miércoles, 8 de abril de 2015

NI BEATOS, NI NIHILISTAS, NI TODO LO CONTRARIO

-Tal vez esté viejo y cansado, pero creo que las posibilidades de descubrir lo que realmente pasa son tan remotas que lo único que puede hacerse es decir: “olvídalo y mantente ocupado”. Yo prefiero ser feliz a tener razón.
-¿Y lo es?
-Eeeeh… no. Ahí reside todo el fracaso, claro.

¿Qué pasaría si encontramos las respuestas a las más inquietantes preguntas que acechan a la mente humana? ¿Cómo encajaríamos desvelar los misterios mejor guardados del universo? ¿Descansaríamos tranquilos con las respuestas? ¿O seríamos incapaces de aceptar la verdad?
Más de cinco mil años de historia han dado a luz a toda clase de conjeturas sobre quién o qué es Dios. No solo se ha discutido por ello, se ha matado. La existencia de una entidad suprema que dote de sentido nuestra miserable existencia es un eje central que atraviesa hasta el último poro de todo lo que hacemos. No es broma: si hay algo que no puede soportar el ser humano es que su existencia sea contingente, aceptar que lo mismo daba que naciese o no. Y no solo como individuo, sino como especie en general, no podemos concebirnos como un elemento más del conjunto; bien es verdad que jode bastante más aceptar lo banal de uno mismo que de todos: uno siempre es más relevante que los demás.
Pero millares de personas son ateas, se dirá. ¿Qué pasa con ellos? Bien, excluyamos de ese poco definido grupo a todos aquellos que creen en horóscopos, el karma, el destino, energías vitales o cosas por el estilo. Eso no es más que un teísmo de otro estilo. Solo unas pocas personas son ateas hablando con propiedad, sin creer absolutamente en nada, aceptando su radical y absoluta contingencia.
Frente a este panorama ¿qué lleva a actuar a esas personas? ¿Cuáles son sus motivaciones, sus fines? Y lo más importante ¿cómo los legitiman, cómo saben que eso es lo correcto? O más modestamente ¿por qué creen que, al menos para ellos mismos, eso es lo más adecuado? Si uno es creyente, sea de la índole que sea su creencia, basta con que en el centro de su actividad fije la divinidad correspondiente, conforme a la cual valorará el resto de sus actos. Pero ¿y si no hay eje central?
¿Podemos aceptar realmente el nihilismo? Miremos fijamente a la vida, aceptémosla tal y como es, aceptemos nuestro papel: un diminuto punto en un minúsculo planeta que ni siquiera es el centro de su galaxia. Millones y millones de kilómetros de universo en donde nosotros solo suponemos una parte tan infinitesimal que se puede redondear a cero. Siendo esto así creo que es obvio que nada de lo que hagamos puede influir un ápice en el inmenso todo. No obstante, día a día nos levantamos y hacemos nuestras cosas convencidos de que son de vital importancia. Pero no solo eso -lo cual, al menos por una cuestión pragmática puede ser defendido: ya que vivimos unos junto a otros al menos tratemos de no ser excesivamente insoportables- sino que encima hablamos en nombre de la totalidad y especulamos sobre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, sobre lo bello, sobre lo deleznable. Pese a nuestra patente no centralidad, nos erigimos como abogados de lo absoluto.
Una persona que cree en lo Justo, con muchas mayúsculas, no puede evitar sentir que el peso del magnánimo universo le aplasta al plantearse estas cuestiones. ¿Cuál es la salida más rápida para no ser asfixiado por la omniabarcante realidad? Aceptar el suicidio cultural e intelectual. Todo da igual, todo da lo mismo. Somos tan irrelevantes que lo mejor que podemos hacer es dedicarnos a vivir nuestra vida, tratar de ser lo más felices posibles y dejar de perder el tiempo en intentar de someter al universo a nuestros esquemas humanos. Pero ¿no estamos haciendo lo mismo ahora, solo que poniendo la felicidad como punto central? ¿Por qué suponemos que la vida está hecha para ser felices? ¿Acaso alguien nos ha dicho que eso ha de ser así? Si contestamos que sí a esta pregunta, entonces volvemos a caer en la religión. Si por el contrario respondemos negativamente básicamente se nos abren dos opciones: considerar que nosotros somos quiénes para fijar los ejes que rijan la vida, y en tal caso lo único que hemos hecho es ascendernos a nosotros mismos a Dios. Volvemos a la casilla de salida. La otra posibilidad es que aceptemos que la felicidad no tiene por qué guiar la existencia. Puede que el patrón de la vida sea el sufrimiento, y por ende lo más lógico sea que todos enfoquemos nuestro paso por el mundo a ser unos mártires sin causa -pues un mártir con causa es un mártir con Dios-. ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a sufrir porque sí, sin el más mínimo motivo, solo porque aceptamos que la vida es dolor y que por tanto hemos de tener una vida angustiosa? Si somos optimistas (y en grandes cantidades) podemos decir que ha habido y habrá muchas personas dispuestas a dar hasta su vida por un ideal, por una persona, por un dios. ¿Pero quién daría la vida por la vida? Eso es un sinsentido. De hecho, si nos encontrásemos a alguien que llevara a cabo tal hazaña consideraríamos que se trata de una persona desequilibrada. Incluso el más nihilista de los nihilistas considera su nihilismo la regla para medir el nihilismo de la realidad. Hete aquí al más absurdo caos convertido en patrón universal.
Es absolutamente imposible que escapemos a la imperiosa necesidad de racionalizar el mundo en el que nos encontramos inmersos, aunque sea de la forma más irracional que se nos ocurra. Necesitamos dar una respuesta a la vida. Y retomando la pregunta lanzada al principio: ¿qué pasa si damos con la respuesta y no nos gusta? Imaginemos que el mundo no es más que un emplazamiento construido por encargo de unos ratones que necesitaban experimentar con moléculas para ver cómo se desarrollaban. ¿Cómo soportaríamos esto? Eso dependerá del nivel personal de creencia en su particular religión de cada uno. Un religioso a ultranza posiblemente se suicide al descubrir que le ha estado rezando a un ser que no levanta más de cinco centímetros del suelo; tal vez el nihilista más pesimista de todos se ría de lo absurdo que resulta. Pero hay otra pregunta más interesante aún. Supongamos que no nos hemos suicidado y que hemos tenido el coraje de aceptar tan disparatado resultado: ¿eso nos haría cambiar nuestro modo de actuar? Tras la gran revelación del Ratón todopoderoso ¿consideraremos que la pauta para marcar lo justo y lo injusto es la proximidad al queso? ¿Será bello aquello que sea mordisqueable? ¿O más bien todo eso nos importará una mierda y seguirá dándonos ganas de invadir Polonia cuando oigamos la Cabalgata de las valquirias? Yo creo que Polonia tendría las horas contadas.
Desde que fuimos arrojados a las garras de la vida como especie llevamos apañándonoslas para decidir qué es verdad y qué mentira sin que ningún Dios o Ratón haga aparición en escena. Y aunque a duras penas, hemos avanzado. Obviamente, no podremos nunca dejar de preguntarnos qué o quién nos puso aquí, o cómo es posible que siempre tendamos a establecer un punto que de sentido a nuestras vidas; esas preguntas volarán siempre por nuestra mente insaciable de resultados -al menos hasta que se presente el Gran Ratón-. Pero empecemos a diferenciar las cosas. No sabremos cómo ha surgido la verdad en el universo ni porqué nosotros podemos acceder a ella, o por lo menos intentarlo. Pero eso ahí está, y lo que hagamos con ello ya no atañe al modo en que apareció. Si nuestro señor ratonil creó las matemáticas y nos permitió conocerlas, mejor para él, pero queda en nuestras manos alcanzarlas, explicarlas, justificarlas y aplicarlas; el Ratón ya no pinta nada en eso. Da exactamente igual cómo surgiese la posibilidad de que se pueda contar, eso no influye en lo más mínimo en que 7 + 5 sean 12. Y lo mismo pasa con lo justo: es indiferente que haya justicia en este mundo porque Dios es benevolente o porque simplemente está incluido en el desarrollo del universo, como un átomo más. Eso no cambiará el hecho de que discriminar a los homosexuales sea injusto e inmoral. El creador no interviene en la creación, ni para medirla, ni para juzgarla, ni para nada. Sea por lo que sea, el ser humano es racional (aunque lo demuestre poco), y por ello puede hablar de lo justo o lo verdadero sin necesidad de apelar a divinidad alguna, precisamente porque lo justo o lo verdadero no tiene que ver con divinidad alguna. Lo que pasa en la realidad se queda en la realidad, y el que esté fuera de ella que se aguante, por mucho que la haya construido él. Cosa bien distinta es que, aparte de tratar de progresar, nos preguntemos por qué estamos aquí. Pero en cualquier caso una cosa no tiene que ver con la otra. Por el primer camino diremos que la ablación del clítoris es un crimen contra la mujer, por el segundo nos haremos budistas, cristianos, musulmanes o le pondremos velitas a un caballero del zodiaco.
Y esto no lo digo porque, como ya apunte antes, le quite la silla a Dios y siente en ella a la Razón. Para nada. Yo no creo que la Razón haya creado el mundo -más bien lo niego rotundamente-; tampoco creo que la Razón sea un ente abstracto omnipotente al que tengamos que rezar y rendir pleitesía. Lo que digo es que se ha dado la casualidad de que el ser humano es racional, y que ese “racional” le permite mirar las cosas desde un punto de vista distinto al suyo propio. ¿Y por qué la Razón tiene esa capacidad? ¡Pues vaya usted a saber! Pero qué quiere que le haga, es así. Los hombres no son dioses, se tienen que enfrentar a una vida que les sobrepasa por todos los costados. Ahora bien, tiene la suerte de contar con su capacidad racional, así que dejemos que sea ella quien establezca qué es lo verdadero y qué es lo justo.
Parecen quedar así saldadas las cuentas con los creyentes: la apertura de la existencia no tiene que ver con la existencia misma. Pero, ¿qué pasa con los que nunca creyeron, qué ocurre con los nihilistas, con los que defienden la irracionalidad del mundo? Ocurre que, con mucho tesón, van en contra de lo más intrínseco al ser humano. Es ridículo considerar que las personas podemos centrarnos solamente en comer, beber, follar y vivir entregados nada más que al placer y la felicidad. Por h o por b somos racionales, y pretender negar esa parte de nosotros no es aceptar a la vida tal como es sin someterla a nuestras pautas; muy al contrario, es negar lo más propio de la existencia del universo, y es que depende enteramente de los seres que en él nos encontramos. Y si entre dichos seres hay unos personajillos que tienen raciocinio, no hacer uso de dicha capacidad es ir contra natura. Las lombrices son lombrices de la mejor manera que saben: haciendo agujeros, arrastrándose por el suelo, metiéndose en las manzanas, en definitiva, lombrizeando por ahí todo el día. En nuestro caso, tenemos cuerpo, por lo que comemos, bebemos y follamos, no hay nada de malo en ello. Pero también tenemos Razón, ¿por qué no vamos a hacer cosas racionales?
Lo lógico sería ahora justificar por qué hemos de supeditar nuestra parte carnal a la racional. A lo que yo, dando mi opinión y por ello una respuesta algo coja, diría: ¡y yo que se! Solo se que no podemos ser felices siendo meramente animales. Por mucho que lo intentemos, por mucho que nos volvamos hedonistas hasta la arcada, no podemos evitar plantearnos la pregunta del sentido de la existencia. Y si nos planteamos una pregunta es porque queremos una respuesta. Y si queremos una respuesta es porque necesitamos racionalizar el mundo. Y si ya encima resulta que esta pregunta nos la repetimos a lo largo de miles de años, ¡coño! Será porque es una pregunta sumamente importante para nosotros, ¡será porque no podemos no usar nuestra Razón! Es completamente cierto que el mundo en su abismal infinitud no puede ser sometido plenamente a los designios de nuestra Razón, pero ni falta que hace. Basta con que al menos no desperdiciemos las partes que sí se pliegan a nuestros esquemas. Qué más dará que se dejen plegar por gracia divina o por vete tú a saber. Lo relevante no es eso.
Es sumamente absurdo tratar de defender un nihilismo a ultranza, negando cualquier clase de universales. Es algo que está en lo más profundo de nosotros. Aunque las cuestiones que eternamente han mantenido en vilo a las más grandes mentes así como a los más viles transeúntes se resuelvan de un plumazo con un superordenador, ello no quitará nada de valor a nuestro empeño de defender nuestros universales.
Indagaremos sin cesar sobre el sentido de la vida. Y si algún día nos dicen que la respuesta a ese gran enigma es 42, pues nos buscaremos otra pregunta imposible que responder. Eso sí, lo justo siempre será lo justo.


Matt K. Lann

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