-Tal vez esté viejo y cansado, pero creo que las posibilidades de
descubrir lo que realmente pasa son tan remotas que lo único que puede hacerse
es decir: “olvídalo y mantente ocupado”. Yo prefiero ser feliz a tener razón.
-¿Y lo es?
-Eeeeh… no. Ahí reside todo el fracaso, claro.
¿Qué pasaría
si encontramos las respuestas a las más inquietantes preguntas que acechan a la
mente humana? ¿Cómo encajaríamos desvelar los misterios mejor guardados del
universo? ¿Descansaríamos tranquilos con las respuestas? ¿O seríamos incapaces
de aceptar la verdad?
Más de cinco
mil años de historia han dado a luz a toda clase de conjeturas sobre quién o
qué es Dios. No solo se ha discutido por ello, se ha matado. La existencia de una
entidad suprema que dote de sentido nuestra miserable existencia es un eje
central que atraviesa hasta el último poro de todo lo que hacemos. No es broma:
si hay algo que no puede soportar el ser humano es que su existencia sea
contingente, aceptar que lo mismo daba que naciese o no. Y no solo como
individuo, sino como especie en general, no podemos concebirnos como un
elemento más del conjunto; bien es verdad que jode bastante más aceptar lo
banal de uno mismo que de todos: uno siempre es más relevante que los demás.
Pero millares
de personas son ateas, se dirá. ¿Qué pasa con ellos? Bien, excluyamos de ese
poco definido grupo a todos aquellos que creen en horóscopos, el karma, el
destino, energías vitales o cosas por el estilo. Eso no es más que un teísmo de
otro estilo. Solo unas pocas personas son ateas hablando con propiedad, sin
creer absolutamente en nada, aceptando su radical y absoluta contingencia.
Frente a este
panorama ¿qué lleva a actuar a esas personas? ¿Cuáles son sus motivaciones, sus
fines? Y lo más importante ¿cómo los legitiman, cómo saben que eso es lo
correcto? O más modestamente ¿por qué creen que, al menos para ellos mismos,
eso es lo más adecuado? Si uno es creyente, sea de la índole que sea su
creencia, basta con que en el centro de su actividad fije la divinidad
correspondiente, conforme a la cual valorará el resto de sus actos. Pero ¿y si
no hay eje central?
¿Podemos
aceptar realmente el nihilismo? Miremos fijamente a la vida, aceptémosla tal y
como es, aceptemos nuestro papel: un diminuto punto en un minúsculo planeta que
ni siquiera es el centro de su galaxia. Millones y millones de kilómetros de
universo en donde nosotros solo suponemos una parte tan infinitesimal que se
puede redondear a cero. Siendo esto así creo que es obvio que nada de lo que
hagamos puede influir un ápice en el inmenso todo. No obstante, día a día nos
levantamos y hacemos nuestras cosas convencidos de que son de vital
importancia. Pero no solo eso -lo cual, al menos por una cuestión pragmática
puede ser defendido: ya que vivimos unos junto a otros al menos tratemos de no
ser excesivamente insoportables- sino que encima hablamos en nombre de la
totalidad y especulamos sobre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, sobre
lo bello, sobre lo deleznable. Pese a nuestra patente no centralidad, nos
erigimos como abogados de lo absoluto.
Una persona
que cree en lo Justo, con muchas mayúsculas, no puede evitar sentir que el peso
del magnánimo universo le aplasta al plantearse estas cuestiones. ¿Cuál es la
salida más rápida para no ser asfixiado por la omniabarcante realidad? Aceptar
el suicidio cultural e intelectual. Todo da igual, todo da lo mismo. Somos tan
irrelevantes que lo mejor que podemos hacer es dedicarnos a vivir nuestra vida,
tratar de ser lo más felices posibles y dejar de perder el tiempo en intentar
de someter al universo a nuestros esquemas humanos. Pero ¿no estamos haciendo
lo mismo ahora, solo que poniendo la felicidad como punto central? ¿Por qué
suponemos que la vida está hecha para ser felices? ¿Acaso alguien nos ha dicho
que eso ha de ser así? Si contestamos que sí a esta pregunta, entonces volvemos
a caer en la religión. Si por el contrario respondemos negativamente
básicamente se nos abren dos opciones: considerar que nosotros somos quiénes
para fijar los ejes que rijan la vida, y en tal caso lo único que hemos hecho
es ascendernos a nosotros mismos a Dios. Volvemos a la casilla de salida. La
otra posibilidad es que aceptemos que la felicidad no tiene por qué guiar la
existencia. Puede que el patrón de la vida sea el sufrimiento, y por ende lo
más lógico sea que todos enfoquemos nuestro paso por el mundo a ser unos
mártires sin causa -pues un mártir con causa es un mártir con Dios-. ¿Cuántos
de nosotros estamos dispuestos a sufrir porque sí, sin el más mínimo motivo,
solo porque aceptamos que la vida es dolor y que por tanto hemos de tener una
vida angustiosa? Si somos optimistas (y en grandes cantidades) podemos decir
que ha habido y habrá muchas personas dispuestas a dar hasta su vida por un ideal,
por una persona, por un dios. ¿Pero quién daría la vida por la vida? Eso es un
sinsentido. De hecho, si nos encontrásemos a alguien que llevara a cabo tal
hazaña consideraríamos que se trata de una persona desequilibrada. Incluso el
más nihilista de los nihilistas considera su nihilismo la regla para medir el
nihilismo de la realidad. Hete aquí al más absurdo caos convertido en patrón
universal.
Es
absolutamente imposible que escapemos a la imperiosa necesidad de racionalizar
el mundo en el que nos encontramos inmersos, aunque sea de la forma más
irracional que se nos ocurra. Necesitamos dar una respuesta a la vida. Y
retomando la pregunta lanzada al principio: ¿qué pasa si damos con la respuesta
y no nos gusta? Imaginemos que el mundo no es más que un emplazamiento
construido por encargo de unos ratones que necesitaban experimentar con
moléculas para ver cómo se desarrollaban. ¿Cómo soportaríamos esto? Eso
dependerá del nivel personal de creencia en su particular religión de cada uno.
Un religioso a ultranza posiblemente se suicide al descubrir que le ha estado
rezando a un ser que no levanta más de cinco centímetros del suelo; tal vez el
nihilista más pesimista de todos se ría de lo absurdo que resulta. Pero hay
otra pregunta más interesante aún. Supongamos que no nos hemos suicidado y que
hemos tenido el coraje de aceptar tan disparatado resultado: ¿eso nos haría
cambiar nuestro modo de actuar? Tras la gran revelación del Ratón todopoderoso
¿consideraremos que la pauta para marcar lo justo y lo injusto es la proximidad
al queso? ¿Será bello aquello que sea mordisqueable? ¿O más bien todo eso nos
importará una mierda y seguirá dándonos ganas de invadir Polonia cuando oigamos
la Cabalgata de las valquirias? Yo creo que Polonia tendría las horas contadas.
Desde que
fuimos arrojados a las garras de la vida como especie llevamos apañándonoslas
para decidir qué es verdad y qué mentira sin que ningún Dios o Ratón haga
aparición en escena. Y aunque a duras penas, hemos avanzado. Obviamente, no
podremos nunca dejar de preguntarnos qué o quién nos puso aquí, o cómo es
posible que siempre tendamos a establecer un punto que de sentido a nuestras
vidas; esas preguntas volarán siempre por nuestra mente insaciable de
resultados -al menos hasta que se presente el Gran Ratón-. Pero empecemos a
diferenciar las cosas. No sabremos cómo ha surgido la verdad en el universo ni
porqué nosotros podemos acceder a ella, o por lo menos intentarlo. Pero eso ahí
está, y lo que hagamos con ello ya no atañe al modo en que apareció. Si nuestro
señor ratonil creó las matemáticas y nos permitió conocerlas, mejor para él,
pero queda en nuestras manos alcanzarlas, explicarlas, justificarlas y
aplicarlas; el Ratón ya no pinta nada en eso. Da exactamente igual cómo
surgiese la posibilidad de que se pueda contar, eso no influye en lo más mínimo
en que 7 + 5 sean 12. Y lo mismo pasa con lo justo: es indiferente que haya
justicia en este mundo porque Dios es benevolente o porque simplemente está
incluido en el desarrollo del universo, como un átomo más. Eso no cambiará el
hecho de que discriminar a los homosexuales sea injusto e inmoral. El creador no interviene en la creación,
ni para medirla, ni para juzgarla, ni para nada. Sea por lo que sea, el ser
humano es racional (aunque lo demuestre poco), y por ello puede hablar de lo
justo o lo verdadero sin necesidad de apelar a divinidad alguna, precisamente
porque lo justo o lo verdadero no tiene que ver con divinidad alguna. Lo que
pasa en la realidad se queda en la realidad, y el que esté fuera de ella que se
aguante, por mucho que la haya construido él. Cosa bien distinta es que, aparte
de tratar de progresar, nos preguntemos por qué estamos aquí. Pero en cualquier
caso una cosa no tiene que ver con la otra. Por el primer camino diremos que la
ablación del clítoris es un crimen contra la mujer, por el segundo nos haremos
budistas, cristianos, musulmanes o le pondremos velitas a un caballero del
zodiaco.
Y esto no lo
digo porque, como ya apunte antes, le quite la silla a Dios y siente en ella a
la Razón. Para nada. Yo no creo que la Razón haya creado el mundo -más bien lo
niego rotundamente-; tampoco creo que la Razón sea un ente abstracto
omnipotente al que tengamos que rezar y rendir pleitesía. Lo que digo es que se
ha dado la casualidad de que el ser humano es racional, y que ese “racional” le
permite mirar las cosas desde un punto de vista distinto al suyo propio. ¿Y por
qué la Razón tiene esa capacidad? ¡Pues vaya usted a saber! Pero qué quiere que
le haga, es así. Los hombres no son dioses, se tienen que enfrentar a una vida
que les sobrepasa por todos los costados. Ahora bien, tiene la suerte de contar
con su capacidad racional, así que dejemos que sea ella quien establezca qué es
lo verdadero y qué es lo justo.
Parecen quedar
así saldadas las cuentas con los creyentes: la apertura de la existencia no
tiene que ver con la existencia misma. Pero, ¿qué pasa con los que nunca
creyeron, qué ocurre con los nihilistas, con los que defienden la
irracionalidad del mundo? Ocurre que, con mucho tesón, van en contra de lo más
intrínseco al ser humano. Es ridículo considerar que las personas podemos
centrarnos solamente en comer, beber, follar y vivir entregados nada más que al
placer y la felicidad. Por h o por b somos racionales, y pretender negar esa
parte de nosotros no es aceptar a la vida tal como es sin someterla a nuestras
pautas; muy al contrario, es negar lo más propio de la existencia del universo,
y es que depende enteramente de los seres que en él nos encontramos. Y si entre
dichos seres hay unos personajillos que tienen raciocinio, no hacer uso de
dicha capacidad es ir contra natura. Las lombrices son lombrices de la mejor
manera que saben: haciendo agujeros, arrastrándose por el suelo, metiéndose en
las manzanas, en definitiva, lombrizeando por ahí todo el día. En nuestro caso,
tenemos cuerpo, por lo que comemos, bebemos y follamos, no hay nada de malo en
ello. Pero también tenemos Razón, ¿por qué no vamos a hacer cosas racionales?
Lo lógico
sería ahora justificar por qué hemos de supeditar nuestra parte carnal a la
racional. A lo que yo, dando mi opinión y por ello una respuesta algo coja,
diría: ¡y yo que se! Solo se que no podemos ser felices siendo meramente
animales. Por mucho que lo intentemos, por mucho que nos volvamos hedonistas
hasta la arcada, no podemos evitar plantearnos la pregunta del sentido de la
existencia. Y si nos planteamos una pregunta es porque queremos una respuesta.
Y si queremos una respuesta es porque necesitamos racionalizar el mundo. Y si
ya encima resulta que esta pregunta nos la repetimos a lo largo de miles de
años, ¡coño! Será porque es una pregunta sumamente importante para nosotros,
¡será porque no podemos no usar nuestra Razón! Es completamente cierto que el
mundo en su abismal infinitud no puede ser sometido plenamente a los designios
de nuestra Razón, pero ni falta que hace. Basta con que al menos no
desperdiciemos las partes que sí se pliegan a nuestros esquemas. Qué más dará
que se dejen plegar por gracia divina o por vete tú a saber. Lo relevante no es
eso.
Es sumamente
absurdo tratar de defender un nihilismo a ultranza, negando cualquier clase de
universales. Es algo que está en lo más profundo de nosotros. Aunque las
cuestiones que eternamente han mantenido en vilo a las más grandes mentes así
como a los más viles transeúntes se resuelvan de un plumazo con un
superordenador, ello no quitará nada de valor a nuestro empeño de defender
nuestros universales.
Indagaremos
sin cesar sobre el sentido de la vida. Y si algún día nos dicen que la
respuesta a ese gran enigma es 42, pues nos buscaremos otra pregunta imposible
que responder. Eso sí, lo justo siempre será lo justo.
Matt
K. Lann


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