galeano sobre un político brasileño que ganó las elecciones bajo el eslogan “Rouba, mas faz”, que en nuestro idioma quiere decir “Roba, pero hace”. El pueblo brasileño tiene tan asimilado que sus políticos son corruptos (gracias al título que obtuvieron en esta, cada vez mejor, universidad), que prefirieron votar a aquel que les decía abiertamente: “Yo voy a robar, eso tenerlo por seguro. Ahora bien, también tengo intención de hacer alguna que otra cosa”, que a otro charlatán mentiroso, que ni bien sabe mentir. Gracias a La escuela del mundo al revés, todo Brasil tiene interiorizado que la política es sinónimo de corrupción. Como para conseguir así mejorar la situación del país.
Esta misma idea la encontramos no solo en Brasil, sino en la mayoría de los pueblos de América Latina. Y lo que es más triste, ya no solo en relación a la política, sino también con la policía. La mayoría de la gente de las ciudades del sur de América prefiere tener el mínimo contacto con la policía, pues son muy conscientes de que ellos no solo son corruptos, sino que encima van armados. De este modo, muchas veces asumen actos injustos contra sus personas antes de tener que vérselas con el cuerpo de policía. Pero, para variar, esto nada tiene que ver con que las empresas extranjeras del mundo del libre mercado den pagas extraordinarias a los policías que acaban con los niños delincuentes en las calles que tanto les estorban, nada más lejos de la verdad. Es que estas gentes del sur llevan en sus genes ser unos bárbaros, y no hay nada que se le pueda hacer.
Merece ahora la pena citar el testimonio de un chico cubano acerca de la policía en su isla. Un visitante español en la isla comentaba, en presencia del muchacho, la paliza que le propinaron al hijo de un amigo suyo la policía en España a raíz de una infracción vial que cometió. Ante esto, muy sorprendido, el joven dijo que eso en Cuba era imposible que pasase, puesto que las penas por agresión que se le imponen a los policías son mucho mayores que las que se le imponen a los demás ciudadanos. Y además -seguía relatando el chico- los demás policías delatarían a su compañero, ya que saben que está ejerciendo un abuso de autoridad. Lo más curioso de toda esta anécdota es que el muchacho en cuestión era un granujilla de barrio que sobrevivía robando lo que podía para comer, y aun así defendía firmemente a la policía1. Cosa completamente inaudita en el hemisferio “civilizado” del planeta.
Pero como ya sabemos, pues nos vamos quedando con los consejos que nos dan nuestros estupendos profesores, estas cosas es mejor no decirlas, no vaya a ser que se rompa la compleja estructura neoliberal que tanto tiempo y sangre (nunca propia) ha costado instaurar y tengamos que empezar de nuevo, ¡Dios no lo quiera!

Una vez terminada la lectura comprobamos como Galeano, con un aire circense increíble, nos muestra como realmente el mundo está al revés. Día a día tratamos con verdaderas barbaridades y nos parecen completamente normales, y sin embargo, ponemos el grito en el cielo frente a completos absurdos. Mientras comemos vemos impunemente noticias sobre como niños mueren de hambre y enfermedades en África, o como países están en guerra debido a invasiones externas, y miles de atrocidades más; y en el mejor de los casos se nos escapa un “madre mía…”. Sin embargo, montamos un alboroto increíble porque nuestra conexión a internet va lenta y no podemos ver bien la última película de Hugh Grant o porque no se descarga a tiempo el último capítulo de The walking dead. ¿Realmente nadie más se percata del problema de raíz que esto supone?
Pero claro, ahí está el siguiente conflicto. Este prestigioso máster en desgracia humana no solo se encarga de no informar a la gente con la verdad mientras que le mete por un embudo miles de mentiras, sino que también tiene clases magistrales sobre cómo acallar las voces que se alzan. A nadie le gusta que el césped de su jardín este desigualado, y por eso corta las malas hierbas que sobresalen. El mundo es el jardín de ese pequeño porcentaje que hace lo que quiere con el planeta entero, y los librepensadores son las malas hierbas (malísimas), por lo que hay que exterminarlos. Y, en el fondo, no es muy difícil acabar con esta lacra del planeta. De hecho, prácticamente basta con prohibir una cosa: preguntar por qué. Esto se lleva haciendo milenios, desde que Sócrates bebió de la cicuta (como ya comenté en mi anterior artículo) hasta el obispo Helder Cámara con el que empezaba este artículo, pasando por todas aquellas voces que han sido enterradas (pero nunca olvidadas) a lo largo de la historia.
Intentan destrozar toda la estructura universitaria para conseguir que dejemos de preguntarnos el por qué de las cosas. Por suerte, personas como Eduardo Galeano no se dejan silenciar tan fácilmente; y hay muchas más que tampoco están dispuestas a callarse. Ellos los llaman malas hierbas porque les molestan, pero son las flores que nos recuerdan que el mundo debe ser un jardín y no una piara como lo es actualmente. Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera.

Matt K. Lann



1 Esta anécdota la he extraído del libro A quien corresponda, sobre Cuba, la Ilustración y el socialismo, de Carlos Fernández Liria. Este breve libro da una visión muy interesante sobre la situación de Cuba, por lo que no dejo de recomendarlo. Está disponible gratis en formato digital en rebelión.org.