Naciendo
en un ambiente poco propicio a la libertad, y más para una mujer, una hija de
vasco y criolla se plantó ante el mundo para defender la sabiduría y la mujer
por encima de todo. Pese a su condición de bastardía, supo destacar por sus
dotes de niña prodigio. Con tan solo 20 lecciones aprendió latín. Se enfrentó a
exámenes delante de sabios. Escribió su primera loa con 8 años. Supo
enfrentarse a los altos cargos de la Iglesia, aprovechando la protección que le
brindaba el virreinato. Su vida estuvo marcada por las objeciones que le ponían
para todo. No pudo ir a la universidad por ser mujer. No le dejaban publicar
libremente por lo que sus ideas debían ir polvoreadas con minuciosidad para no
entrar en temas que chocasen con los pensamientos de la Iglesia. Llegó a ser
reprehendida en público, diciéndola que se debía ocupar a su vida monacal, es
decir, a estar callada. Aunque frente a esta última, en su obra La respuesta
a Sor Filotea de la Cruz, supo decirles a ese grupo de mujeres cultas que
la referencia de Pablo a que debían callar por respeto no exigía que
callasen.
Aunque
han pasado varios días de la jornada dedicada a la mujer, hoy quería hacer una
humilde aportación. La persona de la que estaba hablando era Sor Juana Inés de
la Cruz. Esta mujer fue una apasionada de la sabiduría.
Con su pensamiento
barroco se dirigía a aquella sociedad que atacaba al pensamiento. Pero a su
vez, intentó que la mujer jugase un papel más importante en la sociedad que el
de ser la que da a luz a nuevos machitos altaneros refugiados y protegidos por
ideas mal interpretadas, o interpretadas a su favor.
Esa lucha no
debería caer en saco roto. Sin embargo, tras la lucha de cientos de mujeres
como Sor Juana, la sociedad femenina está cayendo en el error de transformarse
en aquellos machitos retrógrados de antes. No me imagino que dentro de la idea de "machismo" de Jane Austin o Marie
Curie entrase el hecho de
designar con un plural NEUTRO a ambos sexo. Hay que saber buscar un equilibrio.
Hombres necios que
acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.
Si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis
que con desigual nivel
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?
Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y queja enhorabuena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
¿Pues para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar
y después con más razón
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.
Si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis
que con desigual nivel
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?
Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y queja enhorabuena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
¿Pues para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar
y después con más razón
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
Este
es un claro ejemplo de lo que Sor Juana quería cambiar. Los hombres que convivían
con ella veían en su mujer una pequeña virtud, pero de las que de verdad se
enamoraban era de sus diferentes amantes. El menosprecio a la mujer, o mejor
dicho, el valor como si de seres inferiores se tratase, usándolas para rellenar
los huecos vacios de sus ‘duros’ días, debería ser la misma razón de lucha de muchas mujeres de la actualidad que se centran en sandeces y se olvidan que quizá se estén convirtiendo en esos 'hombres necios' y no se den cuenta que su lucha va mal dirigida.
En definitiva, las mujeres no deberían perder ese raciocinio y esa perspicacia que siempre les ha caracterizado durante todos estos siglos.
En definitiva, las mujeres no deberían perder ese raciocinio y esa perspicacia que siempre les ha caracterizado durante todos estos siglos.
Rafael García Goyena



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