viernes, 15 de agosto de 2014

Puestos a soñar, soñemos como Segismundo

“Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.”

            Hace ya muchos inviernos que Calderón de la Barca despojó de sus crueles grilletes a Segismundo. Y con esta liberación dejó grabado para los tiempos venideros una importante lección.
            No quiero detenerme ahora a hacer un análisis literario profesional de La vida es sueño, principalmente porque no sabría hacerlo (un tal Rafael de este grupo sabría hacerlo mucho mejor que yo); me limitaré simplemente a decir que la pluma de Calderón no podía haber escrito mejor esta obra, al menos en mi opinión. Leerla es puro placer. Pero insisto, no estoy aquí para eso.
            Hará dos o tres años que leí La vida es sueño, y ya en su momento me encantó. La he releído un par veces y también la he visto representada (magníficamente, dicho sea de paso, por la compañía “El Barracón”). Es sin lugar a dudas una de mis obras teatrales favoritas, y siendo así, creo que se merece que le dedique al menos unas líneas.

            Me fascina lo bien que queda plasmado en el drama la dualidad del hombre. Recordemos a ese primer Segismundo encerrado en su torre, completamente a merced de sus impulsos. No había visto nunca la luz y solo contaba con Clotaldo como único contacto humano. Es bastante comprensible que se comportase como una bestia cuando le trasladaron a palacio por orden del rey Basilio, defenestrando al sirviente y a punto de matar al guardián de su presidio. El ser humano es un ser social, hasta ahí todos de acuerdo, pero la mera sociabilidad no asegura una buena convivencia; no es lo mismo el estado social que el estado civil. Precisamente por ello es necesario que existan determinadas reglas de convivencia, tanto a una escala personal más pequeña como a nivel de toda una sociedad.
Sin embargo, Segismundo desconocía tales leyes, simplemente se dejaba llevar por sus impulsos, por lo que más le apetecía, sin caer en la cuenta de que ya no era la fiera marginada y olvidada que habitaba la torre. Ahora estaba en un palacio donde había mucha gente, gente que sí seguía un orden a diferencia de él. El experimento del rey Basilio estaba condenado al fracaso desde el principio, puesto que lo que se pretendía era que el Segismundo de la torre (que es la manera como Calderón representa el estado social) se integrase en el palacio (imagen del estado civil). ¿El por qué de esto? Bueno, es una pregunta difícil de contestar, pero trataré de ser claro.
Imaginémonos que estamos viendo a los primeros hombres que poblaron la Tierra. En un principio, cada uno iba por su cuenta, las personas formaban sus familias, se dedicaban a alimentarse para subsistir y poco más les importaba. Estas familias podían vivir juntas unas con otras y no tendría porqué haber problemas; si nadie se metía con nadie, todos tan amigos. De hecho, incluso podríamos hallar una determinada jerarquía, nos encontraríamos que todos hacen caso al chamán del pueblo, o en el caso de la familia, estaría impuesto el patriarcado. Podemos afirmar entonces que había un estado social en ese estado de naturaleza primitivo. ¿Dónde está el fallo? En este estado social no tiene porque haber constantemente conflictos, el verdadero problema reside en que estamos en constante riesgo de que pueda haberlos. En cualquier momento el orden (materializado en la figura del padre, del chamán o de quien sea) puede ser derrocado por una fuerza mayor, y en tal caso el orden cambiaría completamente. Esto implica que no hay una estabilidad en las reglas que rigen la sociedad. Y una sociedad regida por leyes que pueden cambiar de manera radical constantemente es una sociedad sin reglas. Es necesario por tanto que exista algo constante que resista los ataques de las personas para que así se asegure la paz entre ellas y se pueda conformar una sociedad en la que vivir no sea un peligro.
Pues bien, volviendo al hilo de la obra, esto es justamente lo que pasa cuando se introduce a Segismundo en palacio por primera vez. Él es la representación de esa fuerza que derroca todo lo que se le pone por delante y no obedece a nadie. Lo que hace Segismundo es lo que hicieron todos los hombres del planeta hasta que algo por encima de ellos se antepuso. Para que nazca una sociedad no basta simplemente con juntar a las personas (que es lo que hace el rey Basilio al mezclar a Segismundo con las gentes de la corte), hace falta algo más.
Por tanto, el experimento fracasó, y Segismundo volvió a su calvario en prisión, creyendo que todo lo acontecido fue un sueño.

Es entonces cuando el protagonista, convencido de que había soñado, se arrepiente de no haber actuado bien y no haber exprimido la oportunidad que se le dio. Aunque fuera un sueño, era mucho mejor que su vida en esa oscura torre, y hubiese merecido la pena aprovecharla. He aquí la metamorfosis de Segismundo. Siendo consciente de lo efímero de la vida, en donde desde la más absoluta inmundicia puedes llegar a grande galas, y de un plumazo volver a caer en la desdicha, pareciendo todo así un simple sueño que nos invade, sin saber nunca si lo que tenemos es real o no, si durará o caerá en el olvido; siendo esto así, Segismundo decide quedarse con lo único que no puede perder ni en la vida ni en el sueño. Decide que lo mejor es actuar bien, ya que siendo la vida real, ningún mal puede hacer a nadie el obrar como es debido; y si nos encontramos en un sueño, aunque nos despertemos, nos llevaremos el buen sabor de boca de saber que hemos hecho las cosas bien. Podemos perder todos los lujos y lisonjas que poseíamos mientras dormíamos, pero aunque lo hagamos, nada nos quitará el hecho de poder mirarnos al espejo y levantar bien la cabeza.
Segismundo decide pues controlar sus instintos y someterlos al juicio de su razón. Pero esto no es así de sencillo, el ser humano no tiene un botón para desconectar los instintos (¡ni debe tenerlo!). Más bien somos una amalgama de las dos cosas y no es que se lleven muy bien entre ellas. Este es el eterno problema en el que vive inmerso el ser humano, tal tensión le caracteriza. Si queremos poder convivir con las gentes de palacio, lo que debemos hacer es someter los impulsos a la razón. Mucho mejor que yo lo explican las palabras de Segismundo:

“Si este día me viera
Roma en los triunfos de su edad primera,
¡oh, cuanto se alegrara,
viendo lograr una ocasión tan rara
de tener una fiera
que sus grandes ejércitos rigiera,
a cuyo altivo aliento
fuera poca conquista el firmamento!

Pero el vuelo abatamos,
espíritu. No así desvanezcamos
aqueste aplauso incierto,
si ha de pesarme, cuando este despierto,
de haberlo conseguido
para haberlo perdido;
pues mientras menos fuere,
menos se sentirá si se perdiere.”

En un primer momento le sobrevienen las ganas de vengarse, de descargar su ira sin ninguna clase de contemplaciones contra todo aquel que era culpable de su martirio. Pero justo a tiempo manda “abatir el vuelo” a tales instintos, acordándose de que es posible que eso sea un sueño, de que pase efímeramente, y siendo así no merece la pena centrarse en cosas banales como el deseo de venganza. Sin embargo, soñamos o vivamos, siempre llevaremos con nosotros el haber hecho lo correcto. Hállase ahí la razón sometiendo a los impulsos.

¿Qué moraleja extraemos de todo esto? La mayoría de las cosas van y vienen como si de un sueño se tratase, pero hay cosas que perduran siempre, y precisamente por ello, son las únicas que realmente merece la pena que persigamos a toda costa, como es el caso de hacer lo correcto. Y la llave para alcanzarlas es nuestra razón. Menos mal que Segismundo se dio cuenta de ello a tiempo, dando así ejemplo a todos los lectores futuros.

Así pues, si traemos de nuevo lo que dije más arriba, es este saber estar del que Segismundo es consciente al pensar que todo puede desvanecerse como un sueño (y que aquí he llamado razón) lo que ha de ser la piedra inamovible que permita el paso del estado social al estado civil.
Segismundo finalmente recibe la corona de Polonia, pero ahora no es el rey cruel y violento que era antes, sino que se rige por la razón y por ello gobernará de la manera más justa. El hecho de ser monarca es la materialización del buen criterio de la razón, es el poder que asegura que lo que dicte la misma sea llevado a cabo, puesto que es lo más justo. Es por ello por lo que el nuevo Segismundo si perdura como rey, mientras que el anterior fue devuelto a la torre, de la misma manera que comentábamos al principio que el chaman o el padre pueden ser depuestos por otra instancia que no necesariamente es mejor.

Y otra cosa más me gustaría resaltar del mensaje que nos trasmite Calderón con este drama. En las primeras líneas nos encontrábamos a Segismundo encadenado, arrancado de su libre albedrío, sin libertad. Ese Segismundo es el que actúa mal, al que los impulsos le nublan el buen juicio. Sin embargo, solo cuando le quitan las cadenas, cuando recobra su libertad, solo entonces es cuando decide hacer las cosas como deben ser. Junto a la dualidad del ser humano ya explicada, el otro tema central de la obra es la importancia de la libertad.
Los astros habían augurado que Segismundo sería un mal rey, por eso su padre lo encerró a cal y canto. Nada puede cambiar eso, es su destino; nada salvo una cosa: la libertad. Solamente la libertad del propio Segismundo es la que le lleva a obrar bien. La educación que recibió de Clotaldo, evidentemente, le ayudó, pero solo cuando Segismundo decidió libremente hacer lo correcto fue cuando el destino fue derrotado. Nuestro protagonista decidió por su propia libertad no centrarse en las cosas pasajeras de la vida, que en el fondo son un simple sueño, y se centró en lo que no perece ante nada, lo atemporal (en este caso el bien y el deber). Y fue eso y no años y años de historia, tradición, augurios o costumbres lo que trajo el estado civil, lo que permitió que la gente pudiese vivir en paz. Ojo, no pretendo decir aquí (ni Calderón ni yo) que las tradiciones y costumbres han de ser erradicadas, o que no debemos prestar atención a lo que la historia nos tiene que decir, nada más lejos de la realidad. Todas estas cosas tienen mucho valor, son enriquecedoras y no hay que olvidarse de ellas, pero su función no es la de dictar las reglas de la sociedad, ya que muchas veces nos conducen a hacer verdaderas barbaridades como es el caso de encerrar a un recién nacido en una torre y no dejarle ver nunca el mundo exterior.
A través de las palabras de Segismundo, Calderón de la Barca nos dice que para que las cosas funcionen no podemos perder de vista ni la razón ni la libertad.

Es un viaje apasionante y muy enriquecedor el que realizamos al adentrarnos en la lectura de La vida es sueño, yo al menos no me canso de repetirlo. Y desde luego aconsejo a todo aquel que no lo haya emprendido nunca que no tarde mucho en realizarlo, no quedará decepcionado. Pocos libros tratan como lo hace éste temas tan centrales en el ser humano y de una manera tan amena. Es una verdadera obra maestra.
Y espero haber convencido al lector de que si la vida es un sueño, aprovechemos, y soñemos como lo hizo Segismundo.

Matt K. Lann





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