Prestigioso título ofertado por la Universidad del Neoliberalismo.
“-Cuando doy comida a
los pobres me llaman santo-
dijo el obispo brasileño
Helder Cámara-.
Y cuando pregunto por
qué no tienen comida, me llaman comunista.”
Durante estos últimos
años los estudiantes de las diversas universidades (me incluyo) se
han venido quejando de la brutal subida de tasas. Pagar la matrícula
es algo ya al alcance de muy pocos, y mucho más pequeño es el
círculo de los que consiguen alguna beca o cualquier clase de ayuda
para poder acceder a los estudios universitarios. La imparable
mercantilización de lo que debería ser el templo del conocimiento
ha conseguido que tener una carrera sea algo con lo que ya solo unos
pocos sueñan; mucho más ilusos son aquellos que confían en que
podrán quedarse como profesores de la misma.
Ante este panorama
desolador alguien podría echarse las manos a la cabeza y vaticinar
el final del conocimiento. ¡No tan rápido amigo!, aun queda alguien
que se preocupa por ofrecer a los ciudadanos del mundo un importante
título, que le ayudará y perseguirá -incesablemente- a lo largo de
toda su vida. La sabiduría todavía tiene un aliado muy poderoso:
¡el sistema neoliberal! Pasen y vean.
En 1998 Eduardo Galeano
escribió una obra simplemente magnífica. El libro en cuestión se
titula Patas arriba. La escuela del mundo al revés, y desde
luego recomiendo su lectura a todo el mundo. Entre sus páginas nos
encontramos la solución al problema que planteé en los primeros
párrafos.
Galeano tiene el placer
de ofrecernos el plan de estudios con más futuro y prestigio que hoy
en día podemos ver en todo el ámbito universitario. Se trata del
programa de La escuela del mundo al revés, en donde
hallaremos interesantísimas -y sobre todo, muy útiles para nuestra
inserción en el mercado laboral- clases como “Curso básico de
injusticia”, “Curso básico de racismo y machismo”, “La
enseñanza del miedo”, “Lecciones contra los vicios inútiles”
(en donde nos enseñarán a despojarnos de esa carga innecesaria que
algunos tan tozudamente nos empeñamos en conservar, como es el
pensar por uno mismo), y para los alumnos más audaces, “La
impunidad de los exterminadores del planeta” o “Lecciones de la
sociedad de consumo”. Estas son, entre otras, las asignaturas que
nos ofrece este maravilloso máster del neoliberalismo; todo ello con
el fin (¡por supuestísimo!) de mejorar nuestros conocimientos y
poder ser gente con un título verdaderamente importante. Menos mal
que alguien aún mira por nosotros.
Según vamos recorriendo
los pasillos de esta universidad, vemos como la pluma de Galeano nos
cuenta las fábulas del mundo en el que vivimos. Narra tan bien estas
fábulas que, ¡oye!, hasta parece que en vez de fábulas se tratase
del mundo que habitamos. En las diversas clases nos enseñan como,
gracias a la aguda intervención del mercado, multitud de países
descarriados -la mayoría de Latinoamérica- volvieron al sendero del
que nunca debieron salir; nada de votar a partidos socialistas (en
qué estaría pensando Chile al elegir democráticamente a Salvador
Allende) que empiezan a nacionalizar empresas extranjeras y a
repartir los beneficios en vez de las deudas. Ellos no saben lo que
quieren, y por eso es mejor la intervención de Augusto Pinochet a
que el pueblo elija libremente. De esta manera, los ya licenciados en
esta universidad consiguieron rescatar al país de la amenaza
comunista.
Tras el cambio de clase,
podremos asistir a la siguiente lección. En ella, el profesor nos
enseñará a ocultar años y años de historia, remodelarlos al gusto
y venderlos a todo el planeta. Gracias a estos catedráticos sabemos
que, aunque la mayoría de las tribus africanas siempre han convivido
en paz las unas con las otras, no es hasta la llegada del demonio
blanco por lo que empiezan sus disputas. Rivalidades que nunca han
existido brotan gracias a la rigurosa labor del conquistador europeo,
que con un buen discurso y alguna que otra metralleta, consigue que
reine el caos entre estas tribus. Una vez sembrados los vientos, toca
recoger y vender las tempestades. En absoluto haría bien al mundo
conocer la verdad, a nadie le interesa tener la absurda idea de que
los pueblos africanos son civilizados sin necesitar la ayuda europea
o estadounidense, para nada. Es mejor vender a todo el mundo que
estos salvajes siempre han sido así, y que el hombre blanco, en un
alarde de altruismo, ha decidido ir a civilizarles. Malas lenguas son
aquellas que dicen que van para robarles el petróleo o los recursos
mineros, eso es completamente secundario y casual.
También podremos
aprender alguna que otra cosa sobre Cuba, el país que tanto miedo da
a Occidente, que con solo nombrarlo ya corres el riesgo de ser
tachado de masón, comunista, marxista, terrorista y más cosas
acabadas en “ista” y que suenan muy feas. Esta vez el profesor
nos cuenta como, desde la caída de la ayuda económica que suponían
los países del este de Europa, en Cuba empezó a predominar el
dólar. Desde entonces, a pesar de que no han conseguido acabar con
la educación y la sanidad, pues tienen de las mejores en todo el
mundo, la delincuencia y la pobreza han aumentado exponencialmente en
la isla. A este respecto, Galeano nos trae el testimonio de un amigo
suyo: “Les falta todo. Eso sí: dignidad les sobra. Como para hacer
transfusión.”. Muy interesante la declaración, da para
reflexionar por qué esto es así. Sin embargo, el profesor de la
universidad nos alerta del peligro de esto: “¡No pienses!
¡Obedece!”. Así pues, es mucho mejor vender al mundo (siempre por
su propio bien) que el problema de Cuba no es ni el desplome de el
90% de su economía tras la disolución de la URSS, ni que el bloqueo
estadounidense impida cualquier clase de relación comercial con los
demás países europeos, ni mucho menos, la intromisión incesante
del modelo económico neoliberal yankee en un territorio que,
simplemente, no quiere tenerlo; nada de eso, la culpa es de que estos
pintorescos personajes cubanos, como el Ché o Fidel, tuvieron la
mala idea de pensar por sí mismos y allá que se lanzaron a
instaurar el comunismo. ¡Vaya cabezas de chorlito!
Nos encontramos algo muy
similar en las clases sobre Brasil. El hecho de que miles de niños
estén en la calle viviendo de la mendicidad y de lo poco que puedan
robar cada día para subsistir, o de que para evadirse de este mundo
de mierda que les aplasta sin ninguna clase de compasión todos los
días esnifen pegamento, es debido a su naturaleza inferior de
indígenas. Nada tiene que ver la invasión de los países del norte
que, de nuevo con palabras y alguna que otra bala, expropiasen todos
los recursos importantes que tenían los brasileños para sobrevivir
y empezase a corromper la política del país invadido para hacer
contrataciones favorables a sus proyectos. De nuevo, esto nada tiene
que ver; la culpa es de que los niños brasileños no quieren hacer
nada por cambiar su situación, son unos vagos y unos maleantes por
naturaleza y como tales morirán (seguramente antes de que dejen
siquiera de ser niños).
Los países
“desarrollados” hacen todo lo posible por ayudar a sus vecinos
del sur convirtiendo a sus políticos en gente práctica para este
mundo en el que vivimos. Es muy curioso el caso que nos relata
Galeano sobre un político brasileño que ganó las elecciones bajo
el eslogan “Rouba, mas faz”, que en nuestro idioma quiere
decir “Roba, pero hace”. El pueblo brasileño tiene tan asimilado
que sus políticos son corruptos (gracias al título que obtuvieron
en esta, cada vez mejor, universidad), que prefirieron votar a aquel
que les decía abiertamente: “Yo voy a robar, eso tenerlo por
seguro. Ahora bien, también tengo intención de hacer alguna que
otra cosa”, que a otro charlatán mentiroso, que ni bien sabe
mentir. Gracias a La escuela del mundo al revés, todo Brasil tiene
interiorizado que la política es sinónimo de corrupción. Como para
conseguir así mejorar la situación del país.
Esta misma idea la
encontramos no solo en Brasil, sino en la mayoría de los pueblos de
América Latina. Y lo que es más triste, ya no solo en relación a
la política, sino también con la policía. La mayoría de la gente
de las ciudades del sur de América prefiere tener el mínimo
contacto con la policía, pues son muy conscientes de que ellos no
solo son corruptos, sino que encima van armados. De este modo, muchas
veces asumen actos injustos contra sus personas antes de tener que
vérselas con el cuerpo de policía. Pero, para variar, esto nada
tiene que ver con que las empresas extranjeras del mundo del libre
mercado den pagas extraordinarias a los policías que acaban con los
niños delincuentes en las calles que tanto les estorban, nada más
lejos de la verdad. Es que estas gentes del sur llevan en sus genes
ser unos bárbaros, y no hay nada que se le pueda hacer.
Merece
ahora la pena citar el testimonio de un chico cubano acerca de la
policía en su isla. Un visitante español en la isla comentaba, en
presencia del muchacho, la paliza que le propinaron al hijo de un
amigo suyo la policía en España a raíz de una infracción vial que
cometió. Ante esto, muy sorprendido, el joven dijo que eso en Cuba
era imposible que pasase, puesto que las penas por agresión que se
le imponen a los policías son mucho mayores que las que se le
imponen a los demás ciudadanos. Y además -seguía relatando el
chico- los demás policías delatarían a su compañero, ya que saben
que está ejerciendo un abuso de autoridad. Lo más curioso de toda
esta anécdota es que el muchacho en cuestión era un granujilla de
barrio que sobrevivía robando lo que podía para comer, y aun así
defendía firmemente a la policía1.
Cosa completamente inaudita en el hemisferio “civilizado” del
planeta.
Pero
como ya sabemos, pues nos vamos quedando con los consejos que nos dan
nuestros estupendos profesores, estas cosas es mejor no decirlas, no
vaya a ser que se rompa la compleja estructura neoliberal que tanto
tiempo y sangre (nunca propia) ha costado instaurar y tengamos que
empezar de nuevo, ¡Dios no lo quiera!
Una
vez terminada la lectura comprobamos como Galeano, con un aire
circense increíble, nos muestra como realmente el mundo está al
revés. Día a día tratamos con verdaderas barbaridades y nos
parecen completamente normales, y sin embargo, ponemos el grito en el
cielo frente a completos absurdos. Mientras comemos vemos impunemente
noticias sobre como niños mueren de hambre y enfermedades en África,
o como países están en guerra debido a invasiones externas, y miles
de atrocidades más; y en el mejor de los casos se nos escapa un
“madre mía…”. Sin embargo, montamos un alboroto increíble
porque nuestra conexión a internet va lenta y no podemos ver bien la
última película de Hugh Grant o porque no se descarga a tiempo el
último capítulo de The walking dead. ¿Realmente nadie más
se percata del problema de raíz que esto supone?
Pero
claro, ahí está el siguiente conflicto. Este prestigioso máster en
desgracia humana no solo se encarga de no informar a la gente con la
verdad mientras que le mete por un embudo miles de mentiras, sino que
también tiene clases magistrales sobre cómo acallar las voces que
se alzan. A nadie le gusta que el césped de su jardín este
desigualado, y por eso corta las malas hierbas que sobresalen. El
mundo es el jardín de ese pequeño porcentaje que hace lo que quiere
con el planeta entero, y los librepensadores son las malas hierbas
(malísimas), por lo que hay que exterminarlos. Y, en el fondo, no es
muy difícil acabar con esta lacra del planeta. De hecho,
prácticamente basta con prohibir una cosa: preguntar por qué. Esto
se lleva haciendo milenios, desde que Sócrates bebió de la cicuta
(como ya comenté en mi anterior artículo) hasta el obispo Helder
Cámara con el que empezaba este artículo, pasando por todas
aquellas voces que han sido enterradas (pero nunca olvidadas) a lo
largo de la historia.
Intentan
destrozar toda la estructura universitaria para conseguir que dejemos
de preguntarnos el por qué de las cosas. Por suerte, personas como
Eduardo Galeano no se dejan silenciar tan fácilmente; y hay muchas
más que tampoco están dispuestas a callarse. Ellos los llaman malas
hierbas porque les molestan, pero son las flores que nos recuerdan
que el mundo debe ser un jardín y no una piara como lo es
actualmente. Podrán cortar todas las flores, pero no podrán
detener la primavera.
Matt
K. Lann
1
Esta anécdota la he extraído del libro A quien corresponda,
sobre Cuba, la Ilustración y el socialismo, de Carlos Fernández
Liria. Este breve libro da una visión muy interesante sobre la
situación de Cuba, por lo que no dejo de recomendarlo. Está
disponible gratis en formato digital en rebelión.org.

