¡Oh, feliz aquel que, dichoso conocedor
de los misterios de los dioses, santifica su vida y se hace en su alma
compañero de tíaso del dios, danzando por los montes como bacante en santas
purificaciones, celebrando los ritos de la Gran Madre Cíbele, agitando en lo
alto su tirso y, coronado de yedra, sirve a Dioniso!
Una
encandiladora atmósfera de erotismo, lujuria y violencia, a la que nadie se
puede resistir, envuelve casi siempre al teatro griego. La tragedia clásica
llama a las puertas de nuestro inconsciente, clamando a gritos que nuestros
impulsos más animales salgan a fuera. Pero nos asusta pensar en lo que seríamos
capaces de hacer si nos dejásemos llevar, nos da miedo responder a esa llamada.
¿Pero a quién no le gusta jugar con el miedo a lo prohibido? Todos abrimos la
puerta y dejamos que los versos de la antigüedad nos lleven donde solos nunca
nos atreveríamos a adentrarnos.
Es una
explosión de crueldad innecesaria y sexo frenético. Tánatos y Eros, mezcla
perfecta.
Pero queda el
último elemento. Violar el umbral de la moral no es sencillo, necesitamos una
pequeña ayuda: debemos estar locos o borrachos. O ambas cosas. Dioniso, señor
de los delirios y del elixir de la vid, viene a darnos este empujoncito final.
Una vez que el dios se ha hecho con nuestro cuerpo ya no hay marcha atrás, no
seremos nosotros los que controlemos nuestros actos sino los más profundos
deseos, oscuros las más de las veces. O como mínimo no bien vistos por los ojos
de la civilización.
Como en Las bacantes, nos damos al monte para
disfrutar como animales, como verdaderos animales, de las danzas, de la bebida
y de las orgías. Una bacanal en toda regla en honor a aquel que nos despojó de
las cadenas de la ética. Pues las fiestas báquicas no es que sean inmorales,
sino que están más allá del bien y del mal. No se pueden mirar bajo el prisma
de lo moral porque precisamente lo moral nace como la frontera frente a este
éxtasis dionisiaco, frente a la pura exuberancia.
Ahora bien, no
hay que menospreciar este límite. Si dejamos que Baco sea el único rector de
nuestra vida podemos llegar a cometer atrocidades innombrables. Es el caso de
Ágave portando orgullosa la cabeza de su hijo Penteo, cabeza la cual ella había
arrancado con sus propias manos en pleno fulgor orgiástico y que ahora porta
empalada, agitándola al viento para mostrar el premio de su cacería. Y no solo
eso, sino que comió y ofreció a sus hermanas la carne del resto del cuerpo para
deleitarse como si de un banquete exquisito se tratase. Cuando reparó en su
hazaña, cuando la cabeza de Penteo perdió el velo de león frente a sus ojos, la
madre no pudo hacer otra cosa que horrorizarse, hundirse en lo más profundo de
su tristeza y vergüenza. Del fervor a la miseria. Vagar errante junto a sus
hermanas en el exilio, en un vano intento de olvidar y expiar sus pecados, es
el destino que le espera.
Dioniso está
ahí, no hay que olvidarlo. Incluso hay que jugar con él, hay que rendirle
pleitesía. Debemos embriagarnos con el vino, vivir la vida, disfrutar, dejarnos
llevar por nuestros deseos. De otra manera la vida es insufriblemente aburrida.
Pero hemos de tener presentes que el vino es como aquel phármakon griego: medicina y veneno, dos caras de la misma moneda.
Nos permite jugar con los placeres ocultos, pero al mismo tiempo, si nos
pasamos, acabará con nosotros.
La grandeza de
Las bacantes estriba justo en esto:
nos permite fantasear con todos aquellos frutos impíos que tanto la moral como
la sociedad rechaza por completo. Da rienda suelta a nuestra imaginación. Nos
ponemos en la piel de una orgía en mitad del monte, bajo el crepitante calor de
las antorchas, bañados sensualmente por la luz de la luna. El sabor del vino
nos encandila y su alcohol nos embriaga; cada vez hay menos límites, aceptamos
más y más el juego pecaminoso. Incluso se coquetea con la idea del incesto, tan
alarmante para toda persona y a la vez tan profundamente anclada al
inconsciente. Recordemos a ese Penteo ansioso por observar, al más puro estilo voyeur, a su propia madre en mitad de
culto a la divinidad.
Pero no solo
con sexo nos tienta Eurípides, también nos trae a escena nuestra sed de sangre.
Esa sensación de imponer nuestra fuerza, de descargar todo nuestro poderío, de
quedar extasiados por el desahogo de toda nuestra rabia, ira, furia
descontrolada sin más motivo que el propio ensalzamiento de la violencia. No
solo nos gusta dar vida, también ansiamos quitarla, nos acerca a la posición
privilegiada de los dioses, y merecemos sentirnos como ellos al menos por unos
instantes.
Nuestra
imaginación alcanza el orgasmo en una mezcla de satisfacción y de poder. Por
eso nos gusta Las bacantes pese al
macabro destino que aguarda a los protagonistas, porque juega con el límite de
lo indecente, e incluso se atreve a superarlo.
Sin embargo,
no debemos pasar por alto el aspecto negativo de la obra, igual de necesario.
Está bien deleitarse en ese coqueteo imaginativo que insinúan los versos de
Eurípides, pero debe quedarse en eso:
en un mero coqueteo. Si nos extralimitamos y renunciamos a todo límite,
acabaremos decapitando no solo a nuestros hijos, sino a la posibilidad misma de
que la sociedad sea un lugar habitable. Vivimos unos junto a otros, y para que
todos podamos jugar con Dioniso (y no solo unos cuantos que acaparan tal
derecho para sus personas, y que por ello acaban desmembrando a los demás)
debemos aceptarlo pero controlarlo.
Hay que rendir culto a Baco junto a los demás dioses, tal como reclamaba el
Extranjero al principio de la tragedia, pero no acabar con los demás dioses.
Así que,
dejemos volar libre nuestra imaginación, no seamos unos mojigatos reprimidos
que acaban desquiciados por no darse nunca un gustazo. Pero no nos creamos que
solo de imaginación vive el hombre.
Matt
K. Lann










