“Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.”
Hace
ya muchos inviernos que Calderón de la Barca despojó de sus crueles grilletes a
Segismundo. Y con esta liberación dejó grabado para los tiempos venideros una
importante lección.
No
quiero detenerme ahora a hacer un análisis literario profesional de La vida es sueño, principalmente porque
no sabría hacerlo (un tal Rafael de este grupo
sabría hacerlo mucho mejor que yo); me limitaré simplemente a decir que la
pluma de Calderón no podía haber escrito mejor esta obra, al menos en mi
opinión. Leerla es puro placer. Pero insisto, no estoy aquí para eso.
Hará
dos o tres años que leí La vida es sueño,
y ya en su momento me encantó. La he releído un par veces y también la he visto
representada (magníficamente, dicho sea de paso, por la compañía “El
Barracón”). Es sin lugar a dudas una de mis obras teatrales favoritas, y siendo
así, creo que se merece que le dedique al menos unas líneas.
Me
fascina lo bien que queda plasmado en el drama la dualidad del hombre.
Recordemos a ese primer Segismundo encerrado en su torre, completamente a
merced de sus impulsos. No había visto nunca la luz y solo contaba con Clotaldo
como único contacto humano. Es bastante comprensible que se comportase como una
bestia cuando le trasladaron a palacio por orden del rey Basilio, defenestrando
al sirviente y a punto de matar al guardián de su presidio. El ser humano es un
ser social, hasta ahí todos de acuerdo, pero la mera sociabilidad no asegura
una buena convivencia; no es lo mismo el estado social que el estado civil.
Precisamente por ello es necesario que existan determinadas reglas de
convivencia, tanto a una escala personal más pequeña como a nivel de toda una
sociedad.
Sin embargo,
Segismundo desconocía tales leyes, simplemente se dejaba llevar por sus
impulsos, por lo que más le apetecía, sin caer en la cuenta de que ya no era la
fiera marginada y olvidada que habitaba la torre. Ahora estaba en un palacio
donde había mucha gente, gente que sí seguía un orden a diferencia de él. El
experimento del rey Basilio estaba condenado al fracaso desde el principio,
puesto que lo que se pretendía era que el Segismundo de la torre (que es la
manera como Calderón representa el estado social) se integrase en el palacio
(imagen del estado civil). ¿El por qué de esto? Bueno, es una pregunta difícil
de contestar, pero trataré de ser claro.
Imaginémonos
que estamos viendo a los primeros hombres que poblaron la Tierra. En un
principio, cada uno iba por su cuenta, las personas formaban sus familias, se
dedicaban a alimentarse para subsistir y poco más les importaba. Estas familias
podían vivir juntas unas con otras y no tendría porqué haber problemas; si
nadie se metía con nadie, todos tan amigos. De hecho, incluso podríamos hallar
una determinada jerarquía, nos encontraríamos que todos hacen caso al chamán
del pueblo, o en el caso de la familia, estaría impuesto el patriarcado.
Podemos afirmar entonces que había un estado
social en ese estado de naturaleza primitivo. ¿Dónde está el fallo? En este
estado social no tiene porque haber constantemente conflictos, el verdadero
problema reside en que estamos en
constante riesgo de que pueda haberlos. En cualquier momento el orden
(materializado en la figura del padre, del chamán o de quien sea) puede ser derrocado
por una fuerza mayor, y en tal caso el orden cambiaría completamente. Esto
implica que no hay una estabilidad en las reglas que rigen la sociedad. Y una
sociedad regida por leyes que pueden cambiar de manera radical constantemente
es una sociedad sin reglas. Es necesario por tanto que exista algo constante
que resista los ataques de las personas para que así se asegure la paz entre
ellas y se pueda conformar una sociedad en la que vivir no sea un peligro.
Pues bien,
volviendo al hilo de la obra, esto es justamente lo que pasa cuando se
introduce a Segismundo en palacio por primera vez. Él es la representación de
esa fuerza que derroca todo lo que se le pone por delante y no obedece a nadie.
Lo que hace Segismundo es lo que hicieron todos los hombres del planeta hasta
que algo por encima de ellos se antepuso. Para que nazca una sociedad no basta
simplemente con juntar a las personas (que es lo que hace el rey Basilio al
mezclar a Segismundo con las gentes de la corte), hace falta algo más.
Por tanto, el
experimento fracasó, y Segismundo volvió a su calvario en prisión, creyendo que
todo lo acontecido fue un sueño.
Es entonces
cuando el protagonista, convencido de que había soñado, se arrepiente de no
haber actuado bien y no haber exprimido la oportunidad que se le dio. Aunque
fuera un sueño, era mucho mejor que su vida en esa oscura torre, y hubiese
merecido la pena aprovecharla. He aquí la metamorfosis de Segismundo. Siendo
consciente de lo efímero de la vida, en donde desde la más absoluta inmundicia
puedes llegar a grande galas, y de un plumazo volver a caer en la desdicha,
pareciendo todo así un simple sueño que nos invade, sin saber nunca si lo que
tenemos es real o no, si durará o caerá en el olvido; siendo esto así,
Segismundo decide quedarse con lo único que no puede perder ni en la vida ni en
el sueño. Decide que lo mejor es actuar bien, ya que siendo la vida real,
ningún mal puede hacer a nadie el obrar como es debido; y si nos encontramos en
un sueño, aunque nos despertemos, nos llevaremos el buen sabor de boca de saber
que hemos hecho las cosas bien. Podemos perder todos los lujos y lisonjas que
poseíamos mientras dormíamos, pero aunque lo hagamos, nada nos quitará el hecho
de poder mirarnos al espejo y levantar bien la cabeza.
Segismundo
decide pues controlar sus instintos y someterlos al juicio de su razón. Pero
esto no es así de sencillo, el ser humano no tiene un botón para desconectar
los instintos (¡ni debe tenerlo!). Más bien somos una amalgama de las dos cosas
y no es que se lleven muy bien entre ellas. Este es el eterno problema en el
que vive inmerso el ser humano, tal tensión le caracteriza. Si queremos poder
convivir con las gentes de palacio, lo que debemos hacer es someter los
impulsos a la razón. Mucho mejor que yo lo explican las palabras de Segismundo:
“Si este día me viera
Roma en los triunfos de su edad primera,
¡oh, cuanto se alegrara,
viendo lograr una ocasión tan rara
de tener una fiera
que sus grandes ejércitos rigiera,
a cuyo altivo aliento
fuera poca conquista el firmamento!
Pero el vuelo abatamos,
espíritu. No así desvanezcamos
aqueste aplauso incierto,
si ha de pesarme, cuando este despierto,
de haberlo conseguido
para haberlo perdido;
pues mientras menos fuere,
menos se sentirá si se perdiere.”
En un primer
momento le sobrevienen las ganas de vengarse, de descargar su ira sin ninguna
clase de contemplaciones contra todo aquel que era culpable de su martirio.
Pero justo a tiempo manda “abatir el vuelo” a tales instintos, acordándose de
que es posible que eso sea un sueño, de que pase efímeramente, y siendo así no
merece la pena centrarse en cosas banales como el deseo de venganza. Sin
embargo, soñamos o vivamos, siempre llevaremos con nosotros el haber hecho lo
correcto. Hállase ahí la razón sometiendo a los impulsos.
¿Qué moraleja
extraemos de todo esto? La mayoría de las cosas van y vienen como si de un
sueño se tratase, pero hay cosas que perduran siempre, y precisamente por ello,
son las únicas que realmente merece la pena que persigamos a toda costa, como
es el caso de hacer lo correcto. Y la llave para alcanzarlas es nuestra razón.
Menos mal que Segismundo se dio cuenta de ello a tiempo, dando así ejemplo a
todos los lectores futuros.
Así pues, si
traemos de nuevo lo que dije más arriba, es este saber estar del que Segismundo
es consciente al pensar que todo puede desvanecerse como un sueño (y que aquí
he llamado razón) lo que ha de ser la piedra inamovible que permita el paso del
estado social al estado civil.
Segismundo
finalmente recibe la corona de Polonia, pero ahora no es el rey cruel y
violento que era antes, sino que se rige por la razón y por ello gobernará de
la manera más justa. El hecho de ser monarca es la materialización del buen
criterio de la razón, es el poder que asegura que lo que dicte la misma sea
llevado a cabo, puesto que es lo más justo. Es por ello por lo que el nuevo
Segismundo si perdura como rey, mientras que el anterior fue devuelto a la
torre, de la misma manera que comentábamos al principio que el chaman o el
padre pueden ser depuestos por otra instancia que no necesariamente es mejor.
Y otra cosa
más me gustaría resaltar del mensaje que nos trasmite Calderón con este drama.
En las primeras líneas nos encontrábamos a Segismundo encadenado, arrancado de
su libre albedrío, sin libertad. Ese Segismundo es el que actúa mal, al que los
impulsos le nublan el buen juicio. Sin embargo, solo cuando le quitan las
cadenas, cuando recobra su libertad, solo entonces es cuando decide hacer las
cosas como deben ser. Junto a la dualidad del ser humano ya explicada, el otro
tema central de la obra es la importancia de la libertad.
Los astros
habían augurado que Segismundo sería un mal rey, por eso su padre lo encerró a
cal y canto. Nada puede cambiar eso, es su destino; nada salvo una cosa: la
libertad. Solamente la libertad del propio Segismundo es la que le lleva a
obrar bien. La educación que recibió de Clotaldo, evidentemente, le ayudó, pero
solo cuando Segismundo decidió libremente hacer lo correcto fue cuando el
destino fue derrotado. Nuestro protagonista decidió por su propia libertad no
centrarse en las cosas pasajeras de la vida, que en el fondo son un simple
sueño, y se centró en lo que no perece ante nada, lo atemporal (en este caso el
bien y el deber). Y fue eso y no años y años de historia, tradición, augurios o
costumbres lo que trajo el estado civil, lo que permitió que la gente pudiese
vivir en paz. Ojo, no pretendo decir aquí (ni Calderón ni yo) que las
tradiciones y costumbres han de ser erradicadas, o que no debemos prestar
atención a lo que la historia nos tiene que decir, nada más lejos de la
realidad. Todas estas cosas tienen mucho valor, son enriquecedoras y no hay que
olvidarse de ellas, pero su función no es la de dictar las reglas de la
sociedad, ya que muchas veces nos conducen a hacer verdaderas barbaridades como
es el caso de encerrar a un recién nacido en una torre y no dejarle ver nunca
el mundo exterior.
A través de
las palabras de Segismundo, Calderón de la Barca nos dice que para que las
cosas funcionen no podemos perder de vista ni la razón ni la libertad.
Es un viaje
apasionante y muy enriquecedor el que realizamos al adentrarnos en la lectura
de La vida es sueño, yo al menos no
me canso de repetirlo. Y desde luego aconsejo a todo aquel que no lo haya emprendido
nunca que no tarde mucho en realizarlo, no quedará decepcionado. Pocos libros
tratan como lo hace éste temas tan centrales en el ser humano y de una manera
tan amena. Es una verdadera obra maestra.
Y espero haber
convencido al lector de que si la vida es un sueño, aprovechemos, y soñemos
como lo hizo Segismundo.
Matt
K. Lann
